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El pasado 18 de junio el parlamento europeo aprobó la Directiva de Retorno de Inmigrantes Ilegales. Su apartado más polémico es el que permite a los estados miembros retener en centros de internamiento (virtuales campos de concentración), por simple orden administrativa y hasta por un período de dieciocho meses, a aquellos inmigrantes sin papeles, en trámites de expulsión.
Para algunos internacionalistas la Directiva colide con dos grandes convenciones internacionales: la de los Derechos del Niño de 1989 y la de Viena sobre Relaciones Consulares de 1963.
La iniciativa anterior es expresión del marcado viraje hacia la derecha que evidencia la Europa de nuestros días y pasa por alto la influencia que las propias acciones europeas tienen sobre el flujo migratorio que se busca contener. Las solas subvenciones a los agricultores europeos han dejado sin viabilidad económica a la agricultura en buena parte de África, propiciando el escape de importantes masas humanas hacia el Norte.
El tema de las migraciones no se plantea, desde luego, con el simplismo con que lo ven los ciudadanos europeos. Tanto para las naciones desarrolladas como para las que se encuentran en vías de desarrollo, este fenómeno va cargado de ambivalencias, asumiendo elementos positivos y negativos. Se trata, en efecto, de un tema complejo.
Para las naciones desarrolladas la inmigración proveniente de las naciones en desarrollo puede presentar aspectos negativos. Entre los más notables se encuentran los costos en servicios y los riesgos de transculturación.
Lo primero se refleja en la carga que los habitantes plenamente productivos tienen que asumir en impuestos, por los servicios brindados a los inmigrantes insuficientemente integrados. A su vez, el desdibujamiento de la identidad y las tradiciones de una sociedad, como resultado del impacto migratorio, tiende a ser considerado como un hecho negativo.
Sin embargo, para estos países la inmigración presenta también elementos positivos. En la medida en que la misma se encuentra usualmente constituida por grupos humanos altamente calificados o de muy baja calificación, se tienden a llenar vacíos.
Por arriba se estimula, sin costo alguno para el Estado receptor, el dinamismo de sectores tecnológicos o productivos, mediante la incorporación de profesionales de sólida formación. Por debajo, se ocupan espacios que los habitantes de los países desarrollados no desean ocupar. Es decir, labores necesarias pero de bajo "status" social. En ambos casos se llena una necesidad.
Para los países en vías de desarrollo se presentan también elementos positivos y negativos. El más evidente de los positivos es la remesa en divisas de sus emigrantes. Para la revista The Economist, alrededor del mundo se movilizan anualmente 100 millardos de dólares por esta vía.
Es claro, a la vez, que para países sumidos en la pobreza, la exportación de la mano de obra ociosa constituye un importante alivio a sus presiones sociales.
Entre los aspectos más negativos para estos últimos se encuentra, evidentemente, la fuga de cerebros. El desangre que se plantea con la pérdida de los elementos más calificados y productivos de la sociedad es un costo neto sin contrapartida.-