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EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net

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La letra con semen entra

La letra con semen entra

Recopilamos una decena de obras literarias brillantes y erógenas, capaces de animar neuronas y entrepiernas por igual

Luis Landeira , Madrid | 12/08/2008 - hace 19 horas | comentarios | +12 -1 (13 votos)

La narrativa erótica es la oveja negra de la familia literaria, un género por siempre maldito: antes por prohibido y oculto, a menudo escrito en la oscuridad de celdas o cuartuchos, publicado furtivamente (muchas veces bajo seudónimo o sin firma) con miedo a los censores y al qué dirán y leído con una sola mano en váteres malolientes y catres chirriantes; y ahora por la saturación de pornografía en forma de cómic, foto o video y también por cobardía de los escritores, que temen ser encasillados por la crítica bienpensante en el siempre infravalorado apartado “erótico”.

Además, ¿quién necesita libros guarros en estos tiempos en los que Internet es un gran océano de porno? Tal vez, sólo cuatro locos que siguen pensando que mil palabras calientan más que una imagen. Para ese puñado de dementes, que ahora, en vacaciones, tendrán más tiempo y ganas de leer, hemos elaborado esta lista con diez novelas eróticas clásicas y de reconocida calidad escritas en muy distintas épocas y lugares porque, como bien dijo el gran Luis García Berlanga, padrino de la valiosísima colección La Sonrisa Vertical, "el escribir sobre lo biológicamente apetecible es algo inmanente a todos los tiempos, a todas la geografías, a todos los hombres". Sólo una advertencia: si se llevan cualquiera de estos libros a la playa, tengan cuidado: al levantarse de la toalla, su bañador podría aparecer teñido con un lamparón que delate la naturaleza de sus lecturas. 

Autobiografía de una pulga (Anónimo, 1881): en este delicioso y excitante novelón victoriano, se cuenta la historia de una pulga que vive en el muslo de Bella, una hermosa joven que, descubierta por un cura en sus juegos amorosos con su amiguito, se ve obligada a entregarse a las perversiones del sacerdote y, más tarde, ya convertida en un volcán de lascivia, también de su propio tío. La pulguita nos cuenta todo lo que ve: una sucesión de obscenidades en cadena, descritas con todo lujo de detalles, que convierten en un pelele onanista hasta al lector más curtido:

“El largo pene engruesó y se enardeció todavía más. También la bola que lo remataba se hinchó, y todo el tremendo aparato parecía que iba a estallar de lujuria. La joven Bella susurraba frases incoherentes, de las que sólo se entendía la palabra joder. Ambrosio, también completamente enardecido, y sintiendo su enorme yerga atrapada en las juveniles carnes de la muchacha, no pudo aguantar más, y agarrando las nalgas de Bella con ambas manos, empujó hacia el interior toda la tremenda longitud de su miembro y descargó, arrojando los espesos chorros de su fluido, uno tras otro, muy adentro de su compañera de juego. Un bramido como de bestia salvaje escapó de su pecho a medida que arrojaba su cálida leche.

—¡Oh, ya viene! ¡Me está inundando! ¡La siento! ¡Ah, qué delicia!

Mientras tanto el carajo del sacerdote, bien hundido en el cuerpo de Bella, seguía emitiendo por su henchida cabeza el semen perlino que inundaba la juvenil matriz de ella”.

Sexus (Henry Miller, 1949): en El cabo del miedo, un perverso Robert de Niro pervierte a una virginal Juliette Lewis de 16 primaveras invitándola a leer esta magistral novela de Miller, primera parte de su trilogía autobiográfica La crucifixión rosada que, además de poseer una prosa tan sucia como intachable, un humor ultralúcido y unos tremendos mazazos a la sociedad contemporánea, contiene algunas de las escenas eróticas más explícitas de la historia de la literatura, describiendo los siete fértiles años de salvajes relaciones sexuales del protagonista con una libidinosa bailarina. Veamos un fragmento:

“Me cogió por la nuca y me metió la cabeza a la fuerza en su entrepierna. “Voy a conducir despacio como has dicho”, susurró, “quiero que me la chupes. Después de eso, estaré listo para echarte un polvo como Dios manda”. Era tan enorme, que creí que iba a asfixiarme. Sentí ganas de morderlo. De verdad, Val, nunca había visto una cosa igual. Me obligó a hacerle de todo. “Ya sabes lo que quiero”, dijo, “Usa la lengua. No es la primera vez que te metes una picha en la boca”. Al final, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo, a meterla y sacarla. Me tuvo todo el tiempo cogida de la nuca. Estaba a punto de volverme loca. Entonces se corrió... ¡pufff! ¡Qué asco! Creí que no acabaría nunca de correrse. Aparté la cabeza rápidamente y me echó un chorro a la cara... como un toro.”

Las once mil vergas (Guillaume Apollinaire, 1907): La opera prima del literato que inventó el término "surrealismo" es, tal vez, la más lograda. Un divertido hilo argumental cose una insólita, sarcástica y disparatada sucesión de escenas sexuales para todos los gustos (desde necrofilia a zoofilia, pasando por pedofilia, homosexualidad y otros pecados mortales) que Apollinaire publicó de forma clandestina firmando con sus iniciales y pocos comprendieron como lo que era: una excepcional parodia de las novelas eróticas de su tiempo. Este fragmento, tan burlón con el género cochino como El Quijote lo fue en su día con el caballeresco, habla por sí solo:

"El príncipe aproximó su miembro al coño entreabierto de Alexine que se estremeció ante esta proximidad:

–¡Me matas! –gritó.

Pero el miembro penetró hasta los testículos y volvió a salir para volver a entrar como un pistón. Culculine se metió en la cama y puso su gato negro encima de la boca de Alexine, mientras que Mony le lamía la puerta falsa. Alexine movía el culo como una endemoniada; puso un dedo en el agujero del culo de Mony, cuya erección aumentó bajo esta caricia. El puso sus manos debajo de las nalgas de Alexine que se crispaban con una fuerza increíble, apretando en el inflamado coño al enorme miembro que apenas podía menearse allí dentro".

El arte del azote (Jean Pierre-Enard, 1988): aunque sea un total desconocido fuera de Francia, no cabe duda de que Enard fue uno de los escritores eróticos más sutiles y eficaces de nuestro tiempo, autor de títulos tan trempantes como Relatos para enrojecer a las caperucitas. Su obra más lograda es, sin duda, esta novela erótica de sensual elegancia que también vale como apología y guía iniciática de la azotaina sexual. El libro se publicó acompañado de unas no menos ardientes ilustraciones del famoso dibujante erótico Milo Manara. Leamos un trozo del tirón: 

"Se puso de rodillas sobre la cama, con la cabeza bajada, como lo haría un fiel que se arrodillara para rezar en dirección a la Meca. Sus nalgas llenaban toda mi visión, dos enormes bolas que revelaban la flor violeta de su ano. Rápidamente, extendí mi mano sobre ellas, cubriendo tanta superficie como me era posible. A cada golpe, la doncella animaba con una sonrisa, mezcla de placer y gemido. La golpeé sin misericordia, seguro de que podría soportar muchas más cosas. Además, estaba tan excitado que no podría haberle hecho daño. Sólo los sádicos con sangre fría hacen daño a sus víctimas. Esas prácticas no tienen nada que ver con el arte gentil y divertido del azote... Continué azotando el relleno y tembloroso culo de la doncella. La vi meter la mano entre sus muslos y comenzar a acariciarse, rogándome: “Sí, monsieur, más fuerte, ¡más fuerte!”.

Las 120 jornadas de Sodoma (Marqués de Sade, 1785): parida por el divino marqués en su celda de la Bastilla, está considerada, a pesar de su antigüedad, la novela erótica más extrema y brutal jamás escrita. Y no sin razón: muchos fragmentos, en los que caben todo tipo de parafilias, pueden enardecer a algunos y hacer vomitar a otros. En clave gótica, Sade describe las inhumanas aberraciones sexuales a las que se entregan cuatro acaudalados libertinos en un castillo medieval. Por suerte o por desgracia, el autor sólo pudo terminar la primera parte de la novela y lo demás está sólo esbozado. Aún así, estamos ante una joya de la narrativa XXX que sigue provocando escalofríos de placer y muecas de repulsa. Passolini adaptaría el libro al cine, retitulándolo como Saló o los 120 días de Sodoma y cambiando a los libertinos medievales por fascistas salidos, pero no consiguió igualar ni de lejos la crudeza de la novela más sádica de todos los tiempos. Reproduzco aquí unode los fragmentos más “light” de la obra, para no ofender a los lectores más mojigatos. Es sólo pissing, but I like it:

“– ¡Oh, joder, sí bribonzuela! –exclamó el libertino–. ¡Oh, joder sí que lo harás delante de mí, y lo que es peor, sobre mí! Y sacándose la verga, añadió: –Mira, éste es el instrumento que inundarás, tienes que mear encima. Entonces, cogiéndome y colocándome entre dos sillas, con una pierna sobre una de ellas y lo más separadas que pudo, me dijo que me agachara. Cuando me tuvo en esta actitud, colocó un orinal debajo de mí, sentóse en un pequeño taburete a la altura del orinal, con su miembro en la mano y rozando mi coño. Una de sus manos sostenía mis caderas y con la otra se la meneaba, y como por esta postura mi boca se hallaba paralela a la suya, la besaba. – ¡Vamos, pequeña, mea! –me dijo–. Inunda ahora mi pito con ese bello licor cuya tibia salida tanto poder tiene sobre mis sentidos. ¡Mea corazón, mea y trata de inundar mi semen! Louis se animaba, se excitaba, era fácil ver que esta operación singular era la que mejor halagaba sus sentidos; el más dulce éxtasis vino a coronarlo en el momento en que las aguas con que había llenado mi estómago surgieron en abundancia, y llenamos, ambos a la vez, el mismo orinal, él de esperma y yo de orina”.

Nueve semanas y media (Elizabeth McNeill, 1978): una de las más interesante obras literarias eróticas jamás salidas de entrepierna femenina. La adaptación cinematográfica, protagonizada por Mickey Rourke y Kim Bassinger, es muy famosa (y penosa: fue candidata a tres premios Razzie), aunque no le llegue ni a la suela del zapato a la novela: en este caso, la popular frase “la peli es una mierda, el libro sí que mola” está totalmente justificada. La novela nos ofrece un fascinante relato de dominación sexual entre un hombre y una mujer a lo largo de nueve semanas y media. Un auténtico crescendo sadomasoquista al estilo de Historia de O pero adaptado a los tiempos modernos, en concreto a los años 70: los protagonistas son una ejecutiva aburrida y un corredor de bolsa. El realismo y el morbo de la novela viene, pues, por la actualización del escenario: se cambia la mazmorra medieval por un moderno apartamento neoyorquino, pero el intenso contenido sexual no tiene nada que envidiar a la obra de Pauline Réage. Está claro que la autora (cuyo nombre es un seudónimo) sabe de lo que habla porque lo vivió realmente. Botón de muestra:

"-Quítate el cinturón -dice en voz baja; le obedezco, incapaz de separar mis ojos de los suyos en el espejo. Sin saber qué debo hacer ahora, lo enrosco como la apretada serpiente que era cuando estaba en la caja. Me lo quita y dice :

-Sube a la cama. No, a gatas.

Me pasa una mano por detrás para desabrocharme los pantalones y dice :

-Bájate los pantalones por el culo.

Algo cede en mí, y mis codos ya no pueden sostener mi peso. Estoy de rodillas, la cabeza entre los brazos, y de mi garganta surgen sonidos que no alcanzo a interpretar: ni temor ni deseo, sino la incapacidad de distinguir entre ambas cosas y como resultado... Me golpea, tras ponerme una almohada encima de la cabeza para amortiguar mis gritos; después, me posee como poseería a un hombre. Grito más fuerte que antes, con los ojos abiertos como platos en la oscuridad, la almohada cubriéndome el rostro. Muy dentro de mí, su golpeteo cesa abruptamente. Me empuja boca abajo, su mano derecha debajo de mí y entre mis piernas. Tumbado encima de mí cuan largo es, levanta la almohada y escucha cómo se apagan mis sollozos. Cuando me doy cuenta de que estamos respirando al unísono, serenos, sus dedos inician su infinitesimal movimiento. Mi respiración no tarda en agitarse. Me vuelve a tapar la cara con la almohada cuando me corro y no tarda en correrse también. Coge Kleenex reforzado de la mesilla y me lo mete por entre las nalgas. Cuando, más tarde, lo saca de allí. está empapado de semen y teñido de rosa. Acurrucado contra mí murmura : -Tan prieto tan caliente, no puedes imaginarte..." 

La historia del ojo (Georges Bataille, 1928): escritor, antropólogo y pensador de reconocido prestigio, Bataille iba para cura cuando, tras una crisis de fé, cambió el seminario por los puticlubs (a los que llamó "mis verdaderas iglesias"), y, bajo el seudónimo de Lord Auch (que viene a significar "Señor Mierda") se las compuso para escribir esta obra literaria que, bajo una apariencia pornográfica, esconde una insondable profundidad filosófica y simbólica, que puede leerse entre las líneas de fragmentos como este:

"En el rincón de un corredor había un plato con leche para el gato: “Los platos están hechos para sentarse”, me dijo Simona. “¿Apuestas a que me siento en el plato?” —”Apuesto a que no te atreves”, le respondí, casi sin aliento. Hacia muchísimo calor. Simona colocó el plato sobre un pequeño banco, se instaló delante de mí y, sin separar sus ojos de los míos, se sentó sobre él sin que yo pudiera ver cómo empapaba sus nalgas ardientes en la leche fresca. Me quedé delante de ella, inmóvil; la sangre subía a mi cabeza y mientras ella fijaba la vista en mi verga que, erecta, distendía mis pantalones, yo temblaba. Me acosté a sus pies sin que ella se moviese y por primera vez vi su carne “rosa y negra” que se refrescaba en la leche blanca. Permanecimos largo tiempo sin movernos, tan conmovidos el uno como el otro. De repente se levantó y vi escurrir la leche a lo largo de sus piernas, sobre las medias. Se enjugó con un pañuelo, pausadamente, dejando alzado el pie, apoyado en el banco, por encima de mi cabeza y yo me froté vigorosamente la verga sobre la ropa, agitándome amorosamente por el suelo. El orgasmo nos llegó casi en el mismo instante sin que nos hubiésemos tocado..."

Lolita (Vladimir Nabokov, 1955): sin ser una novela 100% “erótica”, situada con el paso del tiempo más allá de todos los géneros, la obra maestra de Nobokov sigue siendo hoy, más de medio siglo después de su "estreno", un libro absolutamente absorbente y perturbador. Sí, la película homónima de Kubrick es buena pero (de nuevo el tópico) el-libro-es-mucho-mejor. El inmenso talento que Nabokov posee como narrador hace que el lector prácticamente huela, palpe, vea, saboree y escuche a Lo, la doceañera ninfa que enloquece los sentidos del viejo profesor pedófilo Humbert Humbert. Por ejemplo, cuando se acerca a él para seducirlo:

"Cuando Lo inclinó sus rizos castaños sobre el escritorio ante el cual estaba sentado, Humbert el Ronco la rodeó con su brazo, en una miserable imitación de fraternidad; y mientras examinaba, con cierta miopía, el papel que sostenía, mi inocente visitante fue sentándose lentamente sobre mi rodilla.

Su perfil adorable, sus labios entreabiertos, su pelo suave estaban a pocos centímetros de mi colmillo descubierto, y sentía la tibieza de sus piernas a través de la rudeza de sus ropas cotidianas. De pronto, supe que podía besarla. Supe que me dejaría hacerlo, y hasta que cerraría los ojos, como enseña Hollywood. Una vainilla doble con chocolate caliente... apenas algo más insólito que eso. No puedo explicar al actor –cuyas cejas, supongo habrán viajado ya hasta lo alto de su frente calva- cómo supe todo ello: quizá mi oído de mono había percibido inconscientemente algún leve cambio en el ritmo de su respiración –pues ahora Lo miraba de veras mi galimatías y esperaba con curiosidad y compostura (oh, mi límpida nínfula) que el atractivo huésped hiciera lo que rabiaba por hacer-. Una niña moderna, una ávida lectora de revistas cinematográficas, una experta en primeros planos soñadores, no encontrará muy raro –me dije- que un amigo mayor, apuesto, de intensa virilidad... demasiado tarde".

Delta de Venus (Anaïs Nin; publicada póstumamente en 1978): autora de uno de los diarios eróticos más morbosos y voluminosos de la Historia, esta chica tuvo el dudoso honor de convertirse en la primera (en todos los sentidos) escritora erótica de Occidente y consiguió que un buen montón de mujeres, a menudo reacias a comprar libros guarros, decidieran cambiar sus novelitas rosas por algo mucho más picante y, encima, con coartada intelectualoide. Tal vez esta recopilación de fantasías sexuales no sea su mejor obra (no en vano fue un encargo de un excéntrico multimillonario, que en los años 40 le pagó a la Nin un dólar por página para que lo calentara con sus fantasías escritas) pero demuestra mejor que ninguna que la mente es el órgano sexual más poderoso. Pese a su fragmentación, cada relato fluye de forma natural hacia el siguiente, sumergiéndonos en una auténtica alucinación erótica donde todo está permitido, desde la zoofilia hasta la mutilación genital, pasando por bisexualidad, incesto y experiencias de sexo salvaje heterosexual como esta:   

"Sus caricias poseían una extraña cualidad. Unas veces eran suaves y evanescentes, otras, fieras, como las caricias que Elena había esperado cuando sus ojos se fijaron en ella; caricias de animal salvaje. Había algo de animal en sus manos, que recorrían todos los rincones de su cuerpo, y que tomaron su sexo y su cabello a la vez, como si quisieran arrancárselos, como si cogieran tierra y hierba al mismo tiempo.

Cuando cerraba los ojos sentía que él tenía muchas manos que la tocaban por todas partes, muchas bocas tan suaves que apenas la rozaban, dientes agudos como los de un lobo que su hundían en sus partes más carnosas. Él, desnudo, yacía cuan largo era sobre ella, que gozaba al sentir su peso, al verse aplastada bajo su cuerpo.

Deseaba que se quedara soldado a su cuerpo, desde la boca hasta los pies".

Crash (J.G. Ballard, 1973): dotada de un erotismo enfermo, retorcido, más propio de una revista médica que de un libro pornográfico, esta auténtica obra maestra de uno de los más geniales e incomprendidos escritores contemporáneos, se puede leer con una mezcla de incomodidad y morbo: no en vano, cuenta la leyenda que fue rechazado por un editor con una nota que decía: "Impublicable. El autor necesita tratamiento psiquiátrico". Dos décadas después, en 1996, David Cronenberg sembraba el escándalo con una película homónima (esta vez sí) casi tan buena como el libro. Ballard descose la cicatriz y mete el dedo en la llaga para explorar con ojos de cirujano plástico un fetichismo sexual que no puede ser más moderno: la choquefilia o excitación derivada de los accidentes de tráfico, la hostia en coche como sumisión radical a una tecnología perversa. Morir en un accidente de tráfico contra el automóvil de Liz Taylor como fantasía sexual definitiva de la era warholiana. La cicatriz o el freno de mano como infértiles sustitutos de los órganos sexuales. Este fragmento puede darnos una idea de por dónde van los tiros:

"Exploré las cicatrices de los muslos y los brazos, las deformaciones bajo el pecho izquierdo, y ella a la vez exploraba las mías, descifrando juntos estos códigos de una sexualidad que dos choques de autos habían hecho posible.

Mi primer orgasmo lanzó el semen a la profunda herida del muslo, irrigando este canal. Tomando el semen en una mano, Gabrielle lo frotó contra los mandos plateados del embrague. Mi boca exploraba la cicatriz que se curvaba como una guadaña bajo el pecho izquierdo. Gabrielle cambió de posición, para que yo pudiera tocarle las heridas de la cadera. Por primera vez dejé de sentir piedad por esta inválida. Al contrario, celebraba ahora con ella las excitaciones de esas fisuras abstractas que unas secciones de su propio automóvil. (...) Imaginé a Catherine víctima de un impacto brutal, la boca y la cara destrozadas, un orificio nuevo e incitante abierto en el perineo, un orificio que no era vagina ni recto y que podíamos animar con nuestros afectos más profundos".-

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