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EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net

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Al nuevo humanismo científico no parece interesarle Dios

05.10.07

En 1991, en un artículo titulado “The Emerging Third Culture” [El nacimiento de la tercera cultura], el escritor y editor John Brockman planteaba que en estos últimos años, el terreno de juego de la vida intelectual de vanguardia ha experimentado un cambio, y el intelectual tradicional va quedando cada vez más relegado. Que una educación al estilo de los años cincuenta, basada en Freud, Marx y el modernismo, no es base cultural suficiente para el ser pensante de hoy en día. Es más, los intelectuales americanos tradicionales son, en cierto sentido, cada vez más reaccionarios, y con frecuencia se jactan (contra toda lógica) de su ignorancia sobre infinidad de logros intelectuales verdaderamente
significativos de nuestro tiempo. Debido a su desprecio por la ciencia, su cultura carece a menudo de todo empirismo: utiliza su propia jerga; en aislamiento se ocupa de sus propios asuntos internos, y su característica fundamental son sus comentarios de comentarios, que van girando en una espiral interminable hasta perder de vista el mundo real.

 

Quince años después, esa cultura fosilizada habría sido reemplazada esencialmente por la “tercera cultura”, opina Brockman en el prólogo al libro que ha compilado y editado -El nuevo humanismo, editorial Kairós, 2007-, que hace referencia a C.P. Snow y su célebre división del mundo del pensamiento en dos culturas: la del intelectual de letras y la del científico. Esta nueva cultura está constituida por aquellos científicos y pensadores del mundo
empírico que, a través de sus investigaciones y escritos descriptivos, han ocupado el lugar del intelectual tradicional gracias a haber empezado a revelar de forma clara el sentido último de nuestras vidas, redefiniendo quiénes somos y lo que somos.

 

Haciendo competencia directa a la religión en una palabra. De ahí la enorme preocupación del Vaticano por este último y poderoso empuje del racionalismo, del empirismo, del relativismo. Así, el pasado agosto, Benedicto XVI al glosar la figura de San Gregorio Nacianceno, insistía en 'la primacía de Cristo: sin Dios el hombre pierde su grandeza, sin Dios no existe verdadero humanismo”.

 

Pero los científicos de la tercera cultura avanzan mientras tanto, nos han introducido en uno de los períodos de actividad intelectual más deslumbrantes de la historia de la humanidad. El nacimiento de esta nueva cultura es indicio de una gran hambre intelectual, de un anhelo de acceder a las importantes ideas nuevas que marcan nuestro momento histórico: los revolucionarios descubrimientos de la biología molecular, la ingeniería genética, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la vida artificial, la teoría del caos, el paralelismo masivo, las redes neuronales, el universo inflacionario, los fractales, los sistemas adaptativos complejos, la lingüística, las supercuerdas, la biodiversidad, el genoma humano, los sistemas expertos, el equilibrio puntuado, los autómatas celulares, la lógica difusa, la realidad virtual, el ciberespacio y las máquinas teraflop. Entre otros.

 

En torno al siglo XV, la palabra “humanismo” coincidía con la idea de un todo intelectual. Cualquier noble florentino sabía que leer a Dante pero a la vez ignorar la ciencia, era un disparate. Leonardo da Vinci fue un gran artista, un gran científico y un gran tecnólogo; Miguel Ángel fue un artista e ingeniero aún más extraordinario. Estos hombres eran intelectualmente gigantes holísticos; para ellos, la idea de abrazar el humanismo y vivir a un tiempo en la ignorancia de los últimos logros científicos y tecnológicos hubiera sido incomprensible. Ha
llegado la hora de restablecer la definición holística.

En el siglo XX, un período de formidable progreso científico,
en vez de conceder un lugar a la ciencia y a la tecnología
en el centro del mundo intelectual –de dar a la erudición un
significado unitario, que incluyera la ciencia y la tecnología
además de la literatura y el arte–, la cultura oficial las desterró.
Los estudiosos de las humanidades consideraron que la
ciencia y la tecnología eran actividades de carácter técnico
y restringido; como consecuencia, las universidades de elite
excluyeron discretamente la ciencia de los planes de estudio
universitarios de humanidades, al igual que de las mentes de
muchos jóvenes, que, como la nueva clase académica dirigente,
se automarginaron hasta tal punto que perdieron toda posibilidad
de contacto directo con el campo de acción.

 

Demasiado a menudo, el debate en el ámbito académico
tiende a centrarse en cuestiones tales como quién era o no era
estalinista en 1937, o cómo se dispuso el alojamiento de los
miembros del grupo de Bloomsbury un fin de semana a principios
del siglo XX. Con esto no quiero dar a entender que estudiar
historia sea una pérdida de tiempo: la historia explica
nuestros orígenes y nos evita el trabajo de tener que reinventar
la rueda. Ahora bien, la pregunta es: ¿historia de qué? ¿Queremos
que el centro de la cultura se base en un sistema cerrado,
en un proceso de inserción-eliminación de textos, sin ningún
contacto empírico con el mundo real? Uno no puede por
menos que maravillarse ante, por ejemplo, críticos de arte
que no saben nada sobre percepción visual; ante críticos literarios,
“construccionistas sociales”, que carecen del menor interés
en los descubrimientos universales documentados por los
antropólogos acerca del ser humano; ante opositores a los alimentos
transgénicos, a los aditivos y a los residuos de los pesticidas
que tienen un total desconocimiento de genética y biología
evolutiva.

Se puede establecer una distinción fundamental entre la literatura
de la ciencia y la de aquellas disciplinas cuyos temas
son autorreferenciales y, a menudo, meras exégesis de pensadores
anteriores. A diferencia de esas disciplinas en las que
no existen expectativas de progreso sistemático y en las
que uno reflexiona sobre las ideas de otros y las recicla, la
ciencia –en sus diversos campos– plantea cada vez más y
mejores preguntas, y mejor formuladas. Son preguntas enunciadas
para suscitar respuestas; y cuando encuentra las respuestas,
la ciencia sigue adelante. Mientras tanto, el estamento
humanista tradicional continúa con su exhaustiva hermenéutica
insular, sumida en el pesimismo cultural, aferrándose a
su particular perspectiva desesperanzada de los acontecimientos
mundiales.

«Vivimos en una era en la que el pesimismo se ha convertido
en lo normal», escribe Arthur Herman en The Idea of Decline
in Western History [La idea de decadencia en la historia
occidental]. Herman, coordinador del Programa Western
Civilization en la institución Smithsonian, explica que el
declive de Occidente, la visión occidental de que la nuestra
es una “sociedad enferma”, ha pasado a ser el tema dominante
del discurso intelectual, hasta el punto de que la idea misma
de civilización ha cambiado. Continúa diciendo:
Este nuevo orden puede tomar la forma de la utopía medioambiental
radical de Unabomber; o puede también concretarse
en el superhombre de Nietzsche, en el nacionalsocialismo
ario de Hitler, en la utópica unión de tecnología y Eros
de Marcuse, o en el fellahin revolucionario de Frantz Fanon.
Sus mensajeros pueden ser los ecologistas “amigos de la
Tierra”, las multiculturalistas “personas de color”, las feministas
radicales Nuevas Amazonas, o los Nuevos Hombres
de Robert Bly. La forma concreta del nuevo orden variará
según los gustos; no obstante, su virtud más destacada será
su carácter no, o incluso anti, occidental. En última instancia,
lo que al pesimista cultural le importa no es tanto lo que
se va a crear como lo que se va a destruir, y que es básicamente
una sola cosa: nuestra sociedad moderna “enferma”
[...] La desesperanza y la duda sembradas se han vuelto tan
omnipresentes que las aceptamos como postura intelectual
indiscutible, aun cuando ésta se halle en directa contradicción
con nuestra propia realidad.

Un elemento clave de este pesimismo cultural es la creencia
en el mito del “buen salvaje”: es decir que, antes de que
existieran la ciencia y la tecnología, la gente vivía en ecológica
armonía y felicidad. La realidad es bien contraria. Que el
cambio más trascendente continúe siendo el ritmo del cambio
resultará probablemente difícil de asimilar si uno sigue
mirando el mundo a través de los ojos de Spengler o de Nietzsche.

La ciencia se halla aún prácticamente en sus comienzos.
Amedida que avanza y gana terreno, se amplía y aclara el horizonte.
Esos avances han cambiado nuestra forma de ver el
lugar que ocupamos en la naturaleza. La idea de que somos
una parte integrante de este universo –un universo gobernado
por leyes físicas y matemáticas con las que nuestros cerebros
están en sintonía y que son capaces de comprender– nos da
una nueva perspectiva de nuestro lugar en el desarrollo de
la historia natural.

Haber descubierto que el tiempo bien podría ser interminable
nos ofrece una perspectiva nueva de la especie humana:
la de que ésta no sea en ningún sentido la culminación, sino
quizá sólo una etapa temprana en el proceso evolutivo. Este
concepto es resultado de la observación y el análisis minuciosos,
de un pensar basado en la ciencia, y nos permite ver que
la vida desempeña un papel todavía mucho más importante en
el futuro del universo.

Al igual que los científicos, los estudiosos de
las humanidades que se apoyan en una base científica son
intelectualmente eclécticos; buscan sus ideas en una diversidad
de fuentes, y adoptan aquellas que demuestran ser válidas, más
que trabajar dentro de un “sistema” o “escuela”. Como tales, no
son eruditos marxistas, eruditos freudianos o eruditos del
catolicismo. Conocen la ciencia, piensan como científicos, y se
comunican fácilmente con ellos; su principal diferencia con
los científicos son los temas sobre los que escriben, no su estilo
intelectual. Para los estudiosos de las humanidades realmente
serios, el pensar basado en la ciencia forma ahora parte
de la cultura pública.

En pocas palabras, hay algo radicalmente nuevo en el ambiente:
nuevos modos de entender los sistemas físicos, nuevas
formas de pensar en el pensamiento que ponen en tela de juicio
muchos de los supuestos básicos que hasta ahora dábamos
por hechos. Hay una biología realista de la mente y unos
avances de la física, de la tecnología informática, la genética,
la neurobiología, la ingeniería y la química de los materiales
que cuestionan todas ellas los supuestos fundamentales sobre
quiénes y qué somos, sobre lo que significa ser humano. Las
artes y las ciencias han empezado a unirse de nuevo en una
sola cultura: la tercera cultura. Aquellos que participan en esta
labor, desde uno y otro lado de la vieja línea divisoria de C.P.
Snow, se encuentran hoy día en el centro de la acción intelectual.
Ellos son los nuevos humanistas.

El nuevo humanismo es una exploración de este nuevo panorama
intelectual, escribe Brockman en este texto fechado en Nueva York
en 2003. En ella, sigo de cerca las revolucionarias
investigaciones e ideas de pensadores clave de diversos campos,
tales como la informática, la cosmología, la cognición y
la biología evolutiva, que debaten unos con otros, que aprenden
unos de otros, y que aplican lo que aprenden de maneras
innovadoras. Son la bióloga evolutiva Helena Cronin, el filósofo
Daniel C. Dennett, el biogeógrafo Jared Diamond, el
tecnólogo Ray Kurzweil, el antropólogo biológico Richard
Wrangham, los científicos informáticos Rodney Brooks,
David Gelernter, Jaron Lanier, Marvin Minsky, Hans Moravec
y Jordan B. Pollack; los científicos cognitivos Andy
Clark y Marc D. Hauser; los psicólogos Stephen M. Kosslyn
y Steven Pinker, y los físicos David Deutsch, Alan Guth,
Seth Lloyd, Lisa Randall, Martin Rees, Lee Smolin y Paul
Steinhardt. El nuevo humanismo intenta hacer evidente una
revolución que es ya un hecho, pues los debates que aquí salen
a la luz definirán las próximas décadas de pensamiento
científico.

La revista The New Scientist ha calificado el sitio
Web de Brockman,
www.edge.org, de «impresionante por su alcance»
y lo ha aclamado por formular «importantes, profundas y
ambiciosas preguntas: preguntas que denotan que finalmente
la ciencia ha empezado a introducirse lentamente en el ámbito
de la filosofía y la religión».-

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