EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
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El triunfo sobre Villa y la pérdida del brazo derecho en la batalla de Celaya
convirtieron a Obregón en héroe nacional
A fines de 1919 un grupo de católicos creó un nuevo partido político para intervenir en las elecciones venideras: el Partido Nacional Republicano. Sus dirigentes más prominentes estaban vinculados estrechamente con el antiguo Partido Católico y con el movimiento de Acción Católica de la época de Madero. El comité ejecutivo lo encabezaba Rafael Ceniceros y Villarreal (ex gobernador de Zacatecas), René Capistrán Garza y Luis M. Flores. Cuando Carranza escogió a Ignacio Bonillas como el candidato presidencial oficial, Álvaro Obregón, cuyo compromiso era con la Constitución de 1917 y el desarrollo de México en tanto Estado nacional soberano, encabezó el derrocamiento de Carranza, remplazó a Bonilla como candidato oficial y, en septiembre de 1920, derrotó fácilmente al candidato católico Alfredo Robles Domínguez.
Como la elección de Obregón vino luego de una sublevación militar, los EU no lo reconocieron al principio. El Gobierno de Warren G. Harding tenía especial interés en lo establecido en la Constitución de México sobre la expropiación petrolera. Washington se mantuvo sin reconocer al nuevo Gobierno hasta 1923, tres años después de Obregón llegar al poder.
Durante este período, Obregón no hizo nada por instrumentar los artículos de la Constitución que restringían la actividad política de la Iglesia católica. Aunque la política de largo plazo de la Iglesia consistía en exigir nada menos que el dominio clerical de toda la educación en México.
Obregón trató de resolver el problema de la tierra mediante el establecimiento de los ejidos (tierras comunales concedidas a los campesinos sin tierra). La Iglesia condenó estas reformas agrarias revolucionarias porque no tomaban en consideración el "justo derecho de los terratenientes", es decir, de los hacendados.
En 1918 se formó la Confederación Revolucionaria de Obreros Mexicanos (CROM) para ayudar a los trabajadores urbanos. Los obispos mexicanos le prohibieron a los católicos unirse a esos sindicatos "socialistas".
Para los obispos bastaba que el Sílabo de errores había condenado el socialismo. Los reaccionarios de la Iglesia mexicana, al igual que los carlistas del Christendom College hoy día, procuraban reconstruir el mundo medieval que existía antes del Renacimiento italiano. Con los gremios, esperaban restablecer el sistema de la Edad Media. Todas las organizaciones que se desarrollaron en el marco del movimiento de acción social se basaron en este concepto.
En 1920 los dirigente de la acción social organizaron una Confederación de Asociaciones Católicas de México. Las juntas locales fueron designadas por los obispos. En Jalisco, ocho sacerdotes dirigían la junta. En este mismo lapso, el cura jesuita Méndez Medina organizó el Secretariado Social de México, que difundió las enseñanzas de la Acción Social por todo el país.
Esta ofensiva teocrática por parte de los sinarquistas en la Iglesia chocó con las provocaciones de la izquierda sinarquistas, alimentando el clima de guerra religiosa que condujo a la insurrección cristera. El 24 de noviembre de 1921, por ejemplo, estalló una bomba de dinamita a los pies del relicario de la Virgen de Guadalupe, en la propia basílica de Guadalupe en México. El 1 de mayo de 1922, la CROM realizó un ataque armado contra la sede de la ACJM en la capital mexicana.
La columna vertebral del movimiento de acción social era la Confederación Nacional Católica de los Trabajadores, creada en mayo de 1922 en una convención en Guadalajara, donde tenía su sede nacional. Ese mismo año, la ACJM realizó su primer Congreso Nacional en la capital mexicana. René Capistrán Garza le manifestó ahí a los delegados que su tarea era acabar con la "descristianización" de México, producto, según él, de la Reforma de Juárez y de la Revolución.
Según una fuente en inglés, Capistrán dijo: "La obra de descristianización que empezó con la Reforma de Juárez, y que que hábilmente continuó el porfirismo, logró suprimir casi en su totalidad cualquier manifestación de vida religiosa. . . Y entonces vino el desastre; dadas las causas, los efectos tenían que seguir de manera inevitable; hizo erupción la revolución, derramando toda la maldad, toda la corrupción que venía formandose bajo el ala protectora del liberalismo y la protección del régimen. Querían a un pueblo sin Dios, y sólo lograron hordas de bandidos. Querían una nación sin religión, una patria sin historia, una civilización sin ética, y sólo lograron el desastre, la ruina, el deterioro. . . En medio del inevitable y aterrador derrumbe apareció una fuerza de singular vigor y extraordinaria potencia con la que no se contaba; a la hora del desastre apareció inesperada en la plaza pública, plenamente armada, la juventud católica; y con ella apareció, como si surgiera de lo más profundo del alma nacional, como un nuevo retoño fértil de las raíces de la patria, la civilización cristiana con toda la lozanía de su eterna juventud, elevándose por encima de las ruinas que parecían haberla demolido para siempre".
En 1921 se inició un movimiento para erigir un monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete, cerca a la ciudad de León, Guanajuato. Según el arzobispo de México, Manuel Mora y del Río, el monumento "entroniza al Sagrado Corazón de Jesús sobre toda la República". Para la Iglesia esto significaba proclamar la ascendencia temporal de la religión católica en México. Es el mismo espíritu que llevó a los católicos a afirmar la primacía de la acción social sobre el programa del Gobierno. Los obispos decidieron colocar la primera piedra el 11 de enero de 1923. El nuncio apostólico, monseñor Ernesto Filippi, aceptó oficiar en el acto.
Dos días después, el secretario de Gobernación Plutarco Elías Calles ordenó la expulsión de monseñor Filippi por "extranjero pernicioso", y el Gobierno ordenó suspender la construcción del monumento.
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Plutarco Elías Calles y el presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge
Como puede verse de este caso, así como de la política que siguió Calles en cuanto llegó a la Presidencia, Obregón tenía más disposición a ser conciliatorio que Calles, tanto hacia los EU en la cuestión petrolera, como hacia la Iglesia en la cuestión religiosa. Calles les hacía el juego a los sinarquistas desde el Gobierno con un enfoque mucho más provocador.
El mismo Obregón comentó una vez: "El presente programa social del Gobierno que emana de la Revolución esencialmente cristiano, y complementa el programa básico de la Iglesia católica". Pero la Iglesia mexicana siguió viendo a la Revolución como enemiga.
El periódico católico El Obrero de Guadalajara, inició una campaña para adoptar el grito de batalla "¡Viva Cristo Rey!" Sin embargo, Obregón siguió conciliador, al igual que el Vaticano, que no emitió ninguna declaración de respaldo a los obipos mexicanos.
A fines de 1923 y principios de 1924, Obregón enfrentó y aplastó una rebelión armada encabezada por Adolfo de la Huerta, quien al igual que Calles, había sido su aliado en el derrocamiento de Carranza.
En octubre de 1924 se realizó un congreso eucarístico en la capital mexicana, en el que los obispos consagraron la ciudad al Sagrado Corazón de Jesús. Pero, debido a la amenaza de medidas legales del Gobierno, el congreso terminó sin la anunciada peregrinación a la basílica de Guadalupe.
A fines de 1924, Obregón le entregó el mando del Gobierno a Calles. En el otoño de 1925, el Gobierno de Calles presentó ante el Congreso su plan para poner en vigencia los controvertidos artículos 3, 27, 123 y 130 de la Constitución. Sin embargo, sólo se instrumentó la parte del artículo 27 relacionado con las propiedades petroleras.
Mientras aumentaban las provocaciones, tanto de los sinarquistas dentro de la Iglesa como las del Gobierno, se creó una organización que Bernardo Bergöend había concebido desde hacía tiempo, y que se convirtió en la organización que a la larga desataría la insurrección cristera: la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR).
El 22 de febrero de 1925 desatose un movimiento cismático contra la Iglesia católica romana. La llamada Iglesia apostólica mexicana se apoderó de la iglesia de La Soledad en Ciudad de México. Al mes siguiente, Calles arregló el conflicto ordenando el cierre de la iglesia para ambos bandos.
En respuesta, el 17 de marzo de 1925 se formó la LNDLR. Sus fundadores fueron Miguel Palomar y Vizcarra; Luis G. Bustos; jefe de los Caballeros de Colón en México; y René Capistrán Garza, presidente de la ACJM. Rafael Ceniceros y Villarreal quedó como presidente de la LNDLR; Bustos y Capistrán Garza quedaron en el comité ejecutivo.
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René Capistrán Garza, presidente de la ACJM (Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos -1925)
La idea de formar una organización católica de defensa surgió por primera vez en 1918, siete años antes de su creación formal, con Manuel de la Peza, Eduardo J. Correa, y Miguel Palomar y Vizcarra, con la colaboración de Bergöend, quien diseñó el plan de la organización. Sin embargo, en 1918 no había suficiente respaldo para la idea. Otro intento en 1920 también fracasó. En 1925 se revivió el esquema de Bergöend, a iniciativa de Palomar, Bustos y Capistrán Garza.
El 24 de marzo, la LNDLR recibió un telegrama de adhesión de la Unión Popular de Jalisco, encabezada por el abogado Anacleto González Flores, cabeza de una organización secreta llamada la "U"; González nació en Los Altos de Jalisco en 1883.
Capistrán Garza le ordenó a la ACJM movilizar a sus más de 100 organizaciones locales formar comités de la LNDLR. De este modo, los miembros de la ACJM se conviertieron en los dirigentes de la LNDLR, cuya fundación oficial se anunció el 21 de marzo.
En los EU los católicos buckleyitas más prominentes machacaban el tema de la amenaza comunista en México, alegando que los ataques del Gobierno a la Iglesia —y a las propiedades petroleras— eran parte de un complot bolchevique mundial. Los buckleyitas esperaban que al vincular la persecusión religiosa a la cuestión petrolera, podrían inducir al Gobierno estadounidense a intervenir en contra de Calles. Aunque el propósito manifiesto de la intervención sería auxiliar a las compañías petroleras, el resultado sería el derrocamiento de Calles y la defensa de la Iglesia en México.
El 21 de abril el episcopado mexicano emitió una declaración afirmando la supremacía de la Iglesia sobre la autoridad secular en última instancia.
El 14 de julio Calles decretó las leyes necesarias para poner en vigencia los artículos 3 y 130 de la Constitución, invocando la autoridad que le confirió el Congreso para reformar los códigos civil y penal. Los obispos le dieron su aprobación oficial a la LNDLR para iniciar un boicot económico. El 23 de julio, Calles emitió un decreto poniendo en vigencia el artículo 3 de la Constitución.
El episcopado suspendió todos los cultos religiosos que requerían de un sacerdote en todas las iglesias del país, el 31 de julio. Además, los obispos le ordenaron a los feligreses retirar sus hijos de las escuelas públicas, y apoyar el boicot económico declarado por la LNDLR.
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Boycot económico preparado por la LNDLR
Cuando fracasó el boicot económico, la LNDLR recurrió a las armas, que nunca había excluído como opción. La mayoría de los comandantes salieron de las filas de la ACJM o de la organización clandestina de laicos católicos conocida como la "U". En agosto, Capistrán Garza viajó a Texas con la intención de reunirse con el general Enrique Estrada, a quien le ofrecería el respaldo de los católicos para una revolución armada, a cambio de comprometerse a respetar los intereses de los católicos. Sin embargo, para cuando llegó, los EU habían detenido a Estrada por contravenir las leyes de neutralidad de los EU.
El 26 de noviembre hubo una reunión de los dirigentes laicos con el episcopado en la residencia del obispo Pascual Díaz en México, para determinar si se justificaba la resistencia armada. Representando a la LNDLR estaban Ceniceros y Villarreal, Luis G. Bustos, Palomar y Vizcarra, Carlos F. de Landero, Manuel de la Peza y Juan Laine, así como su consejero ecleciástico, el cura jesuita Alfredo Méndez Medina. Cuatro días después volvieron a reunirse, con la presencia también del otro consejero eclesiástico de la LNDLR, el jesuita Rafael Martínez del Campo. Después de la segunda reunión, el obispo Pascual Díaz dijo, en efecto, que los obispos no apoyaban la rebelión, pero tampoco le prohibieron a la LNDLR unirse a los rebeldes cristeros en la "defensa armada".
Los padres Méndez Medina y Martínez del Campo auxiliaron entonces al Comité Directivo de la LNDLR a elaborar el proyecto de la revolución armada para derrocar al Gobierno mexicano.
A fines de diciembre, la LNDLR emitió un manifiesto "A la Nación", firmado por Capistrán Garza, en el cual atacaba "el dominio implacable de un régimen de bandidos armados sobre un pueblo indefenso, honorable y patriótico".
"La destrucción de la libertad religiosa y política, de la libertad de la educación, los sindicatos y la prensa; el negar a Dios y la creación de una juventud atea; la destrucción de la propiedad privada a través del saqueo, la socialización de la fortaleza nacional; la ruina del trabajador libre por medio de organizaciones radicales; el repudio de las obligaciones internacionales; tal es en substancia, el programa monstruoso del régimen presente. En suma, la destrucción deliberada y sistemática de la nacionalidad mexicana".
El manifiesto apelaba al "sagrado derecho a la defensa" como justificación para tomar las armas, y proclamaba "la necesidad de destruir para siempre el dominio perverso de las facciones para crear un Gobierno nacional".
El 28 de diciembre hubo una reunión en México donde se dispuso la acción armada en el Distrito Federal. Un joven ingeniero, Luis Segura Vilchis, representaba al Comité Especial encargado de la guerra, que más tarde atentaría contra la vida del general Obregón. El cabecilla del levantamiento era Manuel Reyes, un antiguo oficial del Ejército del Sur del caudillo de Morelos, Emiliano Zapata, en la revolución de 1910. Reyes había sido "catequizado" por una monja, la Madre Conchita. El 31 de diciembre, la mayoría del grupo asistió a misa en el convento de la Madre Conchita, quien le entregó al grupo una bandera mexicana con imágenes del Sagrado Corazón y de la Virgen de Guadalupe. Algunos de esos jóvenes trataron de ver al padre Bergöend, según una versión no pudieron encontrarlo.
También en diciembre, René Capistrán Garza, todavía en los EU, fue nombrado comandante supremo del movimiento. Palomar y Vizcarra, quien también colaboró con Bergöend para formar la LNEC, fue designado para sustituir a Capistrán Garza en el Comité Directivo. Ese mismo mes, el general Enrique Gorostieta y Velarde, un masón y oficial del Ejército cuando Porfirio Díaz, asumió el mando supremo de todas las fuerzas cristeras en el occidente, con la bendición del arzobispo Manuel Mora y del Río.
Así, para diciembre de 1925, el trabajo de décadas de Bernardo Bergöend y los jesuitas sinarquistas de la Iglesia católica mexicana, con la ayuda de los elementos sinarquistas radicales aliados al presidente Calles que les hacían el juego, llevó finalmente a México al punto de la insurreción armada. Sin embargo, cabe señalar que nunca hubo ninguna posibilidad de que los cristeros tomasen el poder. El objetivo de quienes tiraban los hilos era usar a los cristeros como carne de cañón para impedir el desarrollo soberano de México, asegurar el fiel cumplimiento del pago de la deuda mexicana a la casa Morgan, y garantizarle condiciones favorables a las compañías petroleras angloamericanas.
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Con la ayuda de los elementos sinarquistas radicales aliados al presidente Calles
que les hacían el juego, llevó finalmente a México al punto de la insurreción armada.
El más prominente de esos intereses petroleros era el de William F. Buckley padre, dueño de la compañía petrolera Pantepec en México para 1913. Éste se oponía a la política del Gobierno del presidente estadounidense Woodrow Wilson, que consistía en respaldar a Pancho Villa (originario del estado de Durango, pero con sede en Chihuahua, quien encabezaba la División del Norte durante la Revolución) contra el Gobierno de Victoriano Huerta. De hecho, Buckley sirvió de consejero del Gobierno oligárquico del presidente Huerta en la conferencia de Niágara de las potencias "ABC" —Argentina, Brasil y Chile—, que fungieron como intermediarias entre los EU y México a raíz del bombardeo naval estadounidense contra el puerto de Veracruz en abril de 1914. Buckley tenía tanta influencia en México, que el Gobierno estadounidense le ofreció la gubernatura militar de Veracruz, la cual no aceptó.
Luego de que las fuerzas revolucionarias de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón derrocaran a Huerta en 1914, Buckley se opuso a que Washington reconociese al Gobierno de Carranza, y más tarde uso su influencia para oponerse a la Constitución de 1917.
El 6 de diciembre de 1919 compareció ante una subcomisión de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de los EU, y dijo: "Pienso que debemos resolver está cuestión sin ninguna referencia a América Latina ni a lo que piensen los latinoamericanos o cualquier otro. Pienso que debemos resolverlo como es debido, sin referencia a más nadie . . . Latinoamérica nos respeta más cuando atendemos a nuestros propios asuntos y no consultamos a los latinoamericanos. Nuestras relaciones con México son asunto nuestro y de nadie más". Aunque Buckley decía que se oponía a la intervención armada, concluyó su testimonio diciendo: "Nada hubiese elevado más nuestro prestigio de ese modo en Latinoamérica, como mandar un ejército al otro lado de la frontera la primera vez que tocaran a un estadounidense, y ejecutar a todos los que lo agraviaron".
Asimismo, Buckley nunca negó su participación en el fallido movimiento contrarrevolucionario del general Manuel Peláez, cuyo tren de municiones, patrocinado por Buckley, se perdió, cuando su representante en Washington, un antiguo amigo íntimo de Buckley, iba a presentarse ante el Departamento de Estado en Washington como representante del "Gobierno" de Peláez.
Cuando Warren Harding fue elegido presidente estadounidense en remplazo de Wilson, Buckley hizo campaña contra el reconocimiento del Gobierno mexicano de Obregón.
En 1921, junto con Thomas W. Lamont de J.P. Morgan, formó la Asociación Americana de México (AAM), con oficinas en Nueva York y en Washington, D.C. La AAM se proponía deshacer la legislación petrolera confiscatoria, restaurar los privilegios especiales de los ciudadanos estadounidenses en México, y eliminar las disposiciones de la Constitución mexicana que prohibían a los clérigos estadounidenses de cualquier denominación ejercer sus oficios religiosos en México.
Thomas Lamont fue también el jefe del Comité de Banqueros Internacionales, que posteriormente negoció un acuerdo con México para garantizar el pago de la deuda externa mexicana a los bancos internacionales.
En noviembre de 1921 el Álvaro Obregón expulsó a Buckley de México por conspirar contra la Revolución. Buckley perdió muchas de sus propiedades, que fueron expropiadas por el Gobierno de Obregón.
Durante la insurrección cristera, el jefe militar de la Liga, René Capistrán Garza, visitó a William F. Buckley padre en San Antonio, Texas. Buckley propuso ofrecerle a los rebeldes mexicanos 500.000 dólares para su insurrección. Buckley veía una oportunidad para recuperar sus fortunas en México financiando a los cristeros en su intento de derrocar al régimen de Calles.
Buckley no pretendía aportar el dinero él mismo; más bien le ofreció a Capistrán Garza presentarle a Nicholas Brady, quien, según Buckley, le daría al representante de la Liga los 500.000 dólares. Brady era presidente de la empresa Edison de Nueva York y de la United Electric Light and Power Company en 1926. Fue el primer laico estadounidense que recibió el título de chambelán del Papa y era un amigo íntimo cercano de Pío XI, y del secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Gasparri.
Buckley recibió el auxilio de un tal doctor Malone, un católico muy conocido, quien era el médico de cabecera del gobernador de Nueva York, Alfred E. Smith.
Supuestamente, Capistrán Garza nunca llegó a ver a Brady porque el obispo Pascual Díaz intercedió con Buckley para desalentarlo de financiar a los cristeros. Monseñor Díaz supuestamente le dijo a Buckley que la jerarquía católica quería un gobierno de coalición encabezado por liberales. Anne Carroll, en su libro Christ and the Americas, recalca que Buckley decidió no financiar a los cristeros. Ella y su esposo, Warren Carroll, eran íntimos del cuñado de William F. Buckley hijo, L. Brent Bozell, casado con Patricia Buckley.
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William F. Buckley hijo
Lo importante no es si Buckley personalmente financió al movimiento cristero. El hecho es que Buckley alentó e incitó al movimiento cristero con la promesa de financiarlo. Además, tampoco hay ninguna prueba de que no haya arreglado el financiamiento de algún otro modo.
Por ejemplo, en 1926, los Caballeros de Colón de los EU aprobaron una resolución en la que dicen que "tasaremos a nuestros miembros hasta por un millón de dólares", y "ofrecemos el respaldo y cooperación de 800.000 hombres que aman a Dios".
Un despacho del Departamento de Justicia desde San Antonio, Texas, el 19 de agosto de 1926, decía que había dos Caballeros de Colón estadounidenses vinculados con un grupo de clérigos y laicos mexicanos que apoyaban el plan de Félix Díaz para derrocar a Calles. Los "caballeros, la Iglesia católica e intereses adinerados" le adelantarán a Díaz 5 millones de dólares, siempre y cuando "restaure la Iglesia y conceda ciertas concesiones a las compañías petroleras que tienen negocios en México".
Otro indicio del respaldo extranjero a los cristeros es el informe del señor Montavón, un mexicano que había estado asociado con intereses petroleros en los EU y fue asesor jurídico de la Conferencia Católica Nacional de Bienestar de los EU (NCWC, en inglés), en el sentido de que los intereses petroleros de British Pearson o Cowdray en México habían incitado a "elementos católicos militantes". Según él, intereses petroleros le habían ofrecido entre 25 y 50 millones de dólares si los católicos mexicanos aportaban 2 millones de hombres. Aunque la oferta fue rechazada, el informe da un indicio de cómo se usó a la insurrección cristera.
Lo que le complicó las cosas a Buckley y a otros intereses petroleros fue el hecho de que en febrero de 1924 los EU prohibieran la venta de armas a todos los grupos mexicanos, excepto al Gobierno de Obregón. En el otoño de 1926, el presidente estadounidense Calvin Coolidge declaró la prohibición para todos los grupos mexicanos, ya que Calles estaba abasteciendo de armas a Juan Bautista Sacasa en Nicaragua, que se oponía a la facción que apoyaban los EU. El 8 de marzo de 1929, el presidente Herbert Hoover anunció la continuación de la política del Gobierno anterior, es decir, abastecer de armas únicamente al Gobierno reconocido de Emilio Portes Gil. El 18 de julio de 1929, a menos de un mes de que se llegara a un modus vivendi entre la Iglesia y el régimen de Portes Gil, los EU suspendieron la prohibición.
No obstante que Buckley y otros claramente compartían la ideología sinarquista de los cristeros, los utilizaron como carne de cañón para presionar al Gobierno mexicano a que le hiciera concesiones a los intereses petroleros extranjeros en México, y en cuanto al pago de la deuda externa.
Como puede verse de la actuación de Buckley y Lamont, la insurrección cristera estuvo relacionada directamente con la cuestión de las inversiones extranjeras en el petróleo mexicano, y con la cuestión de la deuda mexicana a la banca internacional, representada por Lamont de J.P. Morgan.
El artículo 27 de la Constitución de 1917 señala que "corresponde a la nación el dominio directo" del petróleo y todos los recursos naturales. Asimismo, fija las restricciones a la adquisición de propiedades a los extranjeros y confiere a la nación las posesiones de "las instituciones religiosas denominadas iglesias". De ese modo, la Constitución emanada de la Revolución Mexicana se proponía establecer la soberanía de México sobre sus recursos naturales, y en particular sus recursos petroleros, y al mismo tiempo, sobre los recursos materiales de la Iglesia.
El Gobierno de los EU no reconoció al presidente Álvaro Obregón sino hasta 1923, tres años después de que asumió el poder. El reconocimiento vino después de que se llegó a un acuerdo con los EU sobre la cuestión petrolera. Con el acuerdo de Bucareli, el Gobierno mexicano aceptaba que las concesiones petroleras otorgadas a los inversionistas extranjeros entre 1876 y 1917, como las de William F. Buckley padre, por ejemplo, se mantendrían a perpetuidad. A pesar de que Obregón había expulsado a Buckley de México en 1921, luego del acuerdo de Bucareli su sucesor, Plutarco Elías Calles, lo invitó a regresar en 1924.
Sin embargo, antes de empezr la guerra cristera, el principio asentado en el artículo 27 de la Constitución —que la propiedad del petróleo corresponde a la nación directamente— se plasmó en la nueva ley petrolera del 26 de diciembre de 1925, que entraría en vigencia a partir del 1 de enero de 1927, y que establecía que el petróleo era propiedad inalienable de la nación.
A los propietarios de terrenos petroleros que hubiesen incluso iniciado la explotación antes de mayo de 1917, o hubiesen realizado alguna "acción positiva" indicando su intención de explotar el petróleo, se les exigía solicitar la concesión para tener derecho a explotarlo por 50 años, y no a perpetuidad. Se les daba un plazo de 12 meses para solicitar la nueva concesión, y de no hacerlo, el derecho original a perpetuidad se consideraría nulo. Otra disposición exigía que en el contrato se incluyese la llamada Cláusula Calvo, por la cual los extranjeros que tuviesen propiedades en México se sometían a la jurisdicción legal mexicana y no podrían reclamar la protección diplomática de sus Gobiernos.
A la ley petrolera de diciembre de 1925 se le incorporaron una serie de regulaciones el 8 de abril de 1926, que le daban amplios poderes de acción e interpretación a la Secretaría de Industria y Comercio. Sólo unas cuantas empresas petroleras extranjeras cumplieron con el plazo de 12 meses, con el resultado de que para el 2 de enero de 1927, las concesiones de varias compañías estadounidenses quedaron anuladas.
Hasta Jean Meyer reconoció que "Calles resentía, como si fuera prueba de traición, la coincidencia cronológica entre el conflicto religioso y las dificultades con los EU que surgieron en enero de 1926. Para el Gobierno, la colusión entre la Iglesia y los extranjeros, es decir los EU y las compañías petroleras, era tan patentemente obvia que no tenía sentido buscarla. El petróleo lo explicaba todo".
No cabe duda de que el nexo era esencial y que la insurrección cristera, con su énfasis en la oposición al socialismo y la defensa de la propiedad privada, buscaba apelar al respaldo de los intereses petroleros, y al mismo tiempo, fue usada por esos intereses como ariete contra el Gobierno mexicano para forzarlo a darle marcha atrás a la ley petrolera de 1925.
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Luego de dos años de guerra sin que los cristeros, que carecían de municiones, pudiesen derrocar al Gobierno, ni que el Gobierno, seriamente dañado económicamente por la rebelión, pudiese suprimirla por completo, los EU intervinieron para presionar al Gobierno mexicano para que resolviera las cuestiones interrelacionadas del petróleo, la deuda y el conflicto religioso. En 1927, Dwight Morrow fue nombrado embajador de los EU en México. Morrow, amigo del presidente Coolidge desde la universidad, y socio de J.P. Morgan, llegó a México el 23 de octubre de 1927.
Antes de aceptar el cargo, Morrow renunció a la J.P. Morgan, y aunque su nexo con esa casa bancaria no puede soslayarse, él representaba algo más que esos intereses financieros. En 1925 había encabezado la comisión que investigó las denuncias del coronel William Mitchell (jefe de Aviación del Ejército de los EU) sobre las insuficiencias de la defensa aérea estadounidense. Además, es de notar que antes de aceptar la embajada, conoció al coronel Charles A. Lindbergh y le sugirió que volara a México. Lindbergh llegó el 14 de diciembre de 1927. Posteriormente, Lindbergh se casaría con la hija de Morrow (en 1940, mucho después de que muriera Morrow en 1931, su hija, Anne Morrow Lindbergh, escribió un libro titulado The Wave of the Future: A Confession of Faith ("La ola del futuro: Una confesión de fé") que fue reseñado favorablemente por la esposa de William F. Buckley padre).
Al mes de llegar Morrow a México, hubo un atentado fallido de bomba contra el general Obregón el 13 de noviembre. Se culpó al padre Miguel Agustín Pro, otro jesuita con el mismo perfil de Bergöend y Méndez Medina. El padre Pro entró a la Compañía de Jesús en 1911, y profesó votos dos años después. Pasó varios años en el extranjero, estudiando en California, Nicaragua, España y Bélgica, y regresó a México en 1926.
El que armó la bomba fue Luis Segura Vilchis, el jefe militar de la Liga en el Distrito Federal, posición a la que ascendió en virtud de su conducción destacada en la ACJM. Durante el atentado, fueron detenidos dos conspiradores, Juan Tirado y Nahum Lamberto Ruiz. Este último sufrió una herida en la cabeza, de la que murió más tarde. Dos escaparon, Segura Vilchis y José González. Este último, por instrucciones de Segura Vilchis, había tomado prestado el automóvil del delegado regional de la Liga en México, Humberto Pro Juárez, que se uso en el atentado. Esto llevó al arresto de Humberto Pro y de su hermano Roberto, ambos miembros de la Liga, y a la detención de su otro hermano, el padre Pro, que también trabajaba con la Liga. Roberto fue liberado, pero el padre Pro, su hermano Humberto, Segura Vilchis y Juan Tirado fueron ejecutados el 23 de noviembre de 1927.
Tras huir del lugar de los hechos, Segura Vilchis fue a la casa de Roberto Núñez, que servía de guarida del Comité Directivo de la Liga. El Comité había considerado la posibilidad de asesinar a Obregón, pero votó en contra de hacerlo. No obstante, Palomar y Vizcarra procedió por su cuenta propia con el atentado. Éste recibió a Segura Vilchis en privado, quien le dijo "tus órdenes se han cumplido", segun le relató el propio Palomar y Vizcarra antes de morir al escritor Antonio Rius Facius, en julio de 1968.
Obregón sucedería a Calles en la Presidencia de México, luego de concluir éste su mandato el 30 de noviembre de 1928.
En el marco de crisis en torno al intento fallido, Morrow procedió a negociar una resolución del conflicto petrolero con Calles. Morrow sugirió que la crisis podría resolverse legalmente de determinarse que las disposiciones del artículo 27 y las regulaciones de la ley petrolera violaban otro aspecto de la Constitución, a saber, el artículo 14, el cual señala de entrada: "A ninguna ley se dará efecto retroactivo en perjuicio de persona alguna". El 17 de noviembre de 1927 la Suprema Corte de Justicia, a instancias de Calles, dictaminó que los artículos 14 y 15 de la ley petrolera eran inconstitucionales. El 26 de diciembre de 1927 Calles envió una solicitud al Congreso para que enmendase esos artículos en conformidad. La enmienda se aprobó el 28 de diciembre, y Calles la firmó el 3 de enero de 1928. El 11 de enero la ley entro en vigencia, y las compañías petroleras estadounidenses aceptaron el nuevo proyecto de regulaciones.
De ese modo, en 1923 y en 1927, el Gobierno mexicano, por presión de los EU, y la ofensiva de los sinarquistas en la Iglesia mexicana, dio marcha atrás a las disposiciones de la Constitución de 1917 que afirmaban el dominio de la nación sobre el petróleo, y le dio concesiones a los intereses petroleros estadounidenses y extranjeros en general.[3]
Resuelta la cuestión petrolera, Morrow procedió a abordar el problema de la insurrección cristera. El 4 de abril de 1928, Morrow concertó una reunión (en la que él estuvo presente) entre Calles y el padre John J. Burke, secretario general de la Conferencia Católica Nacional de Bienestar de los EU, en la fortaleza de San Juan de Ulúa en Veracruz. Se avanzó algo, y los obispos mexicanos se reunieron en San Antonio, Texas, donde exigieron que Calles recibiera a monseñor Leopoldo Ruiz y Flores para confirmar las promesas que le hizo Calles al padre Burke. La reunión se realizó el 17 de mayo de 1928. Posteriormente, Ruiz viajó a Roma para obtener la aprobación del Vaticano. Pero de paso en París, Ruiz dio unas declaraciones a la prensa cuyo resultado fue el estancamiento de un arreglo.
Hubo otro traspiés el 17 de julio de 1928, cuando el general Obregón, que había resultado elegido Presidente el 1 de julio, fue asesinado por José de León Toral pocas horas antes de sostener una reunión que tenía programada con Morrow. Toral conocía a Segura Vilchis y había sido amigo de Humberto Pro; de hecho, remplazó a Humberto Pro, luego del arresto y ejecución de éste, como agente de la Liga en la colonia de Santa María de la Ribera de Ciudad de México. Su abogado defensor fue Demetrio Sodi, cuya hija, María Elena Sodi de Pallares, escribió un libro sobre el caso.
Lo irónico es que en su primer Gobierno, Obregón había llegado a un acuerdo con los EU en 1923, en torno a la cuestión petrolera y había sido más conciliador hacia la Iglesia católica que Calles. De allí que su asesinato fue un intento de sabotear la resolución de la guerra religiosa iniciada bajo Calles. Ciertamente la sinarquista Liga, que dirigía a los cristeros, veía en Obregón a alguien que favorecería un modus vivendi con la Iglesia, lo cual iba en contra de su plan de acción ultramontano. Por otra parte, en lo inmediato seguidores de Obregón tenderían a sospechar que el propio Calles habría estado tras el asesinato de Obregón. La presión de los seguidores de Obregón forzó la destitución del jefe de la policía, Roberto Cruz, quien hubiera dirigido la investigación, y quien no tenía buenas relaciones con Obregón. El presidente de la CROM Luis Morones también fue obligado a renunciar de su cargo de secretario de Industria, por el mismo motivo.
A la postre, Toral fue declarado culpable y ejecutado, y la Madre Conchita fue condenada a 20 años de prisión por su complicidad en el asesinato.
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Cabe señalar que antes y durante la insurrección cristera, la política del Vaticano era de conciliación. No fue una guerra que tuviese la aprobación del Papa; todo lo contrario.
Hasta Jean Meyer reconoce que Roma hizo todos los esfuerzos posibles para evitar los suceso de 1926, y en 1929 impuso la paz, sin consultar con la Liga. Roma nunca dio su aprobación a la insurrección y prohibió a los sacerdotes que tomasen parte en ella. En el período anterior a 1926, Roma le daba más crédito al Gobierno mexicano que a los obispos mexicanos. Roma le llamó la atención a los obispos indisciplinados, y condenó su "comportamiento incorrecto" tanto en 1923 como en 1924, con relación al monumento a Cristo Rey y al Congreso Eucarístico.
Roma nunca rompió el silencio, excepto para negar que se hubiese dado la bendición a los combatientes. Más aún, el Papa había disuelto el comité de obispos mexicanos en Roma, y declaró que tanto los obispos como los sacerdotes se debían de abstener de darle asisencia moral o material a los rebeldes. La actitud del Vaticano, de sólo esperar ante los acontecimientos, pasó a ser oposición al levantamiento armado en el verano de 1926, porque entorpecía las negociaciones que se llevaban a cabo primero con Obregón y después con Calles. El nuncio apostólico, Fumasoni Bondi, quería incluso que los obispos condenasen a la Liga y a los cristeros públicamente.
Hasta en las filas de los obispos mexicanos había división. El 1 de noviembre de 1926, el Comité Episcopal declaró que el episcopado nunca había dicho que en México existía un caso de legítima defensa armada por haberse agotado los métodos pacíficos de lucha contra la tiranía. Doce de los 38 obispos rechazaron que tuviesen derecho a rebelarse, mientras que tres los felicitaron. Dos de estos tres, tras la reprimenda de Roma, obedecieron las órdenes del nuncio y dejaron de apoyar al movimiento. El otro no quiso ceder y fue depuesto de su diócesis.
El arreglo, que era posible antes del asesinato de Obregón, se retrasó como resultado de éste. En febrero de 1929, los cristeros lograron finalmente hacer una alianza para derrocar al sucesor de Calles, Emilio Portes Gil, como la que habían intentado sin éxito con el general Estrada; ahora se trataba de José Gonzalo Escobar y sus "renovadores". El trato consistía en que los cristeros respaldarían a Escobar, si este ofrecía garantías para la libertad religiosa. La revuelta se inició el 3 de marzo de ese año, pero la derrotó Calles, quien regresó de su retiro para dirigir el Ejército mexicano.
Para mayo de 1929, tras derrotar la revuelta, Portes Gil manifestó su disposición de hacer concesiones para ponerle fin al conflicto. El 19 de junio se llegó a un acuerdo, que fue aprobado por el Vaticano el 21 de junio de 1929.
Un indicio de que hay quienes dentro de la Iglesia católica mexicana hoy día han aprendido las lecciones de la insurrección cristera, se mostró en la homilía que dio el a cardenal Norberto Rivera, arzobispo de México, el 18 de junio de 2003, en honor del santo patrón de los políticos, santo Tomás Moro. El cardenal hizo un llamado a los líderes políticos mexicanos y a quienes desempeñan puestos públicos, para "promover y consolidar una gran reconciliación. . . que lleve a un gran acuerdo nacional, donde el bien de México esté por encima de los partidos y de los intereses personales o de grupo".
De acuerdo con el sitio de Internet www.Zenit.org, vinculado a la Iglesia, "Al terminar su homilía, el Cardenal dijo que un objetivo de esa reconcialiación eran las tres grandes corrientes que se juntan en México: la indígena, la liberal, y la católica".