Al Gran Capital no le gusta lo que está pasando en Sudamérica. La elección
de gobiernos reformistas en Perú y Ecuador puede haberles irritado un
tanto, pero lo de ese tal Chávez en Venezuela realmente les saca de sus
casillas. En Bolivia sectores de la clase dominante local están tan
cabreados que intentaron echar al presidente Morales en septiembre. Las
elites dirigentes de Estados Unidos, en alianza con el capital local,
están intentando desestabilizar para acabar con las reformas políticas y
económicas. Tal como lo ven, demasiado está yendo para los trabajadores y
demasiado poco para sus bolsillos.
Ciertamente que no se trata de socialismo, la clase trabajadora no se
halla con el control ni se trata de una economía basada en las necesidades
en lugar de sobre el lucro. Pero está habiendo alguna redistribución de
riqueza hacia las clases populares.
En el pasado, cuando la gente trataba de arrancarle el poder a las elites,
se encontraba con golpes militares, tortura y escuadrones de la muerte. La
Casa Blanca y sus amigos los paladines del libre mercado nunca han tenido
ningún problema en arrojar por la ventana la democracia parlamentaria y
los derechos humanos siempre que han visto sus privilegios amenazados. El
hecho es que Morales y su "Movimiento al Socialismo" ganó con un 67´4 % de
los votos en un referendum celebrado el pasado 10 de agosto.
Limitada reforma agraria
El limitado programa de reforma agraria es un buen ejemplo. Desde que
Morales accedió al gobierno, miles de hectáreas han sido expropiadas a los
grandes terratenientes y entregadas al campesinado pobre y sus
cooperativas. Dos millones de campesinos pobres viven en sólo 5 millones
de hectáreas.
En el otro extremo de la escala social, cien familias poseen 25 millones
de hectáreas. Estos parásitos no están dispuestos a aceptar la propuesta
de limitar la posesión de la tierra a un máximo de 10.000 hectáreas. Desde
sus bases en las provincias de la "Media Luna", tratan de derribar al
gobierno. Es sólo uno de sus objetivos, pues también quieren destruir los
sindicatos y las organizaciones campesinas y acabar con los avances que
han hecho en los últimos años.
En septiembre, grandes terratenientes y narcotraficantes intentaron dar un
golpe de Estado. Los edificios del gobierno fueron asaltados y cortaron
las carreteras para aislar las ciudades. Los aeropuertos fueron tomados,
con sus accesos controlados por milicias derechistas. La ultraderechista
UJC marchó, vestida con uniformes militares, a través de los suburbios
populares, donde la mayoría de la gente apoya a Morales. A esto le siguió
el asesinato de 30 campesinos en Pando, todos ellos simpatizantes de
Morales.
El gobierno sacó a la calle al ejército y el país estuvo al borde de la
guerra civil. El embajador norteamericano fue expulsado por "apoyar
activamente" a las fuerzas derechistas. Al carecer del apoyo del resto de
las clases dominantes ni de un sector significativo del ejército, los
golpistas se retiraron, con la promesa de entablar "negociaciones" con el
gobierno.
Las lecciones de Chile
Basándose en su amarga experiencia, con el golpe de Pinochet, los
anarquistas de la Organización Comunista Libertaria chilena han comentado
que "no existe posibilidad de dialogo con los golpistas; esto solo va a
permitir que la burguesía y el imperialismo alineen sus fuerzas para dar
el golpe decisivo, lo que conduciría al movimiento popular boliviano a una
carnicería de incalculables proporciones. Es por ello que se hace urgente
tomar medidas de fuerza contra los grupos paramilitares que operan en la
"media luna" y contra la oficialidad de inclinación golpista presente en
los mandos medios y altos de las Fuerzas Armadas Bolivianas".
Las negociaciones pueden desembocar en una tregua temporal, pero no durará
mucho. Le seguirán nuevas batallas, dado que la oposición de intereses
entre la mayoría de la población y la elite permanece irresoluta. Pueden
tomar la forma de un nuevo intento de golpe por parte de sectores del
ejército, en alianza con las provincias de la "Media Luna" dominadas por
la derecha y un paro patronal.
El aplastante apoyo a Morales refleja un optimismo en que los grandes
cambios son posibles. Por desgracia, el MAS está intentando canalizarlo
hacia la creación de un "capitalismo de rostro humano" en lugar de hacia
una revolución socialista. El vicepresidente, Álvaro García Linera, lo ha
llamado "capitalismo andino" y lo ha definido como "una etapa necesaria".
El MAS ha empezado ya a entrar en conflicto con algunos sindicatos,
especialmente con los mineros. La demanda de que el Estado garantice la
jubilación a los 55 años (la esperanza de vida en Bolivia es de sólo 62
años) ha sido calificada por el gobierno como "inviable". Cuando sectores
de trabajadores llamaron a huelgas y protestas para la consecución de
estas demandas, fueron acusados por el gobierno de ser "agentes de la
reacción".
La triste lección de Chile es que aquéllos que sólo hacen la revolución a
medias cavan su propia tumba. La clase dominante no renunciará a su
riqueza y su poder sin luchar, esto nunca ha pasado en toda la historia
humana. Tampoco caerán en un engaño para que lo hagan si nos movemos más
lentamente.
El movimiento anarquista de Bolivia sostiene que el poder de la reacción
tiene que ser desarticulado. Esto implica desmantelar el capitalismo y
reemplazarlo por una economía controlada por los trabajadores y orientada
a la satisfacción de las necesidades humanas, donde la gente ejerza el
control directo a través de sus asambleas y consejos.
Alan MacSimoin
Publicado en "Workers Solidarity nº106", noviembre de 2008
Traducción: M. García _______________________________________
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