“Pero he ahí que apareció Proudhon: hijo de un campesino, y por naturaleza e instinto cien veces más revolucionario que todos los socialistas doctrinarios y burgueses, se armó de una crítica tan profunda y penetrante como despiadada, para destruir todos sus sistemas. Oponiendo la libertad a la autoridad contra esos socialistas de Estado, se proclamó atrevidamente anarquista, y, en las barbas de su deísmo o de su panteísmo, tuvo el valor de proclamarse sencillamente ateo, o más bien, con Augusto Comte, positivista. Su socialismo, fundado en la libertad tanto individual como colectiva, en la acción espontánea de las asociaciones libres, no obedeciendo a otras leyes que a las generales de la economía social, descubiertas o a descubrir por la ciencia, al margen de toda reglamentación gubernamental y de toda protección de Estado, subordinando, por otra parte, la política a los intereses económicos, intelectuales y morales de la sociedad, debía más tarde, y por una consecuencia necesaria, llegar al federalismo.”
Mijail A. Bakunin, Federalismo, Socialismo y Antiteologismo
Este año se cumplen dos siglos del nacimiento del que fuera el primer revolucionario en emplear el término “anarquista” para referirse a sí mismo, y para hacerlo además en un sentido positivo [1]; hablamos de Pierre Joseph Proudhon. Observamos con cierta preocupación que su obra resulta hoy desconocida para muchos, cuando no tergiversada por otros para servir a propósitos capitalistas, y especialmente grave ha sido, en el contexto de esta manipulación, el vilipendio a que ha sido históricamente sometido por Karl Marx y sus posteriores adláteres. Así pues, al objeto de clarificar ciertos aspectos de la obra proudhoniana, así como el por qué de su ruptura con Marx y su influencia en el movimiento libertario posterior, presentamos el siguiente artículo, no con el deseo de encumbrar al francés a un trono similar al de Marx, cosa a evitar por los anarquistas, sino en el afán de hacer justicia a un teórico y militante que, como decíamos, resulta en exceso desconocido, y de quien, fruto de este desconocimiento, muchas veces se aceptan las críticas que le dirigieron quienes pretendieron hundirlo por intereses políticos o patentes sobre el movimiento obrero.
Proudhon nace en Besançon en 1809, fruto de la unión entre un tonelero y una sirvienta, lo que le valdrá la amable consideración del historiador Edouard Dolléans como “gran filósofo y tribuno plebeyo”. También Marx expresaría su reconocimiento en este sentido en La Sagrada Familia (1845), aunque abordaremos esta cuestión más adelante, y debiendo tener en cuenta que pronto cambiaría su juicio respecto al socialista francés. Ya desde muy pequeño se revelará Proudhon como un niño de notable inteligencia, lo cual, y pese a lo humilde de sus orígenes, le permitirá acceder a cursar estudios secundarios a través de una beca, que no obstante se vería obligado a abandonar a la edad de dieciséis años por tener que ayudar a sus padres. A partir de entonces, convertido ya en obrero tipógrafo, que fue su primer oficio, encontramos a un Proudhon autodidacta que deberá compaginar su propio mantenimiento económico con la profundización en aquellos campos del saber que más le interesan, y que son los que se plasman en sus libros. Pese a que sus primeras obras impresionarían a la Academia de Besançon, de modo que le sería concedida una segunda beca para acceder a estudios superiores, ésta le sería retirada por un tribunal a comienzos de la década de los 40 tras el escándalo que suscitan obras como ¿Qué es la Propiedad? (1840) o Advertencia a los Propietarios (1842). A partir de este momento, la vida de Proudhon se convierte en un torbellino militante, que lo llevará a las calles en 1848, a prisión en otras ocasiones, e incluso a la Asamblea Nacional (Parlamento francés) en el mismo año de 1848, periplo del cual podemos señalar el nada despreciable logro de haber conseguido que 691 diputados de los 693 que componían el total aprobasen una moción de condena contra él tras la cual abandonaría la Cámara, llevando en ella apenas meses. No debe entenderse su breve aventura parlamentaria como una incoherencia, al menos en mi opinión, sino como un experimento. No debemos olvidar en ningún momento que Proudhon fue pionero en innumerables ámbitos, y que, con aciertos y errores, su vida la pasó buscando de modo incesante la vía adecuada para que los trabajadores, entre los que se contaba, alcanzasen su emancipación. Así, el discurso que motivaría su expulsión de la Asamblea Nacional (sesión del 31 de julio de 1848), sería expresado por él en estos términos: “en caso de negativa a la abolición de las rentas, a la reducción de la propiedad a la simple posesión, nosotros mismos procederemos a la liquidación sin vosotros”, y preguntado por quiénes eran, respectivamente, ese “nosotros” y ese “vosotros”: “Nosotros somos el proletariado al que pertenezco, vosotros sois la clase burguesa”. Esta afirmación escandalizaría incluso a los diputados socialistas, y a partir de esta comprobación práctica de que es imposible defender con honestidad la causa obrera en el Parlamento, ya que si se es honesto acaba uno expulsado, y si se quiere mantener el escaño es preciso pervertir el programa socialista, se convertiría Proudhon, y tras él el anarquismo entero, en antiparlamentario irreconciliable con la política institucional.
En este sentido, y tan solo un año después, escribe en Confesiones de un Revolucionario (1849), que “La esperanza de llegar pacíficamente a la abolición del proletariado es una utopía”, que “Pertenezco al partido del trabajo contra el del capital” y también que “Una vez que hube puesto los pies en el Sinaí parlamentario había dejado de estar en relación con las masas: a fuerza de absorberme en mis trabajos legislativos, acabé por perder enteramente de vista las cosas corrientes... Es necesario haber vivido en ese aislador llamado Asamblea Nacional para llegar a concebir cómo los hombres que ignoran de forma más absoluta el estado de un país son casi siempre los que lo representan”. Incluso el propio Marx, en el epitafio que escribió a la muerte de Proudhon (1865), y en el que por norma general no dedica precisamente palabras amables al recién fallecido adversario, reconoce no obstante que “Su actitud en la Asamblea Nacional no merece sino elogios. Después de la insurrección de junio significaba un acto de gran valor”. Muy poco tiempo después, y tras defenestrar al príncipe y presidente Luis Napoleón Bonaparte como “el peor enemigo del socialismo y del proletariado”, sería condenado a tres años de cárcel. Tras su excarcelación, hacia 1853, Proudhon es ya un luchador veterano y admirado por sus compañeros de clase en Francia (no olvidemos que La Capacidad Política de la Clase Obrera, publicada a título póstumo en 1865, es en realidad una respuesta a consultas que le habían hecho grupos de obreros).
Aparte de lo reseñado, cabe recordar también otras experiencias de Proudhon, como su adhesión en 1848 a la clandestina asociación obrera “Sociedad Secreta de los Mutualistas” (no es el término mutualismo de cuño proudhoniano, sino que lo adoptaría para sí en este momento, al conocerlo de otros obreros; el propio Kropotkin explica que Proudhon conoció el mutualismo a través de otros), agrupación que abandonaría al ser encarcelado y que nunca retomaría por las disputas internas que presenció en su seno y que tan frecuentes eran en las organizaciones clandestinas, que en adelante no gozarían especialmente de las simpatías del francés (siendo, en esto, diferente de Bakunin).
De esta breve exposición biográfica de Proudhon, únicamente espero que se me permita la afirmación de que no nos hallamos ante un diletante, ni mucho menos ante un liberal en economía. Cierto que Proudhon no es comunista, y que en no pocas ocasiones se manifiesta contrario a esta doctrina, pero es de justicia aclarar que el término “comunismo”, en su época, hace alusión al blanquismo, a los seguidores de Babeuf, a Buonarroti... en fin, a toda una serie de pensadores destacados por su autoritarismo. De esta forma, y manifestando que tan nociva es la libertad auspiciada en la propiedad privada como el socialismo defendido por el Estado (que es lo que él identifica como comunismo), en una apreciación que recuerda a Bakunin [2], Proudhon aporta una solución acorde con su visión antinómica de la realidad: la Anarquía, que en economía se llama mutualismo y en política federalismo (llega a establecer una relación de ambivalencia entre ambos términos, mutualismo y federalismo, y no puede por menos que resultar chocante que se niegue la influencia de Proudhon en el Movimiento Obrero posterior cuando es este federalismo, idea proudhoniana por antonomasia, el dominante en lo más activo del proletariado de las décadas siguientes). Sobre su pretendido carácter pequeñoburgués, él mismo habla claro, en estos dos ejemplos que no son sino parte de los innumerables que podríamos alegar:
“El Capital, cuyo análogo en el dominio político es el gobierno, tiene por sinónimo en la religión el catolicismo. La idea económica del Capital, la política del gobierno o de la autoridad y la idea teológica de la Iglesia son tres ideas idénticas y variablemente ligadas; atacar a una significa atacarlas todas, como saben hoy exactamente todos los filósofos. Lo que el Capital hace al trabajo, y el Estado a la libertad, lo hace la Iglesia, por su parte, al espíritu. Esa trinidad del absolutismo es en la práctica tan funesta como en la filosofía. Para oprimir eficazmente al pueblo hay que encadenar simultáneamente su cuerpo, su voluntad y su razón. Cuando el socialismo quiera mostrarse de un modo completo, positivo, libre de todo misticismo no tiene más que hacer una cosa, poner en circulación espiritual la idea de esa trinidad.”
Confesiones de un Revolucionario (1849)
“Quienquiera que para utilizar y organizar el trabajo acuda a los conceptos de poder y de capital, miente porque no hay nada más que organizar que la supresión de este capital y este poder.”
Sistema de las Contradicciones Económicas o Filosofía de la Miseria (1846)
Ocupémonos ahora de sus, ora fraternas ora deshechas, relaciones con Marx.
En La Sagrada Familia de Marx, 1845, hay un capítulo entero dedicado a Proudhon, en el que entre otras cosas se lee:
“Proudhon no escribe solamente en nombre de los proletarios, él mismo es proletario. Su obra es un manifiesto científico del proletariado francés y presenta una importancia histórica enteramente distinta a la elucubración literaria de un crítico cualquiera”
Reseñable es que Marx también sería, según sus palabras, “un crítico cualquiera” al estudiar la cuestión social desde la barrera, sin haber sido nunca un obrero él mismo. En este caso se refería no obstante a los socialistas utópicos, que como él eran gentes de extracción burguesa generalmente, y debe decirse que llama la atención por lo tanto hasta qué punto es grande su ego, que declarándose materialista absoluto y no concediendo nada a la individualidad consciente en el desenvolvimiento de la sociedad, se considera a sí mismo exento de esta diferencia entre el militante y el diletante, y se arroga el derecho mesiánico de elaborar la doctrina del verdadero socialismo científico, en términos de imperfectibilidad.
La ruptura entre Marx y Proudhon no se produce por otra cosa que motivos personales. Es de destacar que Marx tiene la extraña costumbre de denostar a todo aquél cuyo pensamiento le hubiera ayudado previamente a construir su teoría... Hegel, Feuerbach, los emigrados alemanes de París, que se reclaman representantes del “verdadero socialismo”, todos ellos sufren su azote una vez se ha extraído de sus pensamientos lo que a Marx le interesa para elaborar su propia teoría. Un miembro destacado del mencionado grupo de alemanes en París es Karl Grün, y el 5 de mayo de 1846 Marx escribe a Proudhon una carta casi podría decirse que exhortándole a romper relaciones con él. También en esta carta pretende el alemán sondear al francés, para contar con él como colaborador, si se hubiera prestado, en su proyecto de organización socialista (de tinte exclusivista y vanguardista, como no podría ser de otro modo en Marx) que en 1848 germinará en el famoso Manifiesto del Partido Comunista. El 15 de mayo se produce la respuesta del francés, que es un ejemplo de independencia y honestidad. Dice respecto al ofrecimiento de colaboración: “... hago profesión de un antidogmatismo económico casi absoluto. ¡Por Dios!, después de haber demolido todos los dogmas a priori, no caigamos a nuestra vez en la contradicción de vuestro compatriota Martín Lutero... no pensemos a nuestra vez en adoctrinar al pueblo. Aplaudo cordialmente su idea de aclarar todas las opiniones, mantengamos una buena y leal polémica; demos al mundo el ejemplo de una sabia y previsora tolerancia, pero, dado que estamos a la cabeza del movimiento, no nos transformemos en jefes de una nueva intolerancia; no nos situemos como apóstoles de una nueva religión, aunque sea la religión de la lógica y la razón. Reunámonos y alentemos toda protesta, condenando todo exclusivismo; nunca consideremos una organización como plenamente conocida... Bajo esta condición, entraré gustoso en su organización; en caso contrario, no”, y respecto a Karl Grün, quien permitió a Proudhon conocer a Marx entre otras cosas “... Querido señor Marx, le vería con placer corregir un juicio producido por un instante de irritación, porque usted estaba encolerizado cuando me escribió.”
He aquí el cisma entre ambos, exasperado Marx ante un pensador socialista de quien había incluso esperado que fuera colaborador, y que le responde que sólo lo hará en base a la libertad de pensamiento, dentro de los márgenes del socialismo (definida esta doctrina como aquella que, del modo que sea, propugne el control obrero de los medios de producción). En adelante será Proudhon su anatema, como lo serán también los obreros de la Sección Francesa de la AIT, que encabezados por el proudhoniano Tolain no dejarán de exigir al Consejo General que ceje en su pretensión de atribuirse capacidades ejecutivas, en respeto del federalismo y la autonomía de las secciones. Sólo con la aparición de un nuevo portento libertario, Bakunin, que pronto se convertirá en protagonista de las pesadillas de Marx, olvidará éste su inquina para con el francés, y es que si Marx toma contacto con la obra de Proudhon en la época de La Gaceta Renana (1842), es a partir de esta herida en el orgullo que recibe de las epístolas del de Besançon cuando se convierte en el “antiproudhon”, para mayor gloria de sus muchas incoherencias. Llama la atención que el Sistema de Contradicciones Económicas o Filosofía de la Miseria de Proudhon, que será una obra en parte recordada por las críticas que le dedicó Marx, es escrita en 1846. La Miseria de la Filosofía de Marx aparece en 1847, un año después de la publicación de la obra antedicha, pero también de la negativa de Proudhon a romper relaciones con Karl Grün, y de su consejo a Marx de ser menos dogmático y vanguardista. Para Proudhon esta crítica será una sorpresa, al ser una obra la de Sistema de Contradicciones Económicas escrita en el mismo sentido que ¿Qué es la Propiedad? (tan vanagloriada por Marx en La Sagrada Familia, a lo largo de sesenta páginas, tan solo un año antes de la publicación de Sistema...) y en la que en todo caso se aportan nuevos elementos teóricos de refuerzo (de hecho, las referencias a ¿Qué es la Propiedad? son constantes en la obra que nos ocupa). A este respecto, se acabaría convenciendo, no sin acierto, de que la motivación de Marx encuentra su causa fundamental en los celos: “El verdadero sentido de la obra de Marx, es que deplora que yo haya pensado como él, y que lo haya hecho antes que él. Le interesa que el lector crea que es Marx el que, después de haberme leído, tiene el sentimiento de pensar como yo. ¡Qué hombre!” [3]
Precisamente, a este respecto se debe señalar que Marx, exégeta sistematizador de teorías previas antes que pensador original, aunque muy proclive a presentar como suyo lo que le inspiraron otros, encuentra en Proudhon explicaciones propias de conceptos tales como el de socialismo científico o el de plusvalía, a saber: en Sistema de Contradicciones Económicas y en ¿Qué es la Propiedad? se dirige una crítica contra el tipo de individualismo que genera la propiedad capitalista, incapaz de ver en la sociedad otra cosa que una simple suma de individuos idénticos. Según Proudhon, de ahí viene la negación de la productividad de “seres colectivos” tales como las masas obreras de talleres, fábricas, etcétera, lo cual supone atribuir al capitalismo el “excedente colectivo creado por la fuerza colectiva.” Lo que aquí tenemos es una enunciación del concepto de plusvalía veinticuatro años anterior a la publicación de El Capital:
“Se dice que el capitalista ha pagado los jornales de los obreros; pero para ser exactos es preciso decir que el capitalista ha pagado tantas veces un jornal cuantos obreros ha empleado cada día. Esto no es absolutamente lo mismo que aquello; no es, pues, lo mismo pagar muchas veces el esfuerzo de cada uno que pagar una vez el esfuerzo de todos los trabajadores unidos. Pues la fuerza inmensa que resulta de la unión y armonía de los trabajadores, de su convergencia y la simultaneidad de sus esfuerzos no la ha pagado. En efecto, doscientos obreros, que en unas cuantas horas solamente han puesto en pie el obelisco de Luxor, construyen éste muchísimo más deprisa que un solo hombre trabajando durante doscientos días. Sin embargo, lo que el capitalista paga son sueldos individuales y no colectivos... La más pequeña industria exige la colaboración de trabajos y de talentos tan diversos, que un solo hombre no los podría poseer jamás. Es asombroso que los economistas no se hayan dado cuenta de este hecho. ¡Hagamos cuentas de lo que el capitalista ha sacado del trabajo de los obreros, y de lo que él, por su parte, ha pagado!... Cuando se paga a las fuerzas individuales, no se paga la fuerza colectiva. Hay, en consecuencia, un derecho de propiedad colectiva no pagado por el capitalista al obrero.”
¿Qué es la Propiedad? (1840)
También se ahonda con posterioridad:
“Se roba en el comercio y la industria, siempre que el empresario se queda con parte del salario del obrero o percibe algo más que lo que le corresponde.
Al ocuparme del valor, he demostrado que todo trabajo debe dejar un excedente; de modo que, suponiendo que el consumo del trabajador sea siempre el mismo, su trabajo debería crear, además de su subsistencia, un capital cada vez mayor. Bajo el sistema de la propiedad, el excedente del trabajo, esencialmente colectivo, pasa todo, como la renta, al propietario. Ahora bien: entre esta apropiación disfrazada y la usurpación fraudulenta de un bien comunal, ¿qué diferencia existe?”
Sistema...
En el caso del socialismo científico como concepto, que ha de superar las formas anteriores de socialismo utópico, cuyo principal defecto consiste en que si bien aciertan en cómo debería ser la sociedad son incapaces de establecer un nexo entre la idealidad y la realidad del presente o de concretar la base económica de la organización social futura, de modo que no son propicias para señalar cómo desencadenar el cambio necesario, la usurpación es todavía más flagrante, por cuanto que Proudhon incluso emplea el término, al que da una significación acorde con su pensamiento y que nada tiene que ver con lo que la historia reciente nos ha dado en herencia bajo ese nombre:
“Así, en una sociedad, la autoridad del hombre sobre el hombre está en razón inversa del desarrollo intelectual conseguido por esa sociedad, y la duración probable de esta autoridad puede calcularse en razón directa de la mayor o menor aspiración a un verdadero gobierno, es decir, a un gobierno establecido con arreglo a principios científicos. Así como el derecho de la fuerza y el de la astucia se restringen por la determinación cada vez mayor de la idea de justicia y acabarán por desaparecer en la igualdad, la soberanía de la voluntad cede ante la soberanía de la razón y terminará por aniquilarse en un socialismo científico. La propiedad y la autoridad están amenazadas de ruina desde el principio del mundo, y así como el hombre busca la justicia en la igualdad, la sociedad aspira al orden en la anarquía.”
¿Qué es la Propiedad?
Vemos aquí a un Proudhon que, como se dice más arriba, supera el socialismo utópico (no en vano, el francés llamará a su sociología “ciencia social”). También recordamos que esta cita pertenece a una obra en su día elogiada por Marx. Puesto que las palabras adquieren significados diferentes según las circunstancias, los valores y el sistema filosófico de cada cual, cabe afirmar que el “socialismo científico” de Marx, de los socialdemócratas y de los bolcheviques, no es otra cosa que la deformación del significado de las palabras de Proudhon. Una mentalidad hegeliana, como la del economista alemán, no podría ver en “un gobierno establecido con arreglo a principios científicos” otra cosa que un comité de expertos estudiosos de todas las disciplinas de las ciencias sociales (sociología, economía, política) con el papel de guiar, merced a su dominio intelectual, los designios del resto. Otro tanto se diría de la sentencia “la soberanía de la voluntad cede ante la soberanía de la razón y terminará por aniquilarse en un socialismo científico”, de la que, por efecto de la tergiversación, se podría colegir un rechazo de la individualidad en beneficio de la sociedad como ente abstracto, que el socialismo científico estaría llamado a hacer efectivo. Éstas son las interpretaciones de Marx, que se derivan directamente de su concepción absoluta de términos como ciencia y razón. Sin embargo, Proudhon habla claro cuando, al dirigirse al propio Marx, dice como se vio antes: “no nos situemos como apóstoles de una nueva religión, aunque sea la religión de la lógica y la razón”. El de Besançon rehuye en todo momento cualquier pretensión de convertirse en guía de la revolución, o de establecer una vía infalible hacia el cambio social. ¿Por qué hace esto? Porque su concepción de la ciencia y la razón difiere profundamente de la visión marxiana. Para Proudhon, lo mismo que para los anarquistas que le sucedieron, ambas son entes en construcción, no acabados, ni perfectos, ni completos. Por ello mismo, y visto desde este prisma, el “gobierno establecido con arreglo a principios científicos” significa, en el pensamiento de su propio autor, algo muy distinto a la interpretación de Marx: es aquel gobierno del que participan todos los implicados en el proceso productivo. Es el gobierno descentralizado, es la democracia directa, es la federación y la mutualidad de los productores, es la participación del obrero, de cada obrero, en la vida económica, es el gobierno que no gobierna. Es la conversión de las fábricas y los campos en laboratorios de ciencia social, y de todos los productores en investigadores dedicados al progreso económico y moral, al aumento de su educación y su propio bienestar.
Igualmente, esa “soberanía de la voluntad” que ha de ceder ante “la soberanía de la razón” y terminar por aniquilarse “en un socialismo científico” no es otra cosa que una crítica demoledora de la arbitrariedad irracional de quien gobierna a otros hombres, siendo la autoridad un principio anticientífico basado en la superstición que ha de destruir el socialismo científico. Justo al contrario que para Marx, para Proudhon, padre verdadero del concepto de socialismo científico, éste es necesariamente libertario. Por eso culmina el párrafo al que nos hemos referido con unas palabras tan esclarecedoras como éstas: “La propiedad y la autoridad están amenazadas de ruina desde el principio del mundo, y así como el hombre busca la justicia en la igualdad, la sociedad aspira al orden en la anarquía.”
Continuando en la línea de superación del socialismo utópico, clama Proudhon en Sistema... contra esas prédicas mesiánicas a las que tan afectos eran sus predecesores, impulsando valores a la par que olvidaban las críticas a la base económica del capitalismo: “Porque el orden en la sociedad se establece con los cálculos de una justicia inexorable, de ningún modo por los sentimientos paradisíacos de fraternidad, de abnegación y de amor, que tantos apreciables socialistas se esfuerzan hoy por excitar en el pueblo. En vano, a ejemplo de Jesús, predican la necesidad y dan ejemplo del sacrificio; el egoísmo puede más, y sólo la fatalidad económica es capaz de domarle.” Es por lo tanto imprescindible para Proudhon que, en adelante, las propuestas socialistas se centren en un análisis de las relaciones económicas, sin olvidar el contenido ético pero dándole a éste una base material. Más adelante, Marx, que también en esto presentará como propio algo que leemos antes en Proudhon, hará gala de absolutismo ideológico sin par al afirmar un materialismo excluyente, en función del cual todo se remonta en último término a las relaciones productivas y a las del hombre (entendido en sentido abstracto, como era el gusto de Feuerbach y contra el que reacciona Stirner, aunque esto es harina de otro costal) con su entorno.
Vale la pena también mencionar el concepto de praxis, que, nuevamente varios años antes que Marx, Proudhon concibe en un sentido militante, lo mismo al afirmar que “la idea nace de la acción y vuelve a la acción” como al leerse, en Sistema...: “La sociedad, como la lógica, tiene, pues, por ley primordial, la armonía de la razón y de la experiencia. Armonizar la razón y la experiencia, marchar unidas la teoría y la práctica, he ahí lo que se proponen el economista y el filósofo; he ahí el primero y el último mandamiento que se impone a todo ser que obra y piensa: condición fácil, sin duda, si sólo se la considera en esta fórmula tan simple en la apariencia; pero esfuerzo prodigioso, sublime, si se tiene en cuenta todo lo que el hombre hizo desde el principio, tanto por sustraerse como por conformarse a ella.” Y nuevamente señalando la diferencia entre el militante y el diletante, es necesario afirmar que Marx entraría en esa primera categoría de “condición fácil”, puesto que no por mucho afirmar la convergencia de la teoría y la práctica en un mismo concepto dejó él nunca de ser un teórico desligado de la lucha cotidiana, al uso de la burguesía y las cátedras universitarias [4].
Podríamos hablar igualmente, en fin, de avatares como el llamamiento a la internacionalización de la lucha obrera, que dos años antes de que El Manifiesto del Partido Comunista concrete en su famoso “Proletarios del mundo, uníos”, es expresado por Proudhon en Sistema... en términos muy similares, con una carga antiautoritaria añadida: “El Estado se convirtió en una nueva servidumbre para el proletario, y entonces exclamé: Que todos los trabajadores se tiendan la mano de nación a nación”.
En suma, nos dice Juan Gómez Casas en el prólogo de la edición preparada por él mismo de Del Principio Federativo:
“La ascendencia campesina y artesanal de Proudhon trasciende en su pensamiento, pero ello, lejos de significar una limitación congénita, una incapacidad para razonar a gran escala y aprehender las razones profundas del desarrollo histórico, como pretenden muchos de sus detractores, es lo que comunica perennidad a su pensamiento. Campesino de las montañas del franco condado, estuvo de niño en contacto con la naturaleza en su carácter multiforme y vario. Es decir, tiene en su haber una escuela primaria de la que siempre estará privado Karl Marx, en opinión de Dolléans. Es un hombre real que parte del conocimiento de la pluralidad de la naturaleza. Lo que es lo debe tanto a este hecho como a su experiencia humana. Crece entre el pueblo, trabaja con sus manos. Los diversos trabajos en que se ocupa le ponen en contacto con obreros, campesinos y barqueros. Frente a Proudhon, dice Dolléans, Marx será siempre el hombre abstracto que mantiene frente al pueblo la actitud del ideólogo y del maestro de escuela. Proudhon parte de la realidad pluriforme, Marx de sistematizaciones filosóficas, que en ocasiones tienden a deformar la realidad para hacerla encajar en el sistema.”
También el propio Proudhon hace una observación similar en Sistema..., lógicamente previa a las críticas de Marx y dirigida a quienes igual que el alemán se burlan de sus orígenes y su autodidactismo, pretendiendo así echar por tierra la contribución teórica del que fuera calificado de enfant terrible por todos los círculos bienpensantes de la Francia decimonónica: “La ciencia titulada, cierra el camino a la ciencia plebeya”. Frente a la clásica postura de catedrático especialista que el propio Marx asume ante la cuestión social, es esta ciencia plebeya, según la cual son los propios implicados quienes dictaminan y teorizan, la que imperará en el anarquismo de aquí en adelante. No en vano, no hubo un solo teórico libertario relevante que llevase una vida similar en comodidades y retiro a la que tuvo Marx... sí, Bakunin y Kropotkin venían de la nobleza rusa, pero ¿acaso no acusó Marx al primero de desclasado? Y no es un insulto, sino un gesto de coherencia. Bakunin y Kropotkin renunciaron a sus privilegios de cuna, conocieron el presidio y participaron en las bases del movimiento revolucionario, no pudiendo decirse lo mismo, sino más bien justo lo contrario, del socialista teutón.
Ésta es la diferencia sustancial entre todos los autores anarquistas por un lado y Marx por el otro. La crítica de ser pequeñoburgués, que se extiende no sólo a Proudhon, sino a todo el corpus teórico libertario, es una calumnia dirigida por un gran burgués a gentes que actúan, sienten, piensan, aciertan y se equivocan. Y la razón de ser de esta crítica proviene del absolutismo ideológico. Para Marx, que toma por un lado la noción de socialismo científico del mismo Proudhon, y por el otro asume una visión hegeliana de la ciencia entendida como proceso absoluto y acabado, su teoría del socialismo científico es la verdadera y definitiva, y por lo tanto cualquiera que la contradiga en uno u otro punto se aparta de la vía “científica” hacia la emancipación obrera, retrasándola y haciéndole entre tanto el juego a la burguesía. En contraste, todos los autores libertarios que nos han legado sus pensamientos por escrito, lo han hecho con la intención de contribuir a la construcción de un movimiento, el socialista, del que saben que no son dueños sino militantes. El propio Proudhon dice en una carta escrita a su amigo Bergmann poco antes de morir (14 de mayo de 1862): “He trabajado mucho, he cometido muchas torpezas, muchas faltas; he aprendido un poco, he ignorado inmensamente; (...) No habré sido como escritor popular y como pensador más que un hombre a medias, pero he sido, creo, un hombre honesto, sobre eso me pongo sin vacilación al nivel de todos los maestros... Ten piedad y envejece en paz.”
Hasta tal punto es profunda esta división en la concepción de la ciencia, independientemente de si se ve en ésta parte constitutiva del socialismo (Proudhon, Kropotkin) o herramienta que debemos poner al servicio de nuestra voluntad y nuestro programa (Malatesta), que estoy convencido de que podemos asegurar sin riesgo de equívoco que nos hallamos ante la causa última de la incompatibilidad o el enfrentamiento entre Marx por un lado y los anarquistas por el otro, y es que, si Marx realiza sus estudios siempre desde la cómoda observación de las condiciones de las clases desfavorecidas, sin haberse implicado jamás de forma personal en la lucha por la emancipación [5], los anarquistas ya desde Proudhon adoptarán una actitud muy distinta, en función de la cual lo científico no es un ente acabado y perfecto, sino siempre corregible y mejorable según los propios implicados en el proceso objeto de análisis [6].
Esta concepción de la ciencia (la de los libertarios) puede verse también reafirmada, y dejo de extenderme en la cuestión, por el filósofo y matemático Bertrand Russell (muy próximo, por cierto, a los postulados anarquistas) en Religión y Ciencia: “El credo religioso difiere de la teoría científica porque pretende encarnar una verdad eterna y absolutamente cierta, mientras que la ciencia es siempre provisional, esperando que tarde o temprano haya necesidad de modificar sus teorías presentes, consciente de que su método es lógicamente incapaz de llegar a una demostración completa y final”.
Centrándonos ahora en Sistema de las Contradicciones Económicas o Filosofía de la Miseria, obra en la que Proudhon afina su crítica de la economía política, ya bosquejada con gran claridad en ¿Qué es la Propiedad?, y que tan vilipendiada sería por Marx, hasta llegar a aceptarse incluso entre algunos anarquistas, por desgracia, esta crítica. Si se me permite, es ésta una crítica impropia de compañeros; Proudhon tuvo amistades en todo el espectro del socialismo, incluso se transcribe en la obra que a continuación examinaremos una carta intitulada A mi amigo Villegardelle, comunista, que abarca todo el capítulo duodécimo del segundo volumen, y en la que el de Besançon expresa con rotundidad sus objeciones al comunismo -que, además, y como se especificó más arriba, se asocia en su tiempo ineludiblemente con el socialismo de Estado- sin por ello buscar en ningún caso aplastar a su adversario, Villegardelle, a quien respeta en todo momento, y a diferencia del proceder que Marx exhibirá con él tan sólo un año después... tal vez fruto de lo que dije antes, a saber, que Proudhon no se tiene en ningún momento por dueño del socialismo o por revelador absoluto de verdades ocultas a este movimiento, sino como militante con un aporte que realizar (“¡Líbreme Dios de echarme a profeta!”, exclama en su obra).
Si bien sería recomendable, por comodidad, detenernos ante los correspondientes pasajes de Sistema... en el orden preciso en el que aparecen en los dos tomos que componen la obra, considero que es preferible empezar por dos puntos clave en la controversia [7], ambos concernientes al tomo primero, y merced a los cuales Proudhon ha sido atacado por liberal, por burgués y por capitalista, sea desde la incomprensión o desde la inquina, y siempre desde la omisión de su influencia en anarquistas posteriores a quienes no se osa zaherir con tanta insistencia: su postura en torno a las huelgas, y también en torno al asociacionismo obrero y las conquistas materiales que los trabajadores puedan obtener en el marco del capitalismo. Como ya anticipamos, se verá que en realidad las posturas de Proudhon, pese a lo fuertemente atacadas que han sido, han prevalecido en las mentes de muchos militantes libertarios, permeando al sindicalismo revolucionario en su fisionomía y en sus principios, y también influyendo en las tesis de anarquistas de merecido prestigio.
Veamos qué se dice respecto a la huelga:
“Mas a pesar de toda mi simpatía por que se mejore la suerte de las clases jornaleras, lo declaro así, es imposible que las huelgas por coalición, cuando van seguidas de un aumento en los salarios, no conduzcan a un encarecimiento general: es esto tan cierto como dos y dos son cuatro. Por semejantes medios no llegarán los obreros a enriquecerse, ni lo que es mil veces más precioso, a ser libres. Apoyados los obreros por una prensa imprudente, con exigir un aumento de salario han fomentado el monopolio más bien que sus intereses: ¡ojalá reconozcan el amargo fruto de su inexperiencia cuando llegue a reproducirse de un modo más acerbo su malestar!
Convencido de la inutilidad, o mejor dicho, de los funestos efectos del aumento de salarios, y comprendiendo perfectamente que la cuestión es del todo orgánica y de ninguna manera comercial, el señor Chevalier toma al revés el problema. Pide para la clase jornalera, ante todo, instrucción, y propone en este sentido vastas reformas.
¡La instrucción! Ésta es también la palabra del Sr. Arago para los obreros, éste el principio de todo progreso. ¡La instrucción...!; es preciso saber una vez por todas lo que de ella podemos esperar para la resolución del problema que nos ocupa: es preciso saber, digo, no si es de desear que todos la reciban, sino si esa instrucción es posible.”
De aquí se sigue una disertación de varias páginas sobre las distintas propuestas en materia de educación, lanzadas por el propio Chevalier, por Guizot, por Dunoyer... todos ellos notables de la sociedad francesa de la época, y todos sometidos por uno u otro motivo a la crítica de Proudhon (pese a que Marx le acusase injustamente de compadreo con Dunoyer, todo porque le menciona más que a Cabet). Entre otras cosas, resulta clarividente la advertencia que nos lanza el socialista francés respecto a la “popularización de la Universidad” manteniéndose a la par el contexto capitalista: prevé Proudhon que en tal caso se obtendrá una gran cantidad de titulados superiores que se verán forzados a desarrollar trabajos de lumpen, tal como empieza a suceder en nuestra sociedad de hoy. A estos, les dice “Preferible es que permanezcáis en vuestro sistema de exclusión y privilegio, sistema antiguo como el mundo, apoyo de las dinastías y de los patriciados, verdadera máquina de castrar hombres para asegurar los placeres de una casta de sultanes”. Pero también ataca, como iba diciendo, a quienes mantienen la postura contraria, de avanzar en la elitización de la educación, al estilo de quienes hoy propugnan la implantación del insultante Plan Bolonia (caso de Dunoyer en esta obra), por cuanto esto supone traba al progreso y la igualdad entre los hombres.
Y concluye:
“Así la miseria de las clases trabajadoras procede, generalmente hablando, de su falta de corazón e inteligencia, o como ha dicho en alguna parte el señor Passy, de la debilidad, de la inercia de sus facultades morales e intelectuales. Esta inercia nace de que dichas clases, aún medio salvajes, no experimentan con suficiente viveza el deseo de mejorar su condición; y esto es lo que hace observar el señor Dunoyer. Mas como esa carencia de deseo es a su vez efecto de la miseria, síguese de ahí que la miseria y la apatía son una y otra efecto y causa, y el proletario gira por lo tanto dentro de un círculo.
Para salir de este abismo sería preciso un bienestar, esto es, un aumento progresivo de salario; o inteligencia y valor, esto es, un desarrollo progresivo de facultades; cosas ambas diametralmente opuestas a la degradación del alma y del cuerpo, que es el efecto natural de la división del trabajo. La desgraciada suerte del proletariado es, pues, toda providencial, y tratar de cambiarla, al punto a que ha venido la economía política, sería provocar la borrasca revolucionaria.
Porque no sin una razón profunda, tomada de las más altas consideraciones de la moral, la conciencia humana, manifestándose sucesivamente por el egoísmo de los ricos y la apatía de los pobres, niega la retribución previa del hombre al que no llena más que el oficio de palanca y de resorte. Si, por algún imposible, viniese el bienestar a caer en suerte al trabajador parcelario, se vería surgir algo monstruoso: los trabajadores empleados en los trabajos repugnantes vendrían a ser como esos romanos saciados de las riquezas del mundo, cuya embrutecida inteligencia se había vuelto incapaz hasta de inventar placeres. El bienestar sin la educación embrutece al pueblo y le hace insolente, como se ha observado desde la antigüedad más remota. Incrassatus est, et recalcitravit, dice el Deuteronomio. Por lo demás, el trabajador parcelario se ha juzgado a sí mismo: está contento con tener pan, una mala cama en que dormir, y una borrachera por domingo”.
No cabe duda de que las palabras de Proudhon respecto a la huelga pueden resultar, a oídos de un anarquista moderno implicado en las luchas obreras, cuando menos chirriantes, incluso desafortunadas. Nada más lejos de mi intención que pretender maquillar esto, pero conviene, como se observa, continuar leyendo antes de lanzarse a la soflama, antes de sacrificar al francés a los altares del marxismo y de calificarlo tan alegremente de antiobrero. Porque Proudhon es, ante todo, un obrero él mismo, y si critica las luchas por el progreso material del proletariado lo hace tras haber constatado cómo de esta forma (no olvidemos que estamos en los albores de las luchas gremiales, y que queda muy lejos por ahora la figura del moderno sindicato único) se generan intereses espurios y corporativistas, de unos gremios contra otros, frente a lo que debería ser la solidaridad de clase. Pensemos por un momento que en el tiempo en que vive Proudhon el asociacionismo obrero está despertando, y que por lo tanto aún habrá de cometer cientos de errores, algunos de los cuales nos resultarían incluso patéticos vistos desde la perspectiva actual, hasta presentarse en la forma en que hoy lo conocemos. De modo que lo que Proudhon plantea es, precisamente, que sin una clase obrera consciente y despierta, unida más allá del oficio particular (del funesto “trabajador parcelario”) y conocedora ella misma del camino que debe emprender para emanciparse, no tiene ningún valor a largo plazo la lucha por el alza de este o aquel salario, o de todos en general: “El bienestar sin la educación embrutece al pueblo” es una afirmación que, de nuevo, hoy podemos constatar al punto de que el movimiento obrero atraviesa su peor época organizativa merced, entre otras cosas, a los caramelos que le han sido regalados. También el ejemplo del cartismo en Inglaterra, correspondiente al tiempo en que vivió Proudhon, sirve a nuestro propósito: como el movimiento obrero francés, fue autónomo de las fuerzas políticas, pero a diferencia de éste (gracias precisamente, y entre otras cosas, al buen hacer de Proudhon y quienes lo sucedieron) se mantuvo carente de cualquier contenido revolucionario, y al pasar de los años acabó en lo que actualmente se observa: una clase obrera acomodada, victoriosa de mil pequeñas luchas que han contribuído a darle un lecho más agradable en el seno de una sociedad capitalista que no peligra, porque nadie la hace peligrar. Por último, es el propio Proudhon quien a renglón seguido nos suministra un caso práctico de aquello a lo que se ha referido en las páginas previas. ¡Que se juzgue después de leerlo si su postura es antiobrera o liberal, o más bien anticorporativista y deseosa de la unidad solidaria de los trabajadores por encima de sus oficios!:
“En Lyon hay una clase de hombres que, gracias al monopolio de que les deja gozar la municipalidad, cobran un salario superior al de los profesores de facultad y al de los jefes de negociado de los ministerios: hablo de los mozos de cordel. Los precios de embarque y desembarque en ciertos puertos de Lyon son por las tarifas de las Rigas, o compañías de mozos de cordel, de 30 céntimos de franco por cada 100 kilogramos. A este precio, no es nada raro que un hombre gane por día 12, 15 y hasta 20 francos; basta para eso transportar cuarenta o cincuenta sacos desde un buque a un almacén cualquiera. Es cosa de pocas horas. ¡Qué condición tan favorable para el desarrollo de la inteligencia, así para los niños como para sus padres, si por sí misma, y las horas de ocio que procura, fuese la riqueza un principio moralizador! Pero no sucede nada de esto: los mozos de cordel de Lyon son hoy lo que siempre fueron, borrachos, crapulosos, brutales, insolentes, egoístas y cobardes. Es penoso decirlo; pero considero esta declaración como un deber, porque es verdadera: una de las primeras reformas que hay que hacer entre las clases trabajadoras es la de reducir los salarios de algunas, al paso que subir el de otras. No porque recaiga en las últimas clases del pueblo es más respetable el monopolio, mucho menos si no sirve más que para mantener el más grosero individualismo. La insurrección de los tejedores de velas encontró en esos mozos de cuerda, y en general a toda la gente de la ribera, indiferentes, y más que indiferentes, hostiles. Nada de lo que pasa fuera de los puertos logra interesarles. Bestias de carga formadas de antemano para el despotismo con tal de que éste les conserve su privilegio, no se meten jamás en política”.
Queda claro, de todo esto, que Proudhon no concibe otra conquista para la clase obrera que aquella que se produjera para todos los ramos, de modo que todos avanzasen de un modo más o menos parejo, en la consciencia de que sólo de su unión puede salir una revolución, y que desde luego es necesario que todo avance material se complemente con un progreso moral, que el obrero coma y se desembrutezca por igual.
Aparte de esto, aclara Proudhon una y otra vez que el socialismo no es otra cosa que la crítica de la economía política (volveremos a esto más adelante, y veremos cómo de nuevo nos hallamos ante una anticipación al pensamiento de Marx), lo cual entronca perfectamente con el aserto: “La desgraciada suerte del proletariado es, pues, toda providencial, y tratar de cambiarla, al punto a que ha venido la economía política, sería provocar la borrasca revolucionaria”. Dicho de otra forma, no cabe mejora en la suerte de los obreros mientras se mantenga viva la explotación del hombre por el hombre (cuya interpretación teórica es lo que se denomina economía política): para un verdadero cambio en el sentido de los acontecimientos, no es posible otra cosa que esa “borrasca revolucionaria”.
En buena lógica, sus posturas en torno al asociacionismo obrero orbitan en torno a la misma preocupación de que tales asociaciones puedan acabar convirtiéndose en feudos corporativos, en cuyo caso nosotros mismos nos vemos en el deber de afirmar que nos hallaríamos ante un impedimento, ciertamente. Y una vez más, se manifiesta aquí la preocupación de Proudhon por la educación obrera:
“Pero lo que más lastima en el espectáculo de los efectos del monopolio, es ver a los desgraciados obreros acusándose recíprocamente de su miseria (...) "Los irlandeses, dice un observador, han dado una lección funesta a las clases trabajadoras de Gran Bretaña... Les han revelado el fatal secreto de limitar sus necesidades al solo sustento de la vida animal, y a contentarse como los salvajes con el mínimo de medios de subsistencia que basta para prolongar la vida... Instruidas por este fatal ejemplo y cediendo en parte a la necesidad, las clases trabajadoras han perdido ese laudable orgullo que las llevaba a amueblar cuidadosamente sus casas y a multiplicar a su alrededor las decentes comodidades que contribuyen a nuestra dicha."
No he leído jamás nada más desconsolador ni más estúpido. Pues ¿qué queríais que hicieran esos obreros? Han venido los irlandeses a dar el mal ejemplo: ¡y qué!, ¿se debía pasarlos a cuchillo? Si ven reducidos los salarios: ¿habían de renunciar a ellos y morir? Imperaba la necesidad, lo está usted mismo diciendo, y han venido luego el aumento de las horas de trabajo, las enfermedades, la degeneración, el embrutecimiento, los signos todos de la esclavitud industrial; calamidades todas que han nacido del monopolio y de sus tristes antecedentes, la concurrencia, las máquinas y la división del trabajo; ¡y acusa usted a los irlandeses!
Otras veces los obreros se quejan de su mala estrella, y se exhortan mutuamente a la paciencia: es éste el reverso de las gracias que dan a la Providencia cuando el trabajo abunda y son suficientes los salarios.
En un artículo que publicó el señor León Faucher en el Journal des Economistes (septiembre de 1845), ha demostrado que los jornaleros ingleses han perdido hace algún tiempo la costumbre de las coaliciones, lo que es realmente un progreso de que no puede menos que felicitarles [más adelante se verá que esto es un sarcasmo]; pero que esta mejora en la moralidad de los obreros es sobre todo debida a su instrucción económica [nueva ironía]: "No depende el salario de los fabricantes, ha dicho un oficial hilandero en el meeting de Bolton. En las épocas de depreciación, los amos no son, por decirlo así, más que el látigo de que se arma la necesidad, y han de dar, quieran o no quieran. El principio regulador es la relación de la oferta y la demanda, y los amos no tienen poder para serlo... Obremos, pues, prudentemente; sepamos resignarnos a la mala fortuna y sacar partido de la buena: secundando los progresos de nuestra industria, seremos útiles, no sólo para nosotros mismos, sino también para el país entero." (Aplausos).
Enhorabuena. He aquí obreros bien educados, obreros modelo [persiste el tono sarcástico]. ¡Qué hombres esos hilanderos que sufren sin quejarse el látigo de la necesidad, porque el principio regulador del salario es la oferta y la demanda! El señor León Faucher añade con encantadora candidez: "Los obreros ingleses son razonadores intrépidos. Dadles un principio falso, y lo llevarán matemáticamente hasta el absurdo, sin pararse ni espantarse, como si marchasen al triunfo de la verdad." Yo espero que, a pesar de todos los esfuerzos de la propaganda economista [se emplea el término economista como antítesis de socialista, por esa confrontación entre economía política y socialismo, y aquí se vuelve serio el discurso de Proudhon], los obreros franceses no llegarán jamás a ser razonadores de este calibre. La oferta y la demanda, como el látigo de la necesidad, no logran hacer mella en sus entendimientos. Faltábale esta miseria a Inglaterra: no pasará el estrecho”.
Por lo demás, la advertencia de que en cualquier caso huelgas y asociacionismo obrero no son panaceas, y que pueden ser incluso contraproducentes si no se imbuyen de los principios revolucionarios, ha sido sostenida después por muchos otros anarquistas, entre los que me permito destacar a Christian Cornelissen y Errico Malatesta, comunistas, quienes en este caso se hallan próximos a Proudhon, y no sin razón. No en vano, lo más despierto del anarquismo supo siempre prevenir, en sintonía con las palabras del de Besançon, a quienes veían en la clase obrera un ente capaz sin más lucha que la material de hacer la revolución, por ser necesario igualmente un trabajo teórico, de propaganda ideológica, que fuese dirigido a todos los sectores oprimidos (baste a este respecto leer a Malatesta, Ricardo Mella, Max Nettlau, Sébastien Faure, etcétera). Así se expresó el holandés Cornelissen en el Congreso Anarquista de Ámsterdam, en 1907:
“No nos disimulemos que el sindicalismo, por una parte, y la acción directa por otra, no son siempre y forzosamente revolucionarios. Se les puede emplear también con una finalidad conservadora, posiblemente reaccionaria. Así los diamanteros de Amsterdam y de Amberes han mejorado en mucho sus condiciones de trabajo sin recurrir a los medios parlamentarios, por la sola práctica de la acción sindical directa. Ahora bien, ¿que és lo que vemos? Los diamanteros hicieron de su corporación una especie de casta cerrada, alrededor de la cual han levantado una verdadera muralla china. Han restringido el número de aprendices y se oponen a que antiguos diamanteros regresen a su oficio abandonado. ¡No podemos aprobar estas prácticas!”
Congreso de Ámsterdam, Undécima Sesión.
¿No recuerdan estas palabras a aquellas otras de Proudhon respecto a los mozos de cordel del puerto de Lyon? Veamos ahora, sin embargo, a Malatesta, a través de quien habla también Kropotkin, como se observará:
“Lo repito: es preciso que los anarquistas vayan a las uniones obreras. Primero para hacer ahí propaganda anarquista; luego porque es el único medio para nosotros de tener a nuestra disposición, el día requerido, grupos capaces de tomar en sus manos la dirección de la producción; debemos ir ahí finalmente para reaccionar enérgicamente contra esta detestable mentalidad que fomenta en los sindicatos el defender intereses particulares y nada más que eso.
(...)
Sin embargo, entre los proletarios, la solidaridad moral es posible, a falta de solidaridad económica. Los obreros que se limitan a defender sus intereses corporativos, no la conocerán, pero nacerá en el momento en que una voluntad común de transformación social haya hecho de ellos hombres nuevos. La solidaridad, en la sociedad actual, sólo puede ser el resultado de la comunión en el seno del mismo ideal. Ahora bien, corresponde a los anarquistas despertar en los sindicatos el ideal, orientándolos poco a poco hacia la revolución social, con el riesgo de perjudicar a estas ventajas inmediatas a las que hoy los vemos tan aficionados.
(...)
La huelga general tal como nos la han descrito de antemano es pura utopía. O el obrero, muriéndose de hambre después de tres días de huelga, regresará al taller, cabizbajo, y sumaremos una derrota más, o querrá apropiarse a la fuerza los productos. ¿A quién encontrará ante él para impedírselo? Soldados, gendarmes, si no es que los mismos burgueses, y entonces se tendrá que resolver el asunto con fusilazos y bombas. Será la insurrección, y vencerá el más fuerte.
Preparémonos entonces a esta insurrección inevitable, en vez de limitarnos a preconizar la huelga general, como una panacea a la que se recurre para curar todos los males. Que no se objete que el gobierno está armado hasta los dientes y siempre será más fuerte que los revoltosos. En Barcelona, en 1902, la tropa no era numerosa. Pero no se estaba preparado para la lucha armada y los obreros, sin entender que el poder político era el verdadero adversario, enviaban delegados al gobernador para pedirle que doblegue a los patrones.
Además, la huelga general, incluso reducida a lo que realmente es, es una más de estas armas de doble filo que sólo hay que emplear con mucha prudencia. El servicio de las subsistencias no sabría admitir una suspensión prolongada. Habría entonces que apropiarse por la fuerza los medios de aprovisionamiento, y ello, en seguida, sin esperar que la huelga se haya convertido en insurrección.
Entonces no es tanto invitar a los obreros a cesar el trabajo; es más bien que lo prosigan por cuenta propia. A falta de eso, la huelga general se transformaría rápidamente en hambruna general, aunque se haya sido bastante enérgico para apropriarse de inmediato todos los productos acumulados en las tiendas. En el fondo, la idea de huelga general tiene su origen en una creencia entre todas errónea: es la creencia de que con los productos acumulados por la burguesía, la humanidad podría consumir, sin producir, durante no sé cuantos meses o años. Esta creencia ha inspirado autores de dos folletos de propaganda publicados hace unos veinte años: Les produits de la Terre y Les produits de l'Industrie, y estos folletos han hecho, a mi parecer, más mal que bien. La sociedad actual no es tan rica como se cree. Kropotkin ha demostrado en alguna parte que suponiendo un brusco detenimiento de la producción, Inglaterra sólo tendría un mes de víveres; Londres sólo tendría suficiente para tres días. Yo sé que hay el fenómeno muy conocido de sobreproducción. Pero toda sobreproducción tiene su correctivo inmediato en la crisis que vuelve a poner pronto el orden en la industria. La superproducción no es nunca más que temporal y relativa.”
Congreso de Ámsterdam, Undécima Sesión.
Comparemos esto con las palabras de Proudhon, y de repente veremos que no andaba tan desencaminado en sus advertencias, que no olvidemos que se complementan con la proclama de que “La esperanza de llegar pacíficamente a la abolición del proletariado es una utopía”. Dadas las condiciones del sistema capitalista, los obreros necesitaremos algo más que una huelga general para vencer. Si lo fiamos todo a la huelga, la convertiremos en contraproducente. He ahí conclusiones que pueden obtenerse tanto leyendo a Proudhon, mutualista, como a Malatesta y Cornelissen, comunistas.
Y tan notable será la influencia de Proudhon en el movimiento posterior, pese a que haya sido hecha de menos una y otra vez [8], que treinta años después, uno de los padres del sindicalismo revolucionario, y tal vez la mente más sagaz con que ha contado jamás el movimiento sindical, Fernand Pelloutier, manifestará de forma reiterada la importancia de la instrucción entre los obreros, a la que consagrará sus mayores esfuerzos este anarquista (ver Historia de las Bolsas de Trabajo, del propio Pelloutier) que, por cierto, es también comunista en economía. Así también Malatesta, en Nuestro Programa, habla del valor primordialmente educativo que tiene la lucha obrera, cuyas conquistas materiales en lo cotidiano son irrisorias comparadas con la importancia de constituir una escuela práctica donde cada afiliado se forme: “Sean los que fueren los resultados prácticos de la lucha para las mejoras inmediatas, su utilidad principal está en la misma lucha. Con esta lucha los obreros aprenden a ocuparse de sus intereses de clase, aprenden que el patrono tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden mejorar de condición y aun emanciparse, sino uniéndose y haciéndose más fuertes que los patronos.”
Pero no se detienen aquí estas influencias. Continuemos examinando Sistema...:
“Say ha tenido, por lo tanto, razón en decir: "El bienestar de esta clase (la de los consumidores), que está compuesta de todas las demá