EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.-
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Año 844. Batalla de Clavijo. Ramiro I de Asturias se niega a seguir pagando tributos a los emires árabes, sobre todo el Tributo de las cien doncellas. Las tropas cristianas se ven rodeadas por un poderoso ejército árabe y han de refugiarse en el castillo de Clavijo, La Rioja. Durante la noche, el Apóstol Santiago se le aparece en sueños al rey, asegurando su presencia y la victoria en la batalla. Parece que la argucia de Ramiro I sirvió para galvanizar a sus huestes, que terminaron ganando la batalla. Unos años antes, una tumba paleocristiana había sido descubierta no lejos del Finisterre. Manifiesto signo de los cielos, Dios en persona ponía su mano sobre los cristianos y bendecía la masacre de los diablos musulmanes que habría de extenderse aún durante siete siglos. Tal y como Rómulo y Remo descendían de Eneas, la creación, establecimiento y conservación de un mito fundador guarda una conexión directa con la constitución del poder político, necesitado del sacrificio de los individuos que lo sostienen.
El endeble estado visigodo, constantemente desangrado por querellas intestinas consustanciales a su naturaleza clánica y militar, no pudo resistir el embate de las cábilas en trance quienes, con inesperada rapidez se apoderaron de la práctica totalidad de la Península. Los nuevos reinos montañeses, pobres e iletrados, disponían de pocos recursos para articular sus exiguas sociedades entorno a un edificio cosmológico y conceptual otro que el de la religión cristiana. Pero frente al apogeo musulmán era aún necesario el apoyo militar, económico e ideológico del imperio bicéfalo del Emperador alemán y el Papa romano. Para contrarrestar el espíritu de guerra santa y la sed de martirio con la que los musulmanes se batían, era preciso utilizar las mismas armas que el enemigo. Curioso fenómeno. El afrontamiento produce la homogeneización de los rivales. La resistencia cristiana, que comienza como una rebelion, se transforma con el tiempo en tirania.
Tras los desastres palestinos, los reinos cristianos ibéricos serían pues la punta de lanza del espíritu de cruzada, inflamado por Roma como justificación necesaria de su propia existencia terrenal, de su perenne aspiración al dominus orbis terrarum. Encarnados y encarnizados por el espíritu santo, los cristianos derriban uno a uno los bastiones musulmanes, estableciendo una policía política y mental, la inquisición, encargada del control de los derrotados. La intransigencia de la doctrina católica, su aspiración a la pureza, su misticismo alucinado, hicieron imposible la asimilación de masas de población que aseguraban en gran parte la salud económica y cultural del territorio. Musulmanes y judíos fueron masacrados, expropiados y desterrados de sus casas y sus tumbas, expulsados manu militari de un territorio infinitamente mayor que la actual Palestina. ¿Quién en España puede dar lecciones a Israel sobre el tratamiento a poblaciones cautivas o prisioneros de guerra?
La victoria sobre los herejes funde los destinos de las dinastías ibéricas con la monarquía romana y por consiguiente con el Imperio germánico. Esta unión sagrada sería arduamente perseguida hasta su encarnación en la persona de Carlos de Gante. Desde ese momento, la política del país deja de ser autónoma, supeditada a las guerras europeas consustanciales al Imperio terrestre perseguido por el Emperador y el Papa. Durante años, España será el soldado de Roma allí donde su autoridad parasitaria es contestada. Las rebeliones luterana y calvinista son a su vez utilizadas como instrumentos doctrinales al servicio de los poderes que contestan la supremacía imperial. Como si un fatal mecanismo quisiera la ruina de aquel que aspira al poder absoluto, la organización romana y su soldado español pasan de ser demoledores a apuntaladores de un edificio que se cae a pedazos. El Concilio de Trento esboza una nueva cruzada, un esqueleto de hierro calcado de los tiempos de Arriano. La religión del Cristo crucificado se alimenta de sangre y dolor. Pero un nuevo paradigma se impone de manera inexorable. La fuerza motriz de la mistificación alucinada, del extasiado orgasmo teresiano, es desplazada por la vitalidad de las fuerzas mercantiles, que no necesitan convertir o despellejar al derrotado, sino que lo compran, lo hacen cliente, y en último término, esclavo. La derrota del partido papista (PP) provoca sus más devastadores efectos en España. Invadida por ejércitos extranjeros, amputada de Cataluña, Menorca y Gibraltar, el fin dramático del reino de Santiago da como resultado la entrada del país en la órbita francesa, potencia católica triunfante a la que el Fénix Vaticano no tarda en ofrecer su siniestra experiencia en el terreno del control físico y mental de las masas (Edicto de Nantes). La organización romana no ha sido por lo tanto erradicada de la Península.
En las parroquias, en los conventos y sus tierras dependientes, en los orfelinatos, en los hospicios, en las universidades, en los ejércitos, en los palacios, la organización romana sigue ejerciendo de regulador social, de adoctrinador en la obediencia, en la propaganda, en el espectáculo. Las variadas congregaciones religiosas, infiltradas por capilaridad en el cuerpo social, reprimen sin piedad la revuelta popular, transformándola en la miseria social y la embrutecida ignorancia de la que tradicionalmente son gestores. El país, articulado por una tecnología social arcaica, se hunde cada vez más. La orgullosa Castilla, tierra de ganaderos, de villas con fuero y de agricultores relativamente libres, se viste ahora con harapos y mendiga su pan en pedregosos caminos de arrieros. De ahí el grito popular y la violencia de la reacción de los papistas, aterrados por la perspectiva de perder los privilegios disfrutados gracias al terrorismo social de la organización romana.
Con el tiempo, un nuevo paradigma se impone ahora sobre el expansionismo mercantil. El pueblo trabajador adquiere conciencia de clase, de que toda la riqueza emana del trabajo, de que es el robo y la acumulación capitalista de los frutos del mismo lo que alimenta las pirámides del poder y la opresión del colosal peso que recae sobre la base que la sostiene. Los imperialismos burgueses, en perpetua guerra colonial por la apropiación de mercados de abastecimiento de materia y consumo de mercancías, se ven dramáticamente amenazados por la rebelión obrera. La gestión de masas es ejercida en los países más avanzados por una nueva organización: la seguridad social. La organización romana se desespera y no acepta la muerte de su Dios. Su ferocidad es ahora la del anciano que se debate ante los primeros signos de la muerte, la del macho dominante atacado por el joven aspirante al harem. Italia (Mussolini), España (Franco), y Austria (Hítler) serán los jinetes de su postrer estertor. Los mercaderes anglosajones obtienen la capitulación de Roma que, como el Ave Fénix, surge de nuevo de entre sus cenizas y ofrece un nuevo pacto frente al diablo rojo.
El Caudillo, defensor de la fe, vuelve a introducir en el país a la dinastía borbónica, más liberal que romana, pero sobre todo, ofrece las llaves de El Escorial al imperio anglosajón, hereje de otrora. ¿Cómo conciliar a la policía mental romana con el liberalismo esclavista que la niega? ¿Cómo seguir alimentando a los vampiros episcopales con la sangre del pueblo cuando el pueblo ha sido ya desangrado por la explotación accionarial? He aquí un verdadero dilema que parece ser la principal controversia dentro del bando tradicionalista privilegiado, que se escinde ahora en liberales capitalistas y nacionalistas católicos. El gobierno Zapatero es consecuencia del apoyo directo de la banca nacional y del capital internacional al partido liberal capitalista. El bando nacional católico, escoria histórica sin bases materiales de existencia, utiliza en un gesto desesperado el recurso que siempre le ha sido propio: el terror, sin por ello lograr impedir la escisión de sus elementos capitalistas.
Y en esta coyuntura, ¿el pueblo? Olvidado y utilizado como de costumbre. Debilitado en su conciencia durante siglos por la policía del pensamiento y la tortura, incapaz de movimiento autónomo, infiltrado por lacayos de la peor estofa, masacrados y encarcelados de por vida sus más capaces capitanes, inexistente políticamente, a la merced de intereses que no son suyos pero que lo necesitan. La soberanía está en el pueblo, es un hecho, no una fórmula propagandística. ¿Cuánto tiempo habrá de pasar aún para erradicar de España a la siniestra organización romana?