EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
El ateísmo, propiamente, no es una filosofía del ser o de la vida, no es tampoco una concepción global del mundo, de la Nada o de nada. No es ni siquiera una opinión metafísica sobre la existencia o atributos de la realidad31. Es, en palabras de Sam Harris32, una posición en torno a las creencias humanas que rechaza negar lo que, en su opinión fundamentada, cree evidente. “El ateísmo no es más que la protesta manifestada por la gente razonable en presencia del dogma religioso”.
Bien mirado todos los seres humanos bordeamos el ateísmo. Lo somos respecto a la mayoría de las otras religiones que existen o han existido. Como ha apuntado Dawkins33, casi todos los seres humanos niegan hoy la existencia de Zeus y Thor. Somos ateos en lo que respecta a estas creencias, aunque podamos creer en otras.
¿Pero existe alguna demostración convincente del ateísmo? ¿Puede apuntarse alguna prueba inapelable de su racionalidad?
No es necesaria una justificación de ese tipo. Como también señaló Sacristán en un reconocido y transitado paso34, siguiendo por lo demás observaciones analíticas del propio Bertrand Russell, diversas vulgarizaciones del marxismo y, en general, de concepciones filosóficas materialistas amigas de la ciencia35 han usado laxamente conceptos como demostrar, probar y refutar para referirse a las argumentaciones plausibles propias de las concepciones filosóficas o políticas. Sacristán se quejaba de la inepta frase de que la marcha de la ciencia había demostrado la inexistencia de Dios. No era ni es así. La ciencia no puede demostrar ni probar nada referente al universo como un todo. Las ciencias empíricas no pueden probar la existencia de un ser llamado Abracadabra abracadabrante (el groucho-marxiano ejemplo es del propio Sacristán), pues ante cualquier informe positivo que declarase no haberse topado con tal entidad, cabría siempre la respuesta de que el ser abracadabrante está por completo fuera del alcance de nuestros instrumentos de experimentación, o incluso que no es perceptible en absoluto. O incluso que ni siquiera es pensable por la razón humana. Es otro tipo de entidad, otra forma de Ser36.
¿Cuál es el papel entonces de los conocimientos científicos, artísticos y afines en asuntos de creencias? Lo que la ciencia y otros saberes contrastados pueden fundamentar es la afirmación de que la suposición de la existencia de seres abracadabrantes “no tiene función explicativa alguna de los fenómenos conocidos, ni está, por tanto, sugerida por éstos”37. Por lo demás, la afirmación sobre la demostración de la inexistencia de Dios presupone la tarea de demostrar o probar inexistencias. Pero, siguiendo a Sacristán, las inexistencias no se prueban, se prueban sólo las existencias. La carga de la prueba compete, efectivamente, al que afirma existencia, no al que duda o niega tal posibilidad.
El malogrado Hanson Russell38 transitaba por camino afín en dos de sus artículos, inicialmente publicados en una revisa de teología. En su opinión, sólo hay dos posturas consistentes en estos asuntos: la del creyente, que por diversas razones (o sinrazones) cree en la existencia de Dios o dioses, y la del ateo que niega la validez y justificación de esa creencia sobre existencias. Si el teísta, deísta o afín tiene un argumento convincente, se impone la creencia en Dios; si no lo tiene, se infiere la no creencia, es decir, el ateísmo. No tiene sentido aquí, en opinión de Hanson Russell, situarse en posición intermedia, apelar a un agnosticismo vergonzante, no tiene sentido permanecer en un supuesto e inexistente justo medio arguyendo, salomónicamente, que no existen demostraciones convincentes de existencia pero tampoco de inexistencia.
La razón es básica, simple. No solemos conducirnos de ese modo en otras situaciones. No se suele creer en la existencia de un fantasma vestido con prendas rojas que entona “La Internacional” los días pares y el “Himno de la II República” los impares, escondido en el armario del despacho que usaba la Pasionaria en el Congreso de Diputados. Y no se suele se portador de tal creencia fantasmal porque no hay indicio alguno que apunte en esa dirección, sin que nadie haya exigido hasta la fecha prueba de inexistencia del simpático y enrojecido fantasma. Por la misma razón, exactamente por la misma línea argumentativa, señalaba el autor de Patrones de descubrimiento, debemos asumir como creencia39, provisional y revisable si se quiere, como casi todas las creencias no dogmáticas, la inexistencia de Dios al no haber pruebas empíricas o apriorísticas, tipo argumento anselmiano40, de su existencia.
Coincidiendo con Hanson Rusell y Sacristán, Luis Vega Reñón41 también sostiene que son las afirmaciones de existencia las que tienen la carga de la prueba. De forma análoga, admitimos razonablemente que hay que probar la culpabilidad o la atribución de un hecho a alguien, no la inocencia. La no existencia de una determinada entidad no puede establecerse en términos parejamente razonables, salvo, obviamente, que pueda derivarse de una demostración de la imposibilidad de dicha existencia. De este modo, la no existencia de un círculo de radio menor que el diámetro –y aquí sí que hay demostración lógica de inexistencia- se deriva de su imposibilidad interna.
Las cuestiones de imposibilidad son, pues, otra cosa. La imposibilidad de que algo exista sí debería demostrarse, sí hay que lidiar entonces con la carga de la prueba, por contraste con la creencia en la no existencia, donde tal requisito no debería ser requerido.
De hecho, algunos autores sostienen esa posibilidad demostrativa en asuntos teológicos: la no existencia de Dios estaría probada directamente porque Dios, en alguna de sus caracterizaciones, es una entidad imposible, y lo es porque la noción que lo envuelve, si lo envuelve, la de un ser que reúne en grado sumo todas las perfecciones, es tan inconsistente como la de un triángulo equilátero con cuatro ángulos desiguales. No es posible, no es concebible racionalmente, que algo o alguien pueda ser a la vez omnipotente, omnisciente, sumamente bueno, justo, compasivo y providencial respecto de los demás seres libres42. Vega Reñón apuntaba un posible, aunque por la demás infrecuente, desliz teológico:
¿No se les habrá ido la mano a los teólogos que hablan de un Dios en términos absolutos y positivos, frente a los místicos y teólogos negativos, que se limitan a negarle las imperfecciones e impurezas del mundo e incluso las relaciones con él?.
Existen, desde luego, otros planos de aproximación crítica con más relevancia moral, más anclados en la historia, en la inquietud existencial, y, si se quiere, algo más laxos epistémicamente. Primo Levi43, por ejemplo, ha apuntado el siguiente.
En una conversación con Ferdinando Camon, sostenía:
F.C.: Es decir, Auschwitz es la prueba de no existencia de Dios.
Levi: Existe Auschwitz, por lo tanto, no puede haber Dios.
En el texto mecanografiado de la entrevista, recordaba Ferdinando Camon, Levi había agregado a lápiz:
No encuentro una solución al dilema. La busco pero no la encuentro.
4. Creación y diseño
Sin embargo, la situación de la creencia religiosa y los modos de argumentar a su favor y el mismo papel político de la creencia presentan nuevas y pujantes aristas. Recordemos algunos datos de la situación en Estados Unidos44.
Aun cuando la enseñanza religiosa está prohibida en las escuelas públicas estadounidenses y en la Constitución americana se postula una neta separación entre Iglesias y Estado, los creacionistas convirtieron en una batalla política y constitucional la inclusión de lo que denominan -en un impúdico alarde de creación lingüística- “ciencia de la creación” en el currículum científico de las escuelas norteamericanas. El darwinismo es una teoría, sostienen, pero es una teoría entre otras. No menos, admiten a regañadientes, pero tampoco más.
De hecho, en 1981, los Estados de Arkansas y Luisiana aprobaron leyes para que ambas teorías, la evolucionista y la “teoría” creacionista, recibieran un tratamiento horario idéntico. La “American Civil Liberties Unión” emprendió una acción legal contra el consejo de Educación de Arkansas que llegó al Tribunal Supremo. El recientemente fallecido Steven Jay Gould45 fue citado a declarar en el juicio en calidad de experto:
Si el juez Scalia tuviera en cuenta nuestras definiciones y nuestras prácticas, comprendería por qué el creacionismo no puede acreditarse como ciencia. De paso, también percibiría la emoción de la evolución y sus evidencias; ninguna persona sensata podría mantenerse indiferente ante algo tan interesante.
Theodore Dobzhansky lo había señalado años antes: en biología nada tenía sentido si no es a la luz de la teoría evolucionista.
La sentencia final resolvió prohibir las enseñanzas, financiadas con dinero público, de todo tipo de ciencia de la creación o afín en las escuelas de Arkansas. Argumento central de la resolución: el creacionismo es una concepción religiosa, no científica. Desde entonces, muchos creacionistas han creado escuelas e instituciones donde poder impartir su “ciencia creativa”. Pero de nuevo, en agosto de 1999, el consejo de Educación de Kansas decidió convertir la religión en una asignatura optativa de acuerdo con los criterios establecidos para la enseñanza de las disciplinas científicas. La evolución, por tanto, dejó de estar incluida en las pruebas de todos los estudiantes del Estado norteamericano. Del mismo modo, en Kentucky se suprimió la palabra “evolución” y se la sustituyó por la expresión “cambio a lo largo del tiempo”.
Pero algo más tarde, el 20 de diciembre de 2005, el juez federal John E. Jones III emitió una importante sentencia en donde declaraba inconstitucional la decisión de un consejo escolar de Dover, Pennsylvania, por la que los alumnos de una escuela pública de secundaria deberían estudiar el "diseño inteligente", en pie de igualdad con la teoría de Darwin en las clases de Biología46. El juez recordó que la Constitución norteamericana prohibía que el Estado hiciera militancia religiosa. La “teoría” del "diseño inteligente" era asunto de fe, era religión, y no debía ser enseñada en clases de ciencias.
La actual, masiva y neoconservadora apuesta por la “teoría” del diseño inteligente presenta nuevos matices respecto a la anterior oleada creacionista. Sus prendas ya no están marcadas con el “made anticientífico”. No se pretende refutar la evolución en términos generales (¡Dios les libre!) sino que simplemente sugieren que algunos procesos biológicos son demasiado complejos para haberse organizado del modo propuesto por Darwin47 o por el darwinismo.
Se trata de un renacimiento, más o menos sofisticado, del antiguo argumento de William Paley48, un filósofo y teólogo utilitarista británico que vivió en la segunda mitad del XVIII y murió tres años después de la publicación en 1802 de su Teología Natural. Sucintamente, su argumento central puede ser expuesto como sigue. Cuando inspeccionamos un reloj percibimos algo que no descubrimos en una piedra; sus diversas partes están proyectadas y ensambladas con un propósito, producir un movimiento regulado para señalar las horas del día. La deducción es inevitable: el reloj tiene que haber tenido un artífice que le diera forma para servir al propósito para el que sirve. Del mismo modo, las señales del diseño planificado son demasiado evidentes en la Naturaleza para que puedan ser ignoradas. Un ejemplo entre muchos otros: el babirusa, un cerdo salvaje de las Indias Orientales, señalaba Palley, tiene dos dientes curvados de casi medio metro de longitud, que crecen hacia atrás, ésta es su singularidad, desde la mandíbula superior. No tienen estos dientes una función defensiva ya que ese servicio lo prestan dos colmillos que salen de su mandíbula inferior. Puesto que no los usa para defenderse, ¿son entonces esos dientes una superficialidad, un estorbo, un accidente? En absoluto: el babirusa duerme de pie y para sostener su cabeza engancha sus colmillos superiores en las ramas de los árboles. No son innecesarios, no son ningún estorbo. El diseño natural se impone .
Otro ejemplo de Daniel Dennett49. Analicemos el desarrollo del ojo. ¿A quién se le puede ocurrir, preguntan exitosos los “diseñadores”, que esa maravilla ingenieril pueda ser producto de una serie de imperceptibles pasos no planificados como sostiene el neodarwinismo? Sólo un diseñador inteligente, señalan, puede haber sido capaz de crear la brillante disposición adaptativa del cristalino, la apertura variable del iris y un tejido sensible a la luz de una exquisita sensibilidad, todo eso ubicado, encima, en una esfera capaz de cambiar de objetivo en una centésima de segundo y de enviar megabites de información a la corteza visual cada segundo, de manera continua y durante años y años. Así, pues, hay diseño. Todo diseño presupone un diseñador. Ese diseñador tiene que haber sido una poderosa mente racional. Esa mente es Dios.
Los partidarios del diseño o designio inteligente sostienen50 que el Universo, la vida y el origen del hombre son el resultado de acciones racionales emprendidas de forma deliberada por uno o más agentes inteligentes. Se trata, afirman, de una propuesta científica legítima, capaz de sustentar un programa de investigación metodológicamente riguroso.
Veámoslo con algo más de detalle. “¡Vaya timo!” es una colección de la editorial Laetoli dirigida por Javier Armenia, astrofísico, director del planetario de Pamplona y miembro del consejo editorial de la revista El Escéptico. La colección cuenta con el apoyo de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico y pretende desenmascarar timos, falsas creencias presentadas como profundos saberes no atendidos por “la ciencia oficial”, pseudoverdades asentadas en falsedades oceánicas que llevan en su máscara la etiqueta “conjeturas atrevidas”, manipulaciones de libro, timadores que ocultan sus cartas tramposas y, en ocasiones, sus rentables negocios. Se han publicado hasta ahora cinco volúmenes en la colección.
Ernesto Carmena ha publicado en esta colección El creacionismo, ¡vaya timo!. Carta a un crédulo51. El autor es un joven y brillante científico de pluma ágil y descarada, miembro de la sociedad para el avance del pensamiento crítico. El tema al que se enfrenta tiene dos caras, sin duda interrelacionadas: el propio creacionismo y la teoría, digámoslo así, del diseño inteligente. Los creacionistas, los creata en un indiscutible logro nominal del autor, un movimiento político-religioso que sigue extendiéndose en Estados Unidos y en otros países no muy lejanos, defienden su tesis de la creación del mundo y de las especies vivientes amparándose en una lectura literal de la Biblia, después de señalar con angustia la neta contradicción entre el libro “sagrado” y los desarrollos y conjeturas de las arrogantes ciencias humanas.
El diseño inteligente es una teoría algo mas sofisticada que cuenta con algunos, muy pocos, científicos entre sus filas, los IDiots (de ID, Intelligent Design) los llama el autor en otro logro nominal no menos destacable. El bioquímico Michael Behe, famoso por su noción de la complejidad irreducible, es uno ellos52. Dios, según esta teoría, ya no es inicialmente creador ex nihilo, o no llegamos a ese atributo siguiendo los postulados bíblicos, sino que es el gran ordenador de lo existente, el Norman Foster del Universo. Como no se entiende, o no se quiere entender, que la selección natural es una razonable explicación de la evolución, los partidarios del diseño sostienen que la naturaleza, el universo, no puede explicarse por sí mismo y necesita para su explicación de su Ser singular y habilidoso, no identificable con ninguna instancia natural. Esa entidad ordenativo es nada más y nada menos que el Dios de las tradiciones religiosas, el divino arquitecto, el omnisciente e ilimitado Ser que ha diseñado toda la armonía natural existente.
No importa, o no se quiere aceptar, como señalaba recientemente Francisco J. Ayala, el reconocido profesor de biología evolutiva de la Universidad de California, que los seres vivos tengamos una arquitectura bastante mediocre. El canal de la natalidad de las mujeres no es suficientemente grande para que pase el niño sin dificultades ya que la cabeza de los bebés se ha ido expandiendo a través de la evolución y como consecuencia, aparte de otras razones sociales médicas, millones de mujeres han muerto (y siguen muriendo) en el parto hasta fechas recientes y también millones de niños, que no han cometido pecado alguno voluntario, más allá de la pesada herencia del pecado original, mueren antes de nacer. Ayala concluía que alguien que hubiera diseñado de ese modo, un diseñador que llevara a la muerte de tantos fetos, sería calificado de abortista impío o de cosas mucho peores. El diseño inteligente, señalaba, implica que Dios es el principal abortista del mundo.
Pura herejía sin duda, pero fundamentada en un argumento bastante contundente apuntado por un autor que, por lo demás, apuesta por una convivencia apacible entre ciencia y religión, negándose a que la ciencia traspase sus estrictas demarcaciones, tesis, como es sabido, no compartida por autores como Sam Harris o Richard Dawkins que defenderían un ensanchamiento del espacio crítico de los saberes y logros científicos.
Carmena ha escrito un delicioso e informado libro de diecisiete breves capítulos, que no sólo critica y falsea argumentos esgrimidos por defensores del creacionismo o del diseño inteligente y denuncia manipulaciones textuales, sino que aclara y explica nociones centrales de la teoría neodarwinista no siempre bien entendida. Pondré algunos ejemplos de ello. Antes cabe citar una de las más conocidas manipulaciones de los creata que bebe en fuente darwinista.
Creacionistas y diseñadores suelen defender sus posiciones con esta cita de Darwin: Suponer que el ojo, con todos sus inimitables artificios para ajustar el foco a distintas distancias, para admitir distintas cantidades de luz y para la corrección de la aberración esférica y cromática, pudo haberse formado por selección natural parece, lo confieso libremente, absurdo de todo punto. Punto, aquí finalizan la cita. Empero, señala Carmena, inmediatamente después, Darwin añadió: Y sin embargo la razón me dice que, si puede mostrarse que existen numerosas gradaciones desde un ojo perfecto y complejo a uno muy imperfecto y simple, siendo cada grado útil para su poseedor, si además el ojo varia ligeramente, y las variaciones son heredadas, lo cual ocurre ciertamente, y si alguna variación o modificación en el original ha de ser útil, entonces, aunque insuperable por nuestra imaginación, la dificultad para creer que un ojo perfecto y complejo puede haber sido formado por selección natural apenas puede considerarse real.
Manipulación, engaño, falsedad, como prefieran. Un escándalo, todo un escándalo. Así van las cosas en ese debate.
Los ejemplos a los que hacía referencia. La evolución suele confundirse, señala Carmena, con uno de sus mecanismos, la selección natural, y ésta suele visualizarse como una guerra entre distintas especies o razas, o como aniquilación de los débiles en manos de los fuertes, pero, realmente, la evolución “es el proceso que da lugar a cambios hereditarios en las poblaciones de seres vivos a lo largo de las generaciones” (p. 44), o dicho en otros términos, la evolución es el cambio en la frecuencia de los genes en las poblaciones, un conjunto de individuos de la misma especie que se reproduce entre si, a lo largo del tiempo.
Esa teoría, revisable, limitada como cualquier otra teoría científica, da cuenta de un hecho evolutivo -que a veces también es llamado “evolución” dando pie a una confusión conceptual-: “los seres vivos de la Tierra están emparentados y han ido divergiendo a partir de un ancestro común y transformándose durante millones de años” (p. 45)
¿Qué papel juega el azar, por otra parte, en la teoría de la evolución? ¿La evolución es fruto del azar? Depende como entendamos el término, apunta Carmena. Se dice que las mutaciones se producen al azar pero las mutaciones tienen sus causas: roturas en el cromosoma mal reparadas, errores de copia, inserción de segmentos parásitos de ADN. Ciertamente, “ciertos genes tienen más probabilidad de mutar que otros porque están en zonas del genoma más desplegadas y expuestas” (pp. 112-113). ¿Qué quieren decir entonces los biólogos cuando afirman que las mutaciones se producen al azar? No que las mutaciones carezcan de causas o que todas tengan las mismas oportunidades, sino que “las mutaciones ocurren con independencia de las necesidades del organismo” (p.113). Esta es la cuestión, no otra.
Sobre la relación entre ciencia y religión, la posición de Carmena no coincide con intentos de armonización en la línea de Stephen Jay Gould, del tipo la ciencia tiene un ámbito y la religión otro. La primera intentaría desarrollar teorías que expliquen los hechos del mundo natural; la religión operaría en el mundo de los fines, los significados y los valores humanos, que la ciencia podría iluminar pero nunca resolver. El empuje y el documentado descaro de Carmena le impide seguir ese sendero de pacto: “La religión, según entendemos muchos, no puede evitar colisionar con el conocimiento científico. Ella es así porque es así. Sólo lograra cumplir su “orden de alejamiento” si consigue evolucionar y convertirse en una ética descafeinada y superflua adornada con rituales” (p. 151).
Al adversario, al adversario nada afable y falsario en ocasiones, ni agua. Esta es la otra cuestión.
Hay un problema de razón pública e instrumentos en este debate señalado por Carmena al igual que por Francisco J. Ayala. ¿Cómo debatir con los partidarios de la creación o del diseño inteligente? ¿Vale la pena el cara a cara? Carmena y Ayala parecen desechar esa vía. En los debates públicos no cuenta la razón sino, sobre todo, la retórica, la publicidad, el marketing, las habilidades engañosas, la publicidad de prejuicios asentados, las caras hermosas y sonrientes, los trajes de Zara, no en cambio, o en mucha menor medida, los verdaderos conocimientos ni la validez de la ciencia. No se puede explicar en 10 o en 20 minutos, ante un público no neutral que es aleccionado para el caso, asuntos de cierta complejidad que exigen atención, y que son contrarios a creencias y prejuicios arraigados.
Tal vez sea sí. Quizás podamos aparcar ese ámbito de intervención como sugiere Carmena, tal vez podamos batirnos en retirada en ese espacio enemigo, pero eso significa dejar a los creacionistas un amplísimo y transitado campo para un proselitismo generosamente financiado. Es sabido: a veces, para avanzar, es necesario intervenir en territorio comanche. ¿Cómo? ¿Con qué armas? Denunciando imposturas, señalando puntos débiles y de fácil comprensión de la posición debatida, no intentado defender de entrada las propias posiciones. Eso vendrá luego, en una segunda fase. Las segundas partes serán esta vez mejores.
30 M. Sacristán, “La militancia de los cristianos en el partido comunista”, Materiales núm.1, 1977, p. 107.
31 Desde luego, tampoco es garantía de una posición política de “izquierdas” –recuérdense Nietzsche, Schopenhauer y ciertos nietzscheanos- como tampoco la creencia religiosa es causa de posiciones acomodaticias. Pensemos en Camilo Torres, Casaldáliga, Alfonso Carlos Comín, Jaume Botey y en muchos otros. No es ésta una adecuada ni indicativa línea de demarcación.
32 Sam Harris, “Manifiesto Ateísta”. www.truthdig.com
33 Dawkins ha apuntado una tarea de creciente interés para el científico humanista: “Yo estoy entre los científicos que piensan que ya no es suficiente con seguir haciendo ciencia. Tenemos que dedicar una proporción significativa de nuestro tiempo y nuestros recursos a defenderla de los ataques deliberados que proceden de la ignorancia organizada”.
34 Manuel Sacristán (1964), “La tarea de Engels en el Anti-Dühring”. Sobre Marx y marxismo. Icaria, Barcelona, 1983, pp. 31-32 (Reeditada próximamente en M. Sacristán, Sobre dialéctica, Montesinos, Barcelona, 2008 (en prensa))
35 Aparte de las páginas dedicadas por Sacristán a la categoría materialismo en el prólogo citado, sigue siendo muy recomendable Mario Bunge, Materialismo y ciencia. Barcelona, Ariel, 1981. También, Pedro García del Campo, Oscuro, demasiado oscuro. Universidad de Cádiz, 2007. También Carlos Fernández Liria ha estudiado la categoría.
36 Esta puede ser una versión de la apelación a ese asilo de la ignorancia del que hablaba Spinoza.
37 Manuel Sacristán, Sobre Marx y marxismo, op. cit.
38 N. R. Hanson: “El dilema del agnóstico” y “Lo que yo no creo”. En AA. VV., Filosofía de la ciencia y religión. Salamanca, Ediciones Sígueme 1976, pp. 19-26,pp. 27-52 respectivamente.
39 Si se quiere temporalmente, con posible fecha de caducidad: hasta que alguien pueda esgrimir un argumento existencial contrastado.
40 El mismísimo Kurt Gödel, como Leibniz, creía que alguna versión del argumento anselmiano era válida. Véase, “En el centenario de Kurt Gödel. Entrevista con Luis Vega”, El Viejo Topo, diciembre 2006, nº 227, pp. 78-85; Rebecca Golsdtein, Gödel. Paradoja y vida, op. cit, pp. 185-186.
41 Comunicación personal, 21 de febrero de 2006. De Luis Vega, véase su excelente Si de argumentar se trata, Montesinos, Barcelona, 2003.
42 Son conocidas algunas de esas paradojas. Si Dios es omnipotente, puede hacerlo todo; si es así, puede crear un objeto absolutamente inamovible que, por serlo, no podría ser movido por nadie, tampoco por un Dios supuestamente omnipotente. Ello sería, por tanto, merma evidente en uno de sus atributos más relevantes y acaso más masculinos.
43 Primo Levi en diálogo con Ferdinando Camon (Madrid, Anaya & Mario Muchnik, p. 134. La posición de Levi va en línea con otra de estas paradojas: si Dios es omnipotente puede evitar el mal; si es sumobenevolente, como se postula, debería evitarlo. Pero el mal existe. ¿De dónde entonces éste? La distinción entre mal natural y mal social, la apelación a la libertad del ser humano y la noción leibziana del mejor de los mundos posibles son eslabones posteriores de esta conocida línea argumentativa que no complace de forma inapelable a numerosos críticos.
44 Janet Browne, La historia de El origen de las especies de Charles Darwin. Debate, Madrid, 2007, pp. 159-163.
45 Juan Antonio Aguilera Mochón (“La ciencia frente a las creencias religiosas”, art cit) ha señalado un punto débil de la posición de Gould: “(…) ha tenido mayor impacto popular el libro que publicó, pocos años antes de morir, Stephen Jay Gould (…) Ciencia versus religión (Gould 1999). En él proclamaba -en línea con lo que ya propusiera Kant- el fin del viejo contencioso entre la ciencia y la religión, en particular la católica: cada una tendría un "magisterio" independiente. La ciencia se ocuparía del reino empírico, de los hechos del universo y de por qué éste funciona como lo hace; la religión, de los valores morales, los fines y el significado último. Según Gould, la religión católica y otras respetan esta división de tareas(…) Sin embargo, en mi opinión, Gould llega a esa percepción de ausencia de conflicto sin atender en ningún momento al contenido doctrinal de las religiones: no hace el análisis de las creencias religiosas concretas. Así, no alcanza a ver este posible lugar conflictivo: el de la percepción y explicación de la realidad, el del "reino empírico", en sus propias palabras”. Julio Aramberri (Revista de Libros, nº 129, septiembre 2007, p. 3) se refería al gran científico recientemente fallecido en los términos tan elegantes como los siguientes: “(…) Darwkins se ganó mis simpatías, muchas más de las que jamás he prodigado a su colega Stephen Jay Gould, tan pinturero y jaque él, tan pastelero”
46 Daniel Raventós, “El diseño inteligente, dios y la tetera orbitante”. www.sinpermiso.info. Igualmente, Daniel Raventós, “Dios y el diseño inteligente”. sin permiso, nº 1, junio 2006.
47 Michael J. Behe -La caja negra de Darwin: el reto de la bioquímica a la evolución, (1987)-, por ejemplo, sostiene que las reacciones proteínicas deben de haber (probabilidad u obligación; si es esto último, la perífrasis es ”deben haber”) sido concebidas por una inteligencia superior. Existen aquéllas, luego existe esta última.
48 Stephen. Jay Gould, La estructura de la teoría de la evolución. Tusquets, Barcelona, 2004, pp. 289-298. El texto de Palley se titula: Natural Theology: or, Evidence of the Existence and Attributes o the Deity, Collected from the Appearences of Nature (“Teología natural: o evidencias de la existencia y atributos de la deidad, recogidos de los aspectos naturales”). Sobre este punto, véase igualmente: Daniel Raventós: “El diseño inteligente, dios y la tetera orbitante”, art. cit.
49 Daniel Dennet, “El fraude del Diseño Inteligente”. www.sinpermiso.info. La refutación del ejemplo es del propio Dennet: “Así como es de brillante el diseño del ojo, muestra en su origen una engañosa imperfección: la retina no está en su sitio ideal. Las fibras nerviosas que transportan las señales desde los conos y los bastones de los ojos (que perciben sensorialmente la luz y el color) están dispuestas en la parte superior del ojo, y tienen que zambullirse por un largo agujero de la retina para llegar al cerebro, originándose así un punto ciego. Ningún diseñador inteligente habría creado una cámara de video mediante un plan tan chapucero…”
50 Véase la muy correcta entrada sobre “diseño inteligente” de Wikipedia.
51 Laetoli, Pamplona, 2007. Es muy improbable que un crédulo reciba con agrado los argumentos de Carmena pero éste, sin duda, es tema lateral.
52 Según Carmena, las estadísticas señalan eso sí que por cada científico que no defiende la evolución hay, aproximadamente, unos 10.000 que sí la defienden.