EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
MARX Y ENGELS
Hablan De Socialismo A Los Consejos Comunales, A Las Cooperativas, AL P.S.U.V. y a Quién Pueda Interesar…
(Primera Parte 01-2007)
Desde la aparición de la humanidad, el socialismo ha existido siempre: comunidades primitivas, taoístas, budistas, cristianas originarias, indígenas y un larguísimo etcétera. Lo practicaban por ser humanistas y contrarios al ejercicio de la desigualdad, por su veneración del bien común, por el altruismo y la humildad que les conducían hacia la solidaridad. Para todos ellos los seres humanos éramos iguales ante la naturaleza e iguales ante lo trascendente, pero en la vida práctica de los afines, medían el valor de los hombres, de las cosas y de los hechos, compensándolos con dignificaciones jerárquicas y cargos merecidos. Todos aceptaban la autoridad del espíritu, sin renegar los principios de la diferenciación en el saber y en los poderes creadores. De hecho, podemos afirmar categóricamente que la humanidad ha vivido muchísimo más tiempo en socialismo que en capitalismo. Pero, ¿qué es el socialismo? Si nos atenemos a lo etimológico, a lo gramatical, es el “ismo” de lo social…, es decir, la doctrina, tendencia, ideología, teoría, actitud, etc., donde el interés social prevalece sobre el individual. Ojo, con ello no estamos diciendo que el individuo deba ser aplastado, dominado o excluido por la sociedad. Se trata de que según reglas democráticas, participativas y protagónicas, sean los intereses y las necesidades de las mayorías, por no decir todos, lo que cuente en la toma de decisiones políticas, económicas y todo lo que a la sociedad afecte. Por lo tanto, el socialismo es contrario, opuesto, antagónico, al individualismo, egoísmo, fascismo, imperialismo y, por supuesto, al capitalismo.
El origen del término “SOCIALISMO” se lo disputan tanto ingleses como franceses. Se dice que el primero fue el precursor del cooperativismo, Robert Owen, socialista inglés Utópico, en 1826, en la publicación “London Cooperative Magazine”. Luego, el francés Pierre Leroux, discípulo de Saint Simón, también socialista utópico, usa la palabra “socialismo” como “un neologismo necesario en contraposición al individualismo” eso fue en la publicación “Le Globe” en 1830, aproximadamente.
Por supuesto, el socialismo como sistema y “virtud de lo social” (Oscar Piccolo), no es una unidad monolítica. Hay socialismos para todos los gustos…y disgustos también:
socialismo utópico, científico, religioso, ateo, real, mutualista, colectivista, comunalista, consejista, ecologista, autonomista, libertario, autogestionario, autoritario, originario, nuestroamericano, en fin…Además, tenemos los socialismos nombrados de acuerdo a sus fundadores: Marxismo, Bakuninismo, Luxemburguismo, Leninismo, Grancianismo, Maríateguismo, Trostkismo, Maoísmo, Guevarismo, Castrismo, etc., etc…y un nuevo fantasma socialista que recorre Venezuela, América Latina y el mundo: el CHAVISMO. No obstante, no se trata de entrar aquí en extensas explicaciones e intensos debates sobre los viejos y nuevos socialismos, en especial sobre SOCIALISMO DEL SIGLO XXI. Habrá muy pronto otros espacios oportunos. Queremos sí, en esta oportunidad, sentar bases y argumentos para una sólida y contundente definición de lo que es el socialismo. Ya basta de tanta habladera de gamelote y afines por distintos medios impresos y audiovisuales tanto de propios cuanto de extraños. El socialismo no es sólo un bello ideal, sino también una necesidad material y vital para toda la humanidad. ¿Qué mejor entonces que ir a las fuentes teóricas principales, los mismísimos Carlos Marx y Federico Engels? Pues sí, utilizaremos parte de sus escritos para precisar y profundizar en la cuestión socialista.
Como consecuencia de las derrotas de las revoluciones de 1848 en Europa y el comienzo de un nuevo periodo de crecimiento capitalista, Marx y su tendencia (fundamentalmente Engels) se enrumbaron en un proyecto de investigación teórica en profundidad con el fin de descubrir la dinámica real del modo capitalista de producción y por tanto, las bases reales para su eventual sustitución por un orden social socialista.
Ya en 1844, Marx en sus “Manuscritos económicos y filosóficos”, y Engels en sus “Esbozos de una crítica de le economía política”, habían empezado a investigar y criticar desde una posición socialista los fundamentos de la sociedad capitalista, y las teorías económicas de la clase capitalista, generalmente conocidas como “economía política”.
La comprensión de que la teoría socialista tenía que construirse sobre la sólida base de
un análisis económico de la sociedad burguesa constituía ya una ruptura decisiva con las concepciones utópicas del socialismo que habían prevalecido en el movimiento popular hasta entonces, puesto que significaba que la denuncia del sufrimiento y la alienación que acarreaba el sistema capitalista de producción ya no se limitaba a una crítica puramente moral a sus injusticias. Por el contrario, los horrores del capitalismo se analizaban como expresiones inevitables de su estructura social y económica, y por tanto sólo podían suprimirse a través de la lucha revolucionaria integral de una clase social que tenía un interés material en reorganizar toda la sociedad. Durante más de una década, Marx se sumergió en un vasto proyecto teórico que él mismo había concebido a comienzos de 1840. Este fue el periodo en que trabajó horas y horas en la biblioteca del Museo Británico, estudiando no sólo los clásicos de la economía política, sino una inmensa cantidad de información sobre las operaciones contemporáneas de la sociedad capitalista: el sistema industrial, el dinero, el crédito, el comercio internacional, etc. No sólo estudió la historia de los albores del capitalismo, sino también la historia de las civilizaciones pre-capitalistas. La intención inicial de dicha investigación era producir una obra monumental sobre Economía, que en realidad sólo sería una parte de un trabajo más global que trataría, entre otras cosas, asuntos políticos más directamente y también la historia del pensamiento socialista. Pero como Marx escribió en una carta a Weidemeyer, “el tema en que estoy trabajando tiene tantas ramificaciones”, que el plazo límite para terminar el trabajo de Economía se retrasaba constantemente, primero meses y después años. De hecho, no se terminó nunca. Marx sólo culminó realmente el primer volumen de El Capital. La mayor parte del material reunido de esa época, o bien fue completado por Engels, y no se publicó hasta después de la muerte de Marx (los siguientes dos volúmenes de El Capital). O, como en el “anecdótico” caso de los Grundrisse (los “Elementos fundamentales de la Crítica de la economía política), los cuales nunca pasaron de ser una colección de notas elaboradas que no fueron publicados sino hasta 1939-41 por primera vez y en ruso. Luego en alemán en la década de los cincuenta… Además, no se tradujeron al inglés ni al español sino hasta los años de 1970. Se cree que incluso Engels desconocía los Grundrisse. Sin embargo, aunque este fue un período de gran pobreza y personalmente muy duro para Marx y su familia, también fue el periodo más fructífero de su vida por lo que concierne al aspecto teórico de su trabajo. Y no es ninguna casualidad, pues, que gran parte de la gigantesca gestación de esos años estuviera dedicada al estudio de la economía política, porque era como ya dijimos la clave para desarrollar una comprensión realmente metódica de la estructura y el movimiento del modo capitalista de producción. De ver a la sociedad burguesa como una totalidad más que como una suma de fragmentos, y de entender a fondo sus relaciones subyacentes en lugar de dejarse engañar por los fenómenos de superficie. Marx abordó la economía política clásica igual que la filosofía de Hegel: tratándola desde una posición socialista y radical, por eso fue capaz de asimilar sus contribuciones más importantes al mismo tiempo que transcendía sus límites. Así demostró:
- Que el capitalismo es un sistema de clases y no puede ser otra cosa, aunque este hecho primario aparece velado, oculto, en el proceso capitalista de producción en contraste con las sociedades de clases previas. Este fue el mensaje esencial de su concepción de la plusvalía;
-Que el capitalismo, a pesar de su carácter peligrosamente expansivo, de su terrible potencial para someter el planeta entero a sus leyes, no por ello deja de ser un modelo transitorio de producción, como el esclavismo romano o el feudalismo medieval;
-Que una sociedad basada en la producción universal de mercancías estaba inevitablemente condenada, por la propia lógica de sus mecanismos internos, a su decadencia y colapso final;
- Que el socialismo, por tanto, era una posibilidad material abierta por el desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas que generaba el propio capitalismo;
- Que el socialismo, además, también era una necesidad si la humanidad quería escapar a las consecuencias devastadoras, destructivas y terroristas de las contradicciones del capitalismo.
Pero si el centro del trabajo de Marx durante este tiempo es el estudio, con sorprendente detalle, de las leyes del capital, el trabajo global no se restringía a eso. Había heredado de Hegel la comprensión de que lo particular y concreto, en este caso el capitalismo, sólo podían entenderse en su totalidad histórica, esto es, teniendo en cuenta el amplio telón de fondo de todas las formas de sociedad humana desde sus primeros días. En los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx había dicho que el socialismo era la “solución al enigma de la historia”. El socialismo es el heredero inmediato del capitalismo, pero igual que un niño es también el producto de todas las generaciones que le han precedido, también se puede decir que todo el movimiento de la historia es el acto de génesis de la sociedad socialista. Por esto, muchos escritos de Marx sobre el capital (y cuando hablamos de Marx también hablamos de Engels como bien nos recuerda Fernández Buey) también contienen largas incursiones sobre cuestiones antropológicas, características del hombre en general, su relación con la naturaleza, su alienación, puesto que no son menos esenciales para la comprensión de la perspectiva y fisonomía del socialismo. El concepto del hombre, de su “ser de especie” que hay en los Manuscritos, no es en absoluto el mismo que el de “género animal” de Feuerbach, que Marx criticó en sus Tesis sobre Feuerbach. No se trata de una concepción abstracta, ni de una visión individualizada de la humanidad, sino ya de una concepción del hombre social, del hombre como el ser que se hace a sí mismo a través del trabajo colectivo. Y cuando nos fijamos en los Grundrisse y en El Capital, encontramos que esta definición se profundiza y se clarifica más que rechazarse.
Ciertamente, en las Tesis sobre Feuerbach, Marx rechaza categóricamente la idea de una esencia humana estática e insiste en que “la esencia humana no es una abstracción inherente en cada individuo particular. En realidad es el conjunto de las relaciones sociales”. Pero esto no significa que el hombre, como tal, no es real, o que es una página vacía que se modula total y absolutamente por cada forma particular de organización social. Lejos de eso, se basa en una visión del hombre como una especie cuya característica única es su capacidad para transformarse a sí mismo y a su entorno a través del proceso de trabajo y a través de la historia:“de ahí la gran influencia civilizadora del capital; su producción de un nivel de la sociedad, frente al cual todos los anteriores aparecen como desarrollos meramente locales de la humanidad y con una idolatría de la naturaleza. Por primera vez la naturaleza se convierte puramente en objeto para el hombre, en cosa puramente útil; cesa de reconocérsele como poder para sí; incluso el reconocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece como una artimaña para someterla a las necesidades humanas, sea como objeto del consumo, sea como medio de la producción. El capital, conforme a esta tendencia suya, pasa también por encima de barreras y prejuicios nacionales, así como sobre la divinización de la naturaleza; liquida la satisfacción tradicional, encerrada dentro de determinados límites y pagada de sí misma, de las necesidades existentes y de la reproducción del viejo modo de vida. Opera destructivamente contra todo esto, es constantemente revolucionario, derriba todas las barreras que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas, la ampliación de las necesidades, la diversidad de la producción y la explotación e intercambio de las fuerzas naturales y espirituales” (Grundrisse). Ed. s.XXI, Madrid 1972, pág. 362).
Por otra parte, la conquista de la naturaleza por el capital, su reducción a simple objeto, tiene las consecuencias más contradictorias. Veamos el último pasaje de la página anterior: “De ahí, empero, del hecho que el capital ponga cada uno de esos límites como barrera y, por lo tanto, de que idealmente le pase por encima, de ningún modo se desprende que lo haya superado realmente; como cada una de esas barreras contradice su determinación, su producción se mueve en medio de contradicciones superadas constantemente, pero puestas también constantemente. Aún más, la universalidad a la que tiende sin cesar, encuentra trabas en su propia naturaleza, las que en cierta etapa del desarrollo del capital harán que se le reconozca a él como la barrera mayor para esa tendencia y, por consiguiente, propenderán a la abolición del capital por medio de sí mismo”.
Después de un siglo o más de decadencia capitalista, de toda una época en la que el capital se ha convertido definitivamente en la mayor barrera a su propia expansión, podemos apreciar la plena validez de los pronósticos de Marx aquí. Cuanto mayor es el desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo, cuanto más universal es su dictadura sobre el planeta, mayores y más destructivas son las crisis y las catástrofes que acarrea a su paso. Y no sólo crisis directamente económicas, sociales y políticas, sino también las crisis ecológicas que suponen la amenaza de una ruptura total del “intercambio metabólico del hombre con la naturaleza”. Podemos apreciar plenamente que, en oposición a muchos enemigos del marxismo, el reconocimiento de Marx a la “influencia civilizadora” del capital, nunca supuso una apología del capital. El proceso histórico por el que el hombre se ha separado del resto de la naturaleza, también es la “crónica de una muerte anunciada”, del “autoestrangulamiento” del hombre, que ha alcanzado su apogeo, su cumbre, en la sociedad burguesa, en la relación del trabajo asalariado que los Grundrisse definen como “la forma más extrema de alienación”. Esto es lo que ciertamente a veces nos pueda hacer parecer que el “progreso” capitalista, que subordina implacablemente todas las necesidades humanas a la expansión incesante de la producción, suponga un atraso, una regresión a épocas anteriores. Y a pesar de todo, este triunfo de la alienación también significa el advenimiento de las condiciones para la plena realización de los poderes creadores del pueblo, liberado tanto de la inhumanidad del capital, cuanto de las limitaciones y opresiones de las relaciones sociales precapitalistas:
“Pero de hecho, si se despoja a la riqueza de su limitada forma burguesa, ¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capacidades, goces, fuerzas productivas, etc. de los individuos, creada en el intercambio universal? ¿qué sino el desarrollo pleno del dominio humano sobre las fuerzas naturales, tanto sobre las de la así llamada naturaleza como sobre su propia naturaleza? ¿qué sino la elaboración absoluta de sus disposiciones creadoras sin otro presupuesto que el desarrollo histórico previo, que convierte en objetivo a esta plenitud total del desarrollo, es decir al desarrollo de todas las fuerzas humanas en cuanto tales, no medidas con un patrón preestablecido? ¿qué sino una elaboración como resultado de la cual el hombre no se reproduce en su carácter determinado sino que produce su plenitud total? ¿Como resultado de la cual no busca permanecer como algo devenido sino que está en el movimiento absoluto del devenir?” (Id., pág. 448).
Definitivamente, en las descripciones de la sociedad socialista futura contenidas aquí y allá en los Grundrisse y El Capital, Marx considera que la superación de la alienación y la conquista de una vida realmente humana, está en el centro del proyecto socialista global. Pero también hay un tema que recorre estos escritos y es un elemento crucial en la respuesta de Marx a la visión del género humano contenida en la economía política burguesa, y por tanto, en su bosquejo de la perspectiva socialista. En efecto, una de las críticas persistentes de los Grundrisse, es a la forma en que “se identifica mitológicamente con el pasado”, convirtiendo sus categorías particulares en absolutos de la existencia humana. Esto es lo que se ha llamado visión tipo Robinson Crusoe de la historia: el individuo aislado, y no el individuo social, sería el punto de arranque. La propiedad privada sería la forma original y esencial de propiedad. El comercio, en vez del trabajo colectivo, sería la clave para comprender la generación de riquezas. Por eso, desde las primeras páginas de los Grundrisse, Marx abre fuego contra semejantes “Robinsonadas”, e insiste en que: “Cuanto más lejos nos remontamos en la historia, tanto más aparece el individuo –y por consiguiente también el individuo productor- como dependiente y formando parte de un todo mayor; en primer lugar y de una manera todavía muy natural, de la familia y de esa familia ampliada que es la tribu; más tarde, de las comunidades en sus distintas formas, resultado del antagonismo y de la fusión de las tribus. Solamente al llegar a el siglo XVIII, con la ‘sociedad civil’, las diferentes formas de conexión social aparecen ante el individuo como un simple medio para lograr sus fines privados, como una necesidad exterior”(Id., pág. 4).
Así pues, el individuo aislado es sobre todo un producto histórico, y en particular un producto del modo burgués de producción. Las formas comunales de propiedad y producción, no solamente fueron las formas sociales originarias en las épocas más primitivas, también persistieron en todos los modos de producción con división de clases que sucedieron a la disolución de la sociedad primitiva sin clases. Eso es más obvio en el modo “asiático” de producción, en el que un aparato de Estado central se apropia del excedente de las villas comunales, que además continuarían de otra forma las tradiciones inmemorables de la vida tribal.
En las sociedades esclavista y feudal, la vieja vida comunal fue pulverizada mucho más rápido y a fondo por el desarrollo de las relaciones comerciales y la propiedad privada. Un hecho, éste, que nos dice mucho de por qué el esclavismo y feudalismo contenían la dinámica interna que permitió la emergencia del capitalismo, mientras que en la sociedad asiática, el capitalismo tuvo que imponerse “desde fuera”. Sin embargo, se pueden encontrar importantes remanentes de formas comunales en el origen de esas formaciones: la ciudad romana, por ejemplo, surge como una comunidad de grupos de parentesco.
Mientras, el feudalismo surge no sólo del colapso de la sociedad esclavista romana, sino también de las características específicas de la comuna tribal “germánica”, cuyas clases campesinas salvaguardaron la tradición de la tierra comunal, que fue muy a menudo motivo de sus revueltas e insurrecciones durante el periodo medieval. La característica común de todas esas sociedades es que estaban dominadas por la economía natural: la producción de valores de uso prevalece sobre la producción de valores de cambio, y es el desarrollo de estos últimos lo que constituye el agente disolvente de la vieja comunidad:
“La avidez de dinero o la sed de enriquecimiento representan necesariamente el ocaso de las comunidades antiguas. De la oposición a ellas. El dinero mismo es la comunidad, y no puede soportar otra superior a él. Pero esto supone el pleno desarrollo del valor de cambio y por lo tanto una organización de la sociedad correspondiente a ellos” (Grundrisse, op. Cit., pág. 157).
En todas las sociedades previas, el valor de cambio no era el nexo de las cosas, y por eso, sólo en la sociedad capitalista, donde el valor de cambio finalmente se sitúa en el corazón mismo del proceso de producción, se destruye la vida comunal hasta el punto que se presenta como lo contrario de la naturaleza humana. Así vemos que este análisis sigue y refuerza la teoría de Marx sobre la alienación.
La importancia de este tema de la comunidad originaria en el trabajo de Marx se refleja en la cantidad de tiempo que le dedicaron los fundadores del socialismo científico. Ya había aparecido en “La ideología alemana” en la década de 1840, después Engels, volcado en los estudios etnológicos de Morgan, retomaría la misma cuestión en la década de 1870 en sus “Orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Fue un componente esencial de la respuesta marxista a las hipótesis de la economía política burguesa sobre la naturaleza humana. La propiedad privada y el valor de cambio, lejos de ser características esenciales e inmutables de la existencia humana, se esclarecieron como expresiones transitorias de épocas históricas particulares. Y mientras que la burguesía intentaba presentar la avidez de riquezas y dinero como algo inscrito en la naturaleza humana, las investigaciones históricas de Marx descubrieron el carácter fundamentalmente social de la especie humana.
Todos estos descubrimientos fueron obviamente un potente argumento sobre la posibilidad del socialismo. La sociedad capitalista, con su masa de individuos aislados, atomizados, separados unos de otros y alienados por la dominación de las mercancías, es pues, el polo contrario de la comunidad primitiva, el resultado de un largo y contradictorio proceso histórico que lleva de la una a la otra. Pero esta separación del cordón umbilical que originariamente unía al hombre con su comunidad y a la naturaleza es una dolorosa necesidad si la humanidad al final tiene que vivir en una sociedad verdaderamente comunal y verdaderamente individual, una sociedad donde se supere el conflicto entre las necesidades sociales e individuales.
Elaborado por:
José Mauricio Torres Paz
Activador de “Misión Cultura”
Miembro del Consejo Regional del Poder Comunal, D.C por el M.P.P para la Cultura.
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