EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
| 15-11-2007 |
| Traducido por Sinfo Fernández, S. Seguí y Manuel Talens. Revisado por Caty R. |
Las justificaciones del ataque de Estados Unidos a Iraq van desde los pretextos político-militares hasta los análisis en torno a intereses geopolíticos y económicos.
La explicación oficial original se basó en el supuesto, cuya falsedad se ha demostrado sin lugar a dudas, de que Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva químicas, biológicas y otras, que representaban una amenaza para Estados Unidos, Israel y Oriente Próximo. Tras la ocupación militar estadounidense no se pudo encontrar ninguna de dichas armas, por lo que Washington justificó la invasión y la ocupación con la expulsión de un dictador y la creación de una democracia próspera en el mundo árabe. La imposición de un gobierno títere de tipo colonial, apuntalado por una fuerza de ocupación imperial de más de 200.000 soldados y una serie de batallones de la muerte irregulares que han causado la muerte de cerca de un millón de civiles iraquíes, han expulsado a más de cuatro millones al exilio y han empobrecido al 95% de la población, demuestra la falsedad de esta argumentación. El último modelo de justificación gira en torno al concepto de que la ocupación estadounidense es necesaria para «impedir una guerra civil». La mayoría de los iraquíes y los expertos militares consideran que la presencia del ejército colonial de ocupación es la causa del violento conflicto, especialmente los devastadores ataques de los militares estadounidenses a los civiles, la financiación de líderes tribales rivales y mercenarios kurdos y la contratación de policías militares locales para reprimir a la población. Dado que la mayor parte de los estadounidenses –por no hablar del resto de la población mundial— no se dejan convencer por estos pretextos engañosos, el gobierno de Washington justifica la persistencia de la guerra y la ocupación por la necesidad de una victoria militar colonial que le permita mantener su estatus mundial y regional de superpotencia y garantizar así a sus regímenes satélites de Oriente Próximo que Washington es capaz de defender a sus camarillas gobernantes y a su aliado hegemónico, Israel. La Casa Blanca de George Bush y los líderes pro israelíes del Congreso aseguran que una victoria en Iraq potenciará una imagen de Washington como un exitoso gobierno antiterrorista –anti insurgente— global. Estas justificaciones, a posteriori, han perdido su verosimilitud a medida que la guerra continúa y la resistencia crece en Iraq, Afganistán, Palestina, Líbano, Somalia, Tailandia, Filipinas, Pakistán, etcétera. Cuanto más dure la guerra, mayores serán el coste económico y la desmoralización y agotamiento del personal militar y se hará más difícil la tarea de mantener la capacidad de intervención defensora del imperio.
Si las justificaciones oficiales, políticas y militares de las guerras coloniales estadounidenses en Iraq y Afganistán suenan huecas y poco convincentes, ¿qué decir de las otras justificaciones de la guerra que manejan en primer lugar, aunque no sólo, los críticos del gobierno de Bush?
El principal elemento que proponen los deterministas económicos de la guerra lo constituye el petróleo y lo que denominan la «guerra por el petróleo» (1). En torno a este punto se presentan algunas variantes: la primera y más popular es la de que las grandes corporaciones estadounidenses del petróleo estaban detrás de la guerra y que George Bush y Dick Cheney recibieron presiones de «las Grandes del Petróleo» –Big Oil (2)– para que lanzaran el ataque con el fin de que las empresas estadounidenses pudieran apoderarse de los campos petrolíferos iraquíes de propiedad estatal y sus refinerías. Una segunda variante afirma que la Casa Blanca no sufrió las presiones de las Grandes del Petróleo, sino que actuó en beneficio de éstas por un acto reflejo. Según esta idea se explicaría la llamativa ausencia de los portavoces de las transnacionales petroleras de los medios de comunicación y del Congreso en los prolegómenos de la guerra.
Una tercera versión sostiene que Estados Unidos fue a la guerra para hacerse con el petróleo necesario para su seguridad nacional, amenazada por Sadam Hussein. Esta explicación cita el peligro de que éste cerrase el estrecho de Ormuz, invadiese los estados del Golfo, provocase revueltas en Arabia Saudí, o redujese el flujo de petróleo de Oriente Próximo hacia EEUU y sus aliados. En otras palabras, la geopolítica de Oriente Próximo establecía que un gobierno no satélite constituía una amenaza para el acceso de Estados Unidos, Europa y Japón al petróleo. Aparentemente éste es el último argumento que sostiene Alan Greenspan, quien antes defendió la tesis propagandística de las armas de destrucción masiva.
Los principales defensores de la teoría de la guerra por el petróleo fracasan a la hora de aportar el soporte empírico de su teoría: en efecto, las transnacionales del petróleo no dieron un apoyo activo a la guerra ni mediante la propaganda, ni presionando en el Congreso ni por ningún otro vehículo político. En segundo lugar, los que proponen la teoría de la guerra por el petróleo no consiguen explicar las tentativas de las principales empresas petroleras de establecer vínculos económicos con Iraq antes de la invasión, así como tampoco explican que dichas empresas estaban, de hecho, operando clandestinamente por medio de terceros en la comercialización del crudo iraquí. En tercer lugar, todas las grandes empresas petroleras que operan en Oriente Próximo tenían como preocupación principal la estabilidad política, la liberalización de las políticas económicas de la región y la apertura de los servicios petroleros a los inversores extranjeros. La estrategia de las Grandes del Petróleo consistía en hacer progresar sus intereses globales dentro del proceso efectivo de liberalización en Oriente Próximo y en conquistar nuevos mercados y recursos petroleros por medio de su formidable fuerza de mercado, que consiste en inversiones y tecnología.
El estallido de la invasión estadounidense de Iraq se contempló con profundas reservas y preocupación, en la medida en que una acción militar así podía desestabilizar la región, fomentar la hostilidad hacia sus intereses en todo el Golfo Pérsico y frenar el proceso de liberalización. Ni uno solo de los altos ejecutivos de la industria del petróleo consideró en su momento que la invasión estadounidense fuese una medida positiva para la seguridad nacional. Todos ellos comprendían que Sadam Hussein, después de diez años de sanciones económicas y militares y frecuentes bombardeos de sus instalaciones militares e infraestructuras durante la presidencia de Bill Clinton, no estaba en situación de lanzar agresiones contra empresas petroleras o estados del Golfo Pérsico. Además las empresas petroleras tenían unas perspectivas reales y efectivas de firmar lucrativos contratos de comercialización y servicios petroleros con el gobierno de Sadam Hussein poco antes de la guerra. Fue el gobierno de Estados Unidos, presionado por la Zionist Power Configuration (Configuración del Poder Sionista - ZPC) (3) quien impulsó la legislación que bloqueó, por medio de sanciones, los intentos de las Grandes del Petróleo de conseguir dichos acuerdos económicos con Iraq.
El argumento de que las grandes corporaciones petroleras promovieron la guerra en beneficio propio no se sostiene en bases empíricas. Como corolario de todo ello, estas grandes corporaciones no se han podido beneficiar de la ocupación estadounidense debido a la intensificación del conflicto, los continuos sabotajes, la previsible resistencia de los trabajadores iraquíes del petróleo a la privatización, la inseguridad e inestabilidad generales y la hostilidad del pueblo iraquí.
La izquierda estadounidense agarró al vuelo la declaración de Alan Greenspan de que la guerra de Iraq tenía que ver con el petróleo como una especie de confirmación, pero sin ningún tipo de pruebas. No obstante los hechos de cada día, desde el comienzo de la guerra hace ya cinco años, demuestran que las Grandes del Petróleo no sólo no promocionaron la invasión, sino que no han llegado a poner en seguridad ni uno solo de los campos petrolíferos a pesar de la presencia de 160.000 soldados estadounidenses, 30.000 mercenarios pagados por el Pentágono y el Departamento de Estado y un gobierno satélite corrupto. El 19 de septiembre de 2007 el Financial Times de Londres publicó un artículo sobre la llamativa ausencia de las Grandes del Petróleo en Iraq (4). Según ese artículo sólo un puñado de pequeñas empresas mantiene contratos en Iraq septentrional (Kurdistán), que dispone del 3% de las reservas de todo Iraq. Asimismo, afirma que Big Oil no inició la guerra de Iraq ni se ha beneficiado de ella. La razón por la que no apoyó la guerra sería la misma por la que no ha invertido tras la ocupación: «El nivel de violencia sigue siendo inaceptablemente alto (...) y las perspectivas de acuerdo parecen disiparse a medida que crece la tensión entre las partes». La peor pesadilla de estas Grandes del Petróleo –una guerra inducida por los sionistas— se ha visto confirmada. Mientras que las negociaciones de las Grandes y los acuerdos con terceros en el Iraq anterior a la guerra proporcionaban un flujo estable y consistente de crudo e ingresos, la guerra no sólo ha reducido a cero dichos ingresos, sino que además ha eliminado cualquier opción para el próximo decenio.
Pese a la guerra, la liberalización en el resto de la región ha proseguido y los intereses petroleros y financieros estadounidenses han progresado a pesar de los nuevos obstáculos y la creciente hostilidad derivados de la masacre de musulmanes propiciada por EEUU.
En lo tocante a la definición de la política de guerra en Oriente Próximo ni Big Oil, ni los multimillonarios texanos, ni siquiera los grandes contribuyentes a las campañas políticas de la familia Bush han llegado a inquietar a la ZPC. Les faltó el poder, interno y externo; la disciplinada organización de base de las organizaciones judías a la hora de derrotar la propaganda belicista sionista y su influencia en el Congreso; su posición en las instancias ejecutivas estratégicas y su ejército de escribas académicos de Harvard, Yale y Johns Hopkins, que han llenado de propaganda belicista los medios de comunicación estadounidenses. .
Lo más llamativo de los documentos programáticos y los artículos de opinión del Daily Alert (5) es el riguroso alineamiento con las posturas belicistas oficiales de Israel. Tanto si se trata de la matanza de niños en Yenin, el bombardeo de centros urbanos de Líbano o el bombardeo artillero de una familia árabe cuando celebraba una merienda en la playa de Gaza, el Daily Alert siempre se hace eco de la versión oficial israelí y sus clamorosas mentiras sobre escudos humanos, accidentes, pistoleros escondidos entre los niños o atrocidades autoinfligidas. Nunca, en todo el periodo analizado, aparece un solo artículo crítico que cuestione el desplazamiento masivo por parte de Israel de cientos de miles de palestinos. No hay crimen contra la humanidad suficientemente atroz a los ojos de los presidentes de las organizaciones judías estadounidenses que merezca su rechazo. Es una obediencia sumisa a la política oficial israelí, que indica que la ZPC es algo más que un simple lobby, como afirman sus propios apologistas de izquierda, incluyendo a Stephen Walt y John Mearsheimer. Es una estructura mucho más siniestra, en tanto que correa de transmisión de políticas e intereses de una potencia colonial ciegamente dispuesta a dominar Oriente Próximo y que además es la amenaza más seria para nuestras libertades democráticas: ninguna persona que se atreva a criticarla puede escapar del largo brazo de los autoritarios pro israelíes. Los libreros tienen que hacer frente a piquetes, los jefes de redacción reciben intimidaciones, amenaza a las prensas y los distribuidores universitarios, los rectores de las universidades son objeto de chantajes, los candidatos locales y nacionales son víctimas de injurias y difamaciones, se cancelan actos y se presiona a los responsables de los locales que los acogen, a los académicos se les niega la promoción o se les despide, se hacen listas negras de empresas, los fondos de pensiones sindicales sufren ataques hostiles, se anulan representaciones teatrales y conciertos, etcétera. La lista de actos de represión que realizan estas organizaciones sionistas autoritarias a escala nacional y local es más larga y genera miedo en algunos, enfado en muchos más y un violento resentimiento y una concienciación creciente en la mayoría silenciosa.
La segunda versión geopolítica de la guerra por el petróleo se centra en aspectos relativos a la seguridad nacional. Tras la primera Guerra del Golfo en 1991 y después de once años de sanciones económicas y desarme militar, Iraq era un país empobrecido y débil, parcialmente desmembrado por la existencia de un enclave kurdo en el norte que gozaba del apoyo de EEUU, y víctima de constantes bombardeos estadounidenses a cargo de aviones que sobrevolaban el país. Iraq sufrió varios bombardeos graves durante los años del gobierno de Bill Clinton y más de un millón de sus ciudadanos, entre ellos unos 500.000 niños, murieron prematuramente de enfermedades relacionadas con el bloqueo de la entrada de alimentos y asistencia médica básica impuesto por Estados Unidos, y la imposibilidad de reparar los sistemas de tratamiento de agua destruidos.
Antes de la invasión de 2003 Iraq no podía ni siquiera mantener el control de sus costas, su espacio aéreo y un tercio de su territorio. Como se demostró en la invasión estadounidense, el ejército de Sadam Hussein no disponía ni de la más básica capacidad de defensa para una guerra convencional ni de ningún avión de combate que pudiese suponer una amenaza para los estados satélite de EEUU en su vecindad o para el estrecho de Ormuz. La fuerte resistencia a las tropas estadounidenses vino después en forma de fuerzas irregulares que adoptaron tácticas de guerrilla al margen de cualquier unidad organizada creada por el régimen baazista. En otras palabras, por mucho que estiremos el concepto de «seguridad nacional» hasta incluir las bases militares estadounidenses, las instalaciones petroleras, los gobiernos satélites y las vías marítimas de Oriente Próximo, Sadam Hussein no constituía, claramente, ninguna amenaza. Si, no obstante, el concepto de seguridad nacional se define de nuevo como el medio para conseguir la eliminación física de cualquier oponente potencial a la dominación de EEUU e Israel en la región, entonces Sadam Hussein podría considerarse una amenaza a la seguridad nacional. Pero entonces el debate sobre la explicación de la guerra de EEUU contra Iraq se sitúa en otro terreno, el del debate sobre las fuerzas políticas que manipularon el asunto de las armas de destrucción masiva y la propaganda de la guerra por el petróleo con el fin de justificar una guerra por la hegemonía de Estados Unidos e Israel en Oriente Próximo. Incluso es más importante hoy día aclarar la responsabilidad de la invasión y ocupación de Iraq ante el aluvión propagandístico que nos está empujando a una guerra contra Irán.
Del engaño de la guerra contra Iraq a la propaganda de la guerra contra Irán
La ZPC despliega su propaganda belicista para que se ataque a Irán e induce al Congreso demócrata y a los candidatos a la presidencia, así como a la Casa Blanca republicana, a «poner sobre la mesa la opción militar». En paralelo a esta propaganda abierta a favor de la guerra, algunos progresistas críticos de la guerra contra Iraq han publicado artículos en los que defienden que Israel «realmente se oponía a la guerra de Iraq». Articulistas tan diversos como Gareth Porter; el ex analista de la CIA Ray McGovern; el coronel Wilkerson, ayudante de Colin Powell y el ziocon –conservador ultrasionista- Michael Ledeen, entre otros, aseguran que Israel se opuso a la guerra porque deseaba que EEUU atacase Irán. Otros afirman ahora que Israel había prevenido a EEUU de que la invasión de Iraq tendría graves consecuencias para Oriente Próximo, desequilibrando la balanza a favor de Irán. Los que exculpan a Israel señalan a otros culpables: Bush-Cheney-Rumsfeld o los neocons estadounidenses (más conocidos como ziocons ) que, insisten, han actuado sin tener en cuenta a Israel o al margen de las prioridades de este país en la región.
Hay otra opinión alternativa que afirma que Israel promovió el ataque de EEUU a Iraq y utilizó todos sus medios, a través de sus seguidores pro israelíes, para diseñar, promover y planificar la guerra. Este punto de vista alternativo mantiene que en ningún momento actuaron los ziocons en contra de los intereses estatales israelíes. De hecho, altos funcionarios israelíes trabajaron día a día en colaboración con sus agentes en el Gobierno de Washington, en particular en la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, a fin de proporcionar desinformación que justificase el ataque militar. Si, como vamos a mostrar aquí, Israel utilizó todos sus medios para que Estados Unidos atacase a Iraq y se halla detrás de la actual campaña de desinformación destinada a provocar una guerra de EEUU contra Irán, entonces las fuerzas que se oponen a la guerra y la opinión pública estadounidense tienen que hacer frente abiertamente al «factor israelí».
Intentaremos establecer que la exoneración de Israel es principalmente un intento de desviar la hostilidad pública estadounidense del grupo Israel First –Primero, Israel—, que nos metió en esta sangrienta y costosa guerra sin fin. La exoneración de la responsabilidad israelí en la invasión de Iraq permite al estado judío y a sus agentes en Estados Unidos quedar libres de culpa por la degradación de las fuerzas estadounidenses en Iraq, a la vez que les da carta blanca moral para lanzar un nuevo y sangriento ataque contra Irán. En vez de mostrar cómo Israel nos inocula una doble dosis de su incurable enfermedad colonial, la exoneración permite a este país y sus agentes seguir el mismo patrón de manipulación y duplicidad utilizado para la invasión de Iraq y llevarnos a la guerra contra Irán. La Casa Blanca y el Congreso demócrata, haciéndose eco de las afirmaciones israelíes, utilizan amenazas desproporcionadas de ataque nuclear, satanizan a los líderes de Irán, financian la guerra de baja intensidad mediante la creación y subvención de violentos grupos satélites formados por exilados iraníes y esgrimen sanciones económicas y maniobras diplomáticas «fallidas», todo con el fin de conducirnos a una nueva guerra. Aprovechando la exoneración que le ofrecen los liberales de orientación sionista por la invasión de Iraq, la ZPC, a través de portavoces tan leales como el senador Joseph Lieberman, culpan a los iraníes de la muerte de soldados estadounidenses en Iraq. Así pues, según esta argumentación, no son los funcionarios sionistas favorables a la guerra dentro de nuestro gobierno y fuera de él los que envían a los jóvenes soldados estadounidenses a la muerte en Iraq, a petición del estado israelí, ni es a ellos a quienes el público de Estados Unidos debería dirigir su furia, sino más bien a los iraníes, a los que acusan de armar y entrenar a los combatientes de la resistencia iraquí. Al dejar a Israel fuera del debate y meter a Irán en el mismo, se fomentan los intereses de Israel a la vez que se incita a los estadounidenses a una nueva aventura militar contra un país como Irán, mucho mayor y mejor armado.
Los que exoneran a Israel no tienen antecedentes políticos u objetivos homogéneos. Algunos progresistas, temerosos de atraer sobre sí las iras de los poderosos sionistas, pretenden encubrir a los operadores del lobby israelí en Estados Unidos, como modo de conseguir la simpatía de los congresistas demócratas pro israelíes y el apoyo financiero de progresistas judíos ricos opuestos a la guerra de Iraq. El presidente del Partido Demócrata Howard Dean, siguiendo el nuevo guión israelí, declaró durante una visita a Tel Aviv en 2006 que Estados Unidos había invadido el país equivocado.
El precio de la estrategia de exoneración de Israel supone hacer la vista gorda sobre el poderoso papel que el lobby israelí está desarrollando para meternos en una nueva guerra contra Irán, como parte de una secuencia de invasiones promovida por los estrategas israelíes. Estas arteras estratagemas están teniendo resultados nefastos. La aceptación de los prejuicios de los liberales pro israelíes del Partido Demócrata ha conducido a la actual ausencia de cualquier tipo de movimiento significativo contra la guerra, contra la propaganda sionista y contra la propaganda belicista anti Irán.
No cabe duda de que algunos sionistas progresistas contrarios a la guerra están intentando distanciarse de los responsables ziocon-israelíes y de las políticas que promovieron la invasión de Iraq. Pero esto no significa ninguna oposición a otra nueva y más peligrosa aventura militar. Al contrario, los sionistas progresistas critican la desacreditada política de Bush-Cheney en Iraq en favor de una política nueva y más agresiva contra Irán. Al exonerar a Israel y sus correas de transmisión de las organizaciones judías y fundamentalistas cristianas a escala local y nacional, los liberales no han conseguido aliados en favor de la paz. En cambio, han dado nueva vida a la poderosa influencia de Israel y su aparato dentro de EEUU, que cada vez era más rechazada por la opinión pública estadounidense y por algunos elementos del establishment militar estadounidense. Al descargar la culpa de la debacle de Iraq exclusivamente sobre las espaldas de Bush, Cheney y sus aliados de las Grandes del Petróleo y dejar de lado el papel de Israel, la ZPC y sus acólitos demócratas del Congreso, los exoneradores liberales están abriendo el camino para un nuevo ciclo de guerra en Oriente Próximo. Si queremos prevenir un futuro ataque estadounidense contra Irán, orquestado por sionistas e israelíes, debemos tener perfectamente claro quién maniobró para llevar a Estados Unidos a atacar Iraq.