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100 Años de anarcosindicalismo confederal

Jacinto Caecedo.-

 

Los cien años de anarcosindicalismo recogen y se suman a la historia de la lucha de la humanidad por la justicia y la libertad. Son cien años haciendo camino, no exentos de tensiones internas que siempre han venido girando entre los polos de lo individual y lo colectivo, de la autonomía y de la organización, de la libertad y de la justicia.

 

Pero esas tensiones internas no mermaron la combatividad social, la atención a la realidad, el imperativo del cambio social como meta y de la emancipación total como objetivo último.

 

La Gran Historia, la Historia con letras mayúsculas, la historia que nos interesa es, sin duda, la que escribe el pueblo, la que escriben los de abajo, los trabajadores y trabajadoras, en lucha permanente por su dignidad y sus derechos, sabiendo arroparse de intelectuales, de teorías, de filosofías, de ideologías, de poetas, de artistas, de científicos, de activistas y militantes... para buscar y encontrar el camino que le conduzca a su liberación plena, a la sociedad justa, a la igualdad. Esta es la Historia a rescatar, a recuperar sin miedos, sin oscurantismo, sin prejuicios, sin ortodoxias, asumiendo todos y cada uno de los momentos y procesos por los que se ha ido transitando. La historia del pueblo, teñida siempre de color rojo por la sangre vertida para defender la libertad, teñida también de color negro para reivindicar que no nos mueve ningún color, ninguna bandera, ninguna patria, ningún dios, ningún amo, ningún mito...

 

El pueblo siempre ha sido maltratado, maniatado, manipulado, engañado, manejado, utilizado, despojado, explotado, masacrado, alienado... por el poder, por el estado, por las instituciones y las clases sociales que lo han ejercido.

 

En este caminar del pueblo, las contradicciones han sido múltiples, los errores infinitos, los engaños, esquiroles, miserias, antivalores, traiciones... nos han acompañado siempre, pero siempre se ha mantenido encendida una llama de rebeldía que nos ha permitido volver a levantarnos y seguir sujetando la bandera de la libertad y la justicia para que los de arriba no puedan dormir tranquilos nunca, para tener siempre presente que la utopía es posible, que la verdadera revolución sigue pendiente, aquella en la que el protagonismo lo tenga los trabajadores y trabajadoras.

 

Por la justicia y la libertad

Cien años de anarcosindicalismo confederal y muchos siglos más de lucha del pueblo, de revolución, disidencias, subversión, de luchas... contra emperadores, cesares, papas, reyes, señores feudales, políticos profesionales, cúpulas sindicales, patronos, jefes, empresarios, presidentes de estado, de bancos, de multinacionales.

Cien años y muchos siglos más, siempre luchando contra las dictaduras, el poder... contra el estado organizado que lo ejerce contra el pueblo. Cien años luchando contra la aristocracia, contra la burguesía, contra el ejército, contra la iglesia, contra las fuerzas fácticas que mantienen las instituciones opresoras. Cien años y muchos siglos más luchando por la defensa de la igualdad real en todos los planos de la vida, la igualdad real entre hombres y mujeres, entre culturas, etnias, lenguas, pueblos. Cien años negando la división entre dirigentes y dirigidos, defendiendo la toma de decisiones colectivas, la autogestión, luchando por la armonía de nuestra relación como especie con la naturaleza y el planeta. Cien años negando el principio de autoridad, luchando contra el autoritarismo, la imposición, la sumisión, los privilegios de clase. No creyendo en la toma de decisiones individuales, desde arriba, de vanguardias, confiando en la razón, la inteligencia, el argumento, el convencimiento, para entre iguales, tomar decisiones en asamblea, ajenos a todo ejecutivismo y burocratismo. Cien años defendiendo el apoyo mutuo como herramienta para avanzar, en lugar de la competición y la selección del más fuerte que propone el darwinismo social, el neoliberalismo, el capitalismo.

 

En esta lucha constante contra el poder, la clase obrera, los trabajadores y trabajadoras, nos hemos ido dotando de herramientas de trabajo para la transformación social, de organizaciones sindicales revolucionarias, anticapitalistas, definitivamente anarcosindicalistas, que nos permitieran avanzar hacia ese nuevo mundo de libertad, de justicia, de solidaridad, de autogestión y de paz.

 

Pero el camino no ha sido fácil, ni homogéneo, ni carente de contradicciones, debates, escisiones, discrepancias estratégicas e ideológicas, divisiones...

 

Ya desde el principio, desde la Iª Internacional en

1864, las organizaciones del movimiento obrero se han ido perfeccionando para convertirse en la mejor herramienta de lucha para defender los derechos laborales, sociales, defender la justicia social hasta cambiar el modelo político, social laboral, de propiedad... Desde siempre hemos asistido a esas discrepancias entre anarquistas bakuninistas y marxistas, individualistas y comunistas o colectivistas, sindicalistas revolucionarios o anarcosindicalistas.

 

Una vez elegido el camino del anarcosindicalismo, la herramienta sindical creada en 1910, comienza su andadura que ahora queremos recordar y queremos hacerlo desde la perspectiva de su militancia, los trabajadores y trabajadoras que la integraron y ahora la integran en la actual Confederación General del Trabajo (CGT, España), desde la perspectiva de la evolución de sus principios, tácticas y finalidades. Es la militancia anónima, las decisiones y debates en los sindicatos, en los congresos, quienes han ido definiendo como nadie la acción y el día a día de las respuestas que la organización ha debido ir dando.

 

Siempre ha sido la confederación anarcosindicalista una organización viva, arriesgada, valiente, combativa, con capacidad de respuesta, con creatividad, siempre inconformista, siempre buscando soluciones de transformación y lucha, siempre adaptándose a la realidad, siempre plural, siempre inserta en la sociedad de su tiempo, siempre impregnada de la realidad y, es que, afortunadamente, ha creído en el individuo y en el grupo, ha creído en la libertad de pensamiento y de expresión, en el antiautoritarismo, en la autogestión, en la participación, siendo fiel a su independencia política, a la no aceptación del electoralismo como posible opción o solución, formulando siempre exigencias de derechos que siguen plenamente vigentes: la no explotación de la infancia, el pacifismo, la reducción de la jornada laboral, el reparto hasta conquistar la igualdad...

 

Es la militancia anónima quienes han ido definiendo como nadie la acción y el día a día de las respuestas que la organización ha debido ir dando

 

En constante evolución

Siendo muy difícil recoger los grandes momentos álgidos por lo que ha ido transcurriendo la organización, nos atrevemos a indicar alguno de ellos.

 

Desde su fundación en 1910, la Confederación surge bajo un debate sobre el tipo de relaciones (integración - alejamiento) con la central sindical UGT y su vinculación socialista. Los anarquistas se alejan de posiciones más individualistas y de lucha social, entienden que el sindicalismo puede dejar de ser una herramienta exclusivamente reformista y que la lucha desde una organización del movimiento obrero permite la lucha por la revolución social. En estos momentos, la Confederación no se define como anarcosindicalista sino que aglutina a todo el movimiento sindical alternativo al socialista. La huelga general de 1917 se convoca entre UGT y CNT y refleja la importancia de la unidad de acción. No será hasta el II Congreso de la Comedia en 1919 cuando se asuma la definición de Confederación anarcosindicalista.

 

Fruto de ese camino de búsqueda de respuestas organizativas para comprender la realidad y adaptarse a ella, hay que recordar el Congreso de la Regional de Catalunya en 1918, Congreso de Sans, en el que se crea el Sindicato Único como germen de las futuras Federaciones de Industria. El Sindicato Único como sindicato de industria, como estrategia organizativa de lucha y de acción que unifica las diversas sociedades obreras de oficios y autónomas que existían en un mismo oficio, que pasan a convertirse en secciones sindicales dentro del sindicato.

 

Salvador Seguí y Emilio Mira ejercen como ponentes entusiastas de esta nueva estrategia, en un contexto de debate ideológico profundo sobre la pérdida o no de autonomía. El congreso de Sans representa el punto de partida para comenzar a definir las estructuras modernas del anarcosindicalismo, con miles de reticencias y disputas. Representó el brote para fortalecer a la organización que venía de la clandestinidad y darle el impulso definitivo hacia la modernidad. El sindicato único fue necesario para dar respuesta a la lucha contra el modelo de producción capitalista que iniciaba una nueva fase de industrialización. El sindicato único suprime y sustituye las federaciones de oficio que mantenían connotaciones gremialistas medievales, para pasar a agrupar a todos los trabajadores del mismo ramo productivo.

 

Los Sindicatos Únicos, que contarían con secciones de oficio, se agruparían a su vez en Federaciones locales y comarcales autónomas y federadas. Esta nueva estrategia permitiría convocar huelgas generales, y ejercer la acción directa de una forma mucho más adaptada a la realidad. La polémica entre el sindicato único y la pérdida de autonomía se saldó a favor del sindicato único.

 

La fuerza de los hechos mostró que la convocatoria de huelgas generales daban frutos gracias a la existencia del sindicato único (la Huelga de la Canadiense es 1919 es una muestra ejemplar de esa lucha).

 

Es en el II Congreso de la Comedia en 1919, cuando la organización confederal apuesta definitivamente por el anarcosindicalismo, debate sobre las Federaciones de Industria, no siendo aprobadas. Memorables resultarán las ponencias y discursos de Eleuterio Quintanilla a favor de la constitución de las Federaciones Nacionales de Industria y Manuel Buenacasa en contra. El debate sigue siendo el mismo: centralismo y burocratismo frente a autonomía, siempre con el telón de fondo de adaptarse a la nueva realidad del mundo del trabajo para seguir avanzando y posibilitando la convocatoria de huelgas sectoriales.

 

El debate siguió abierto desde 1919 hasta el III Congreso en 1931 en el que se aprueban definitivamente las Federaciones Nacionales de Industria. (Juan Peiró las defiende, plantea la estructura vertical sectorial como complementaria a la estructura horizontal territorial dentro de la organización, tal como lo conocemos ahora). El sindicato único había resultado provechoso pero resultaba insuficiente ya que terminaba en el ámbito de la Federación Local. Los debates siempre han oscilado entre posiciones que plantean la revolución plena frente al posibilismo de la construcción ajustada a la realidad, el debate entre las tendencias más faístas frente a las más sindicalistas.

 

Llegados a este punto, siempre imperó el sentido mesurado del anarcosindicalismo.

 

Los firmantes del Manifiesto de los Treinta también reflejan el palpitar de la organización, siempre convulsa, siempre expectante, siempre dinámica, siempre abierta y expuesta al debate entre el reformismo o la revolución total. Los debates giraron sobre si el anarcosindicalismo debía o no dar un margen de confianza a la venida de la república o ratificar el carácter antipolítico partidista. El Manifiesto de los Treintistas planteó críticas tanto a la república como a las posturas más faístas. La realidad terminó imponiéndose. La organización salió escindida del III Congreso, pero fue capaz de presentarse unida en 1936.

 

En el IV Congreso de 1936 en Zaragoza la urgencia del momento hace olvidarse de las Federaciones de Industria y se ratifica en el carácter antipolítico, antiparlamentario de la organización. La realidad de la guerra nos llevaría a la necesidad de participar en el gobierno de la república y en la asunción de responsabilidades.

 

Durante el exilio y la represión del franquismo se suscitan debates similares, todos ellos superados por la militancia y sus decisiones colectivas. El cincopuntismo sería otro ejemplo, aunque menor por su trascendencia, de planteamientos heterodoxos, al igual que el debate por participar, o no, en el gobierno republicano del exilio.

 

Finalmente será en el V Congreso de Madrid en 1977 en el que el debate sobre las elecciones sindicales y la participación en los Comités de Empresa provoque una escisión profunda entre los sindicatos, que culmina con la realidad actual del modelo anarcosindicalista que representa la CGT y el de la CNT-AIT.

 

Organización abierta

Afortunadamente, sigue abierto el debate sobre cómo seguir avanzando, cómo seguir construyendo organización, cómo llegar a la realidad de los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI.

 

En este sentido creo que merece ser reseñado el debate que mantiene actualmente la organización en torno a la acción sindical sectorial, trascendiendo el sindicato único de industria y la federación de industria sectorial, con objeto de unificar las luchas y las reivindicaciones de las empresas matrices con las decenas de contratas y subcontratas que lamentablemente siembran la realidad del mundo laboral actual. Este tema ha sido abordado en el XVI Congreso de Málaga de 2009, estando el debate abierto.

 

El anarquismo como ética, como filosofía, como activismo, ha sabido rezumar, destilar como nadie la esencia de los siglos de lucha y condensar, en la teoría y en la práctica, las aspiraciones de libertad, de desarrollo del ser humano hacia el camino de la verdad, del conocimiento, de la felicidad. El anarquismo exige organización, planificación, formación y exige dotarse de métodos, instrumentos y herramientas para conseguirlo.

 

Bien, el Anarcosindicalismo es el reflejo de esa necesidad, de la irrupción de las ideas anarquistas en el movimiento obrero de forma confederal, con intencionalidad de clase. La clase obrera decide dotarse de una organización basada en los principios fundamentales que el pensamiento y la filosofía anarquista está aportando a la humanidad, en cultura, educación, lenguaje, acción, expresión, creación.

 

Hace cien años, los trabajadores y trabajadoras decidieron dar un paso más en sus herramientas organizativas, cansados de tantas luchas, sufrimientos y muertes siempre al servicio de otros, de otras clases sociales que los manejaban y explotaban, siempre haciendo la revolución de otros, siempre haciendo la revolución para otros.

 

Hace cien años decidieron organizarse y sentirse personas con capacidad de autogestionar su futuro, y luchar por hacer su revolución, la definitiva, la que frente al posibilismo de la construcción ajustada a la realidad aspira realmente a la transformación social profunda, que prescinda de dioses, mesías o profetas, que no consista en cambios superficiales de presidentes, líderes o ejecutivas sino que pulverice los instrumentos jerarquizados de toma de decisiones y otorgue la palabra y la acción a los trabajadores y trabajadoras, a sus asambleas, a sus organizaciones horizontales.

 

Hoy hay que revitalizar esta lucha, como antes, como siempre, como hace cien años y muchos siglos más. Hoy la historia nos vuelve a dar una oportunidad al anarcosindicalismo.

 

Cuando se han desmoronado las grandes ideologías de toma del poder a través de la dictadura del proletariado, cuando la caída del muro de Berlín simboliza el fracaso de una concepción autoritaria en el ejercicio del poder y la organización de la sociedad. Cuando la caída de Lehman Brothers representa la Perestroika del sistema neoliberal capitalista, de pensamiento único, de organización salvaje de la sociedad en función de las reglas del mercado. Ahora, como antes, como siempre, es el momento del anarcosindicalismo, de la lucha por una nueva organización social basada en lo colectivo, en el reparto, en la solidaridad, un nuevo modelo social al servicio de la satisfacción de las necesidades de las personas.

 

El reto que tenemos por delante es hacer posible que el anarcosindicalismo no sea un reducto del pasado que debamos recluir en los departamentos de historia de las universidades, sino una realidad para este siglo XXI, demostrando que la lucha es posible y da sus frutos, abordando la perspectiva de lucha sindical y social, la respuesta autogestionaria en estos momentos de crisis sistémica, apostando por los nuevos retos del decrecimiento, la agroecología, la eterna defensa de la libertades y derechos sociales para todas y todos.-

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Miguel Bakunin

 

 

Carl Sagan

Así, a medida que la ciencia avanza, Dios parece tener cada vez menos que hacer. Es un gran universo, desde luego, por lo que Él, Ella o Ello, podría estar ocupado provechosamente en muchos sitios. Pero lo que evidentemente ha ocurrido es que ante nuestros propios ojos ha ido apareciendo un Dios de los vacíos; es decir, lo que no somos capaces de explicar, se lo atribuimos a Dios. Después, pasado un tiempo, lo explicamos, y entonces deja de pertenecer al reino de Dios. Los teólogos lo dejan de lado y pasa a la lista de competencias de la ciencia.

 

Carl Sagan: “La diversidad de la ciencia” [2007]



 

Stepehen Hawking

"La estirpe humana no es más que un sustrato químico en un planeta pequeño, orbitando alrededor de una estrella mediana, en los suburbios de una galaxia del centenar de miles de millones que existen"

 

Carlos Marx

“Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de esas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social” (1859)

 

 

Albert Einstein

Si una idea no parece absurda

de entrada,

pocas esperanzas

hay para ella.-

 

Groucho Marx

"El secreto de

la vida es

la honestidad y

el juego

limpio, si puedes

simular eso,

lo has conseguido."  

  

MARX, Groucho (1890-1977) 
Actor estadounidense