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EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net

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Travesti Benedicto: Más Fe y Menos Razón

Permalink 03.12.07
El mundo tiene necesidad de Dios, de lo contrario se queda in esperanza: Benedicto XVI resume así el mensaje central de su encíclica, «Spe salvi». El portavoz de la CEE la define como 'un antídoto de la anemida de la fe', y el cardenal Madariaga dice sentirse triste ante algunos comentarios. Los sectores anticlericales se la tomaron a broma. En el Nuevo Testamento «la palabra “esperanza” está íntimamente unida a la palabra “fe”. Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como demuestra la experiencia de muchos santos y santas». «¿En qué consiste esta esperanza tan grande y tan «confiable» que nos permite decir que en ella está nuestra “salvación”?». «Consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso». Jesús, aclaró, «con su muerte en la cruz y con su resurrección, nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande en el amor que nos ha dado una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede resquebrajar, pues la vida de quien confía en este Padre se abre a la perspectiva de la felicidad eterna». «La ciencia sin duda contribuye al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace que la vida personal y social se convierta en buena y hermosa». «Por este motivo la gran esperanza, la que es plena y definitiva, está garantizada por Dios, que en Jesús nos ha visitado y nos ha donado la vida, y en Él volverá al final de los tiempos». «Es en Cristo que esperamos, ¡es Él a quien esperamos!». MARTÍNEZ CAMINO El secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Juan Antonio Martínez Camino, afirmó prsentando oficilamente la encíclcia en España, que se trata de un “antídoto contra la anemia de la fe”. “La tesis de la encíclica es que creyendo en Dios, la vida se transforma porque la fe en Dios es la gran esperanza de la vida”, afirmó Martínez Camino. El secretario de la CEE estuvo acompañado en el acto por el decano de la Facultad de Teología del Norte de España y miembro de la Comisión Teológica Internacional, Santiago del Cura; y por el decano de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer y presidente de la Asociación Bíblica Española (ABE), Miguel Díaz Rodelas. Díaz Rodelas consideró que el continuo recurso a la Sagrada Escritura interpretada con el hoy creyente es una de las características de la Encíclica: “La Escritura es concebida y presentada de forma explícita como palabra que Dios dirige hoy a los hombres”. Por su parte, Del Cura dijo que la Encíclica muestra “la relación que hay entre esperanzas humanas, plurales y diversas y esta gran esperanza que va unida a la realidad de Dios”. Para el decano, se trata de “una relación de purificación, de integración y de asunción, porque integra dentro de ella los anhelos más hondos, no sólo los fracasos”. RODRÍGUEZ MADARIAGA «Me parece que es un regalo precioso y especialmente ahora que comienza el Adviento. Porque la esperanza es la virtud cristiana que nos enseña que no debemos olvidar la meta», dice el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, presidente de Caritas Internationalis, en una entrevista concedida a Zenit, sobre la nueva encíclica de Benedicto XVI. 'Hoy tenía un poco de tristeza viendo los comentarios de algunos medios de comunicación social. Porque verdaderamente se quieren hacer titulares y se quiere enjuiciar desde posturas ya tomadas, desde cualquiera de las ideologías. Lo importante es ir a beber de ese pozo con sinceridad y apertura para recibir el mensaje, y el que va así encontrará verdaderamente un tesoro. Yo agradezco profundamente al Papa Benedicto XVI que tiene ese don tan especial de decirnos cosas profundas con un lenguaje tan pedagógico. Y luego el diálogo que tiene con el mundo de la cultura desde posiciones de profundidad. Él puede dialogar clarísimamente con quien sea porque es verdaderamente un profesor, es un maestro. 'Creo que desde ese punto de vista nuestra Iglesia tendrá para el próximo año, que al mismo tiempo es el año de San Pablo, un instrumento precioso para poder avanzar, y yo hago el llamamiento a todos los bautizados, no para que se queden con un documento a través de los titulares de un periódico, sino que lo lean lo mediten y oren con él. Este elemento todavía está pendiente en la vida espiritual. Los documentos de la Iglesia no son sólo para el cerebro, son también para el corazón y son para el alma. O sea, el que podamos llegar a orar con el magisterio de la Iglesia se vuelve una riqueza enorme'. En este simposio internacional en Madrid, sobre «El derecho a un desarrollo integral», el profesor de la Universidad Gregoriana de Roma y sacerdote, Dario Vitali, ha declarado a Zenit, a propósito de la nueva encíclica del Benedicto XVI, que le «parece una gran intuición hablar de esperanza hoy». Hablar «no sólo en clave de espera del futuro sino de «escaton», es decir de realización del Reino de Dios, es retomar el centro del mensaje cristiano». 'No nos hacemos ya la pregunta de dónde venimos sino nos hacemos la pregunta dramática de a dónde vamos. Qué será del planeta, qué será de la humanidad, que será de nuestras vidas, que será de los niños. En esta perspectiva, hablar de esperanza es retomar el centro del mensaje cristiano. Jesús ha anunciado el Reino de Dios. En esto me parece obligado recordar una exhortación postsinodal de Juan Pablo II. Después del Sínodo para Europa, escribió una exhortación sobre la esperanza, con un texto bellísimo, que no se comprende por qué no se ha hecho circular, o no se ha convertido en patrimonio común de una Europa que, en cambio, está arriesgando perder su identidad porque ha perdido la esperanza del Reino de Dios. 'EL PAÍS', SE RÍE En un comentario jocoso, la biblia laicista publica: 'No es seguro que la segunda encíclica del papa Benedicto XVI, Spe salvi, Salvados en la esperanza, esté llamada a producir más revuelo en el mundo terrenal que en el celestial. Es verdad que, entre los vivos, no han dejado de provocar desconcierto algunas de sus afirmaciones, como la de que la historia se torció con la Revolución Francesa. A estas alturas, la cosa tiene ya difícil remedio, y más vale que nos vayamos haciendo a la idea de que esta historia que vivimos presenta una malformación de origen. En resumidas cuentas, que está torcida. Y de ahí que esta encíclica haya tenido que venir oportunamente a recordarnos esa sabia advertencia de algunas estaciones: "Atención, historia en curva, tengan cuidado para no introducir el alma entre coche y andén". 'Consolémonos pensando que en el mundo celestial el impacto de la Spe salvi ha debido de ser mucho mayor que en este mundo. Benedicto XVI ha reabierto las instalaciones del infierno y el purgatorio después de que Juan Pablo II hubiera mandado precintarlas. La confusión entre las almas del cielo ha de ser inimaginable, puesto que en los anales de la eternidad no se conoce otro caso en que Pedro Botero recibiera la orden de apagar las calderas para poco después tener que encenderlas de urgencia. Muchas almas estarán aterradas pensando que, tras este breve respiro, regresarán a las llamas del infierno o a lo que quizá es peor, al tedio eterno del purgatorio, sin atreverse a decir, por miedo a que se les tome por revolucionarios franceses, que las penas sólo son retroactivas cuando benefician al reo'. EL PAPA LA PRESENTA EN EL ÁNGELUS 'Este domingo es, por tanto, un día sumamente indicado para ofrecer a toda la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que he querido dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula «Spe salvi», pues comienza con la expresión de san Pablo: «Spe salvi facti sumus – en esperanza fuimos salvados» (Romanos 8,24). En éste, al igual que en otros pasajes del Nuevo Testamento, la palabra «esperanza» está íntimamente unida a la palabra «fe». Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como demuestra la experiencia de muchos santos y santas. ¿En qué consiste esta esperanza tan grande y tan «confiable» que nos permite decir que en ella está nuestra «salvación»? En definitiva, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y con su resurrección, nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande en el amor que nos ha dado una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede resquebrajar, pues la vida de quien confía en este Padre se abre a la perspectiva de la felicidad eterna. 'El desarrollo de la ciencia moderna ha confinado cada vez más la fe y la esperanza a la esfera privada e individual de manera que aparece de forma evidente y en ocasiones dramática, que el hombre y el mundo tienen necesidad de Dios --¡del verdadero Dios!--, pues de lo contrario quedarían privados de esperanza. La ciencia sin duda contribuye al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace que la vida personal y social se convierta en buena y hermosa. Por este motivo la gran esperanza, la que es plena y definitiva, está garantizada por Dios, que en Jesús nos ha visitado y nos ha donado la vida, y en Él volverá al final de los tiempos. Es en Cristo que esperamos, ¡es Él a quien esperamos!' Y LA COMENTA EN LA HOMILÍA 'TIEMPO DE LA ESPERANZA' 'Queridos hermano y hermanas, 'Al tema de la esperanza he querido dedicar mi segunda Encíclica, que ha sido publicada ayer. Estoy feliz de ofrecerla idealmente a toda la Iglesia en este primer Domingo de Adviento, a fin de que, durante la preparación para la Santa Navidad, las comunidades y los fieles particulares puedan leerla y meditar, redescubrir la belleza, la profundidad de la esperanza cristiana. Esta, en efecto, está inseparablemente ligada al conocimiento del rostro de Dios, rostro de Jesús, el Hijo Unigénito, que se nos ha revelado con su encarnación, con su vida terrena y su predicación, y sobre todo con su muerte y resurrección. La esperanza verdadera y cierta está fundada sobre la fe en Dios Amor, Padre misericordioso, que «ha amado tanto al mundo como para darle su Hijo Unigénito» (Jn 3,16), para que los hombres, y con ellos todas las criaturas, puedan tener vida en abundancia (Cf. Jn 10,10). El Adviento, por lo tanto, es tiempo favorable para descubrir una esperanza que no es vaga ni ilusoria, sino cierta y confiable, porque está «anclada» en Cristo, Dios hecho hombre, roca de nuestra salvación. 'Desde el inicio, como emerge en el Nuevo Testamento y en las Cartas de los Apóstoles, una nueva esperanza distingue a los cristianos de cuantos vivían la religiosidad pagana. Escribiendo a los Efesios, san Pablo les recuerda que, antes de abrazar la fe en Cristo, ellos estaban «sin esperanza y sin Dios en este mundo» (2,12). Esta expresión parece más que nunca actual para el paganismo de nuestros días: podemos relacionarla en particular con el nihilismo contemporáneo, que corroe la esperanza en el corazón del hombre, induciéndolo a pensar que dentro de él y a su alrededor reina la nada: nada antes del nacimiento, nada después la muerte. En realidad, si falta Dios, desaparece la esperanza. Todo pierde «densidad». Es como si faltase la dimensión de la profundidad y todo se aplanase, privado de su relieve simbólico, de su «relieve» respecto a la mera materialidad. Está en juego la relación entre la existencia aquí y ahora y lo que denominamos «más allá»: no es un lugar donde terminaremos después de la muerte, sino la realidad de Dios, la plenitud de la vida a la cual todo ser humano tiende. A esta aspiración del hombre, Dios ha respondido en Cristo con el don de la esperanza. 'El hombre es la única criatura libre para decir sí o no a la eternidad, es decir, a Dios. El ser humano puede apagar en sí mismo la esperanza eliminando Dios de la propia vida. ¿Cómo puede ocurrir esto? ¿Cómo puede suceder que la criatura «hecha por Dios», íntimamente orientada a Él, la más cercana a lo Eterno, pueda privarse de esta riqueza? Dios conoce el corazón del hombre. Sabe que quien lo rechaza no ha conocido su verdadero rostro, y por esto no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde peregrino en búsqueda de acogida. He aquí por qué el Señor concede un nuevo tiempo a la humanidad: ¡para que todos puedan llegar a conocerlo! Es este también el sentido de un nuevo año litúrgico que inicia: es un don de Dios, el cual quiere nuevamente revelarse en el misterio de Cristo, mediante la Palabra y los Sacramentos. Mediante la Iglesia quiere hablar a la humanidad y salvar a los hombres de hoy. Y lo hace yendo a su encuentro, para «buscar y salvar lo que se había perdido» (Lc 19,10). En esta perspectiva, la celebración del Adviento es la respuesta de la Iglesia Esposa a la iniciativa siempre nueva de Dios Esposo, «que es, que era y que va a venir» (Ap 1,8). A la humanidad que ya no tiene tiempo para Él, Dios ofrece otro tiempo, un nuevo espacio para volver a entrar en si misma, para volver a encaminarse, para reencontrar el sentido de la esperanza. 'He aquí entonces el sorprendente descubrimiento: ¡la esperanza mía y nuestra, está precedida por la espera que Dios cultiva con respecto a nosotros! Sí, Dios nos ama y justamente por esto espera que regresemos a Él, que abramos el corazón a su amor, que pongamos nuestra mano en la suya y que recordemos que somos sus hijos. Esta espera de Dios precede siempre a nuestra esperanza, exactamente como su amor nos alcanza siempre en primer lugar (cfr 1 Jn 4,10). En este sentido la esperanza cristiana viene llamada «teologal»: Dios es la fuente el apoyo y el fin. ¡Qué gran consuelo en este misterio! Mi Creador ha puesto en mí espíritu, un reflejo de su deseo de vida para todos. Todo hombre está llamado a esperar, correspondiendo a la expectativa que Dios tiene sobre él. Por lo demás, la experiencia nos demuestra que es precisamente así. ¿Qué, sino la confianza que Dios tiene en el hombre, es lo que lleva adelante al mundo? Es una confianza que tiene su reflejo en los corazones de los pequeños, de los humildes, cuando a través de las dificultades y las fatigas se comprometen cada día a dar lo mejor de si mismos, a hacer ese poco de bien que para los ojos de Dios es tanto: en familia, en el puesto de trabajo, en la escuela, en los diferentes ámbitos de la sociedad. En el corazón del hombre está escrita de forma imborrable la esperanza, porque Dios, nuestro Padre es vida, y para la vida eterna y beata estamos hechos. 'Cada niño que nace es signo de la confianza de Dios en el hombre y es la confirmación, al menos implícita, de la esperanza que el hombre nutre en un futuro abierto sobre el eterno Dios. A esta esperanza del hombre, Dios ha respondido naciendo, en el tiempo, como pequeño ser humano. Ha escrito san Agustín: «habríamos podido creer que tu Palabra esta lejos del contacto del hombre y desesperar de nosotros, si esta Palabra no se hubiera hecho carne y no hubiese vivido entre nosotros» (Conf. X, 43, 69, cit. in Spe salvi, 29). Dejémonos entonces guiar por Aquella que ha llevado en el corazón y en el seno el Verbo encarnado. Oh María, Virgen de la espera y Madre de la esperanza, reaviva en toda la Iglesia el espíritu del Adviento, para que toda la humanidad se vuelva a poner en camino hacia Belén, de donde ha venido, y de nuevo vendrá a visitarnos el Sol que surge de lo alto (cfr Lc 1,78), Cristo nuestro Dios. Amén'. 

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