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EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net

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El judío que guardaba sus cuentas en el piso de arriba

El judío que guardaba sus cuentas en el piso de arriba

Filántropo empedernido, Bernard L. Madoff consiguió esquivar las sospechas de fraude que se cernían sobre su empresa desde hace más de una década con una intensa actividad de relaciones públicas y con hábiles maniobras financieras | Tesorero de la escuela de negocios de la Universidad Yeshiva y presidente del Nasdaq, se convirtió en un ratón que nadie quiso ni pudo atrapar

 

El terremoto que ha desencadenado en el sector financiero la intervención judicial en la neoyorquina Madoff Investment Securities, una pequeña-gran-empresa-de-toda-la-vida, especializada en inversiones bursátiles y con una larguísima reputación de lugar rentable incluso entre grandes entidades de banca privada no puede entendersesin la figura del hombre que la levantó de la nada.


A sus 70 años de edad, Bernard L. Madoff no pudo resistir más la presión de saber que el círculo vicioso de huir siempre adelante había terminado, y esta semana reconoció ante quienes investigaban las cuentas de su compañía que en la caja apenas había un pequeño porcentaje de lo que sus confiados clientes creían.

Que lo suyo, al menos en los últimos tiempos, ya no era una simple agencia de intermediación financiera con costumbres y modos de operar poco ortodoxos, sino que había terminado por convertirse en una estafa piramidal corriente y moliente. Un vórtice que en las épocas de vacas flacas como ésta pasó a depender únicamente de la entrada de nuevos inversores en progresión geométrica para mantenerse en funcionamiento.


Era el final de un largo camino recorrido por este empresario nacido en Nueva York en 1938 en el seno de una familia judía, y que con sólo 22 años había fundado la empresa con el dinero ganado, dice, en pequeños trabajos como el de socorrista.


A la cima a través de los clubes sociales

Con ese punto de partida y unos cuantos contactos familiares, Madoff se fue abriendo paso poco a poco hasta los principales centros de reunión de la alta sociedad neoyorquina, donde encontraba a su vez a nuevos amigos que pronto se convertían en clientes. Comenzó a labrarse así una reputación de tipo listo, que sabía donde meter el dinero de sus conocidos para multiplicarlo.


Con una cartera cada vez mayor de clientes, el flujo de dólares le sirvió a este atípico inversor para hacer donaciones millonarias y crecientes a varias organizaciones filantrópicas con las que reforzar aun más su posición social, así como al partido Demócrata de Estados Unidos.


Entre otras, el anciano estafador llegó a colaborar con instituciones de todo pelaje, desde organizaciones para la promoción de actividades culturales de alto nivel en la ciudad de Nueva York, a fundaciones destinadas a la investigación con células madre procedentes de la médula ósea o a la lucha contra el linfoma.


Un filántropo redomado

Madoff incluso creó su propia ONG con el nombre The Madoff Family Foundation, que le servía para canalizar los dólares sucios desde la empresa de inversión hasta las numerosas causas filantrópicas, y cuyos fondos también han sido congelados como parte de la investigación judicial.


Gracias a esa intensa actividad de relaciones públicas, Bernard L. Madoff no sólo consiguió amasar una considerable fortuna personal, sino que llegó a ocupar cargos de responsabilidad -entre ellos el de tesorero- en la escuela de negocios de la prestigiosa
Universidad Yeshiva, e incluso en el mercado bursátil Nasdaq, especializado en empresas tecnológicas, que llegó a presidir.


Con esa posición y una innegable habilidad financiera, Madoff consiguió esquivar las inevitables sospechas de sus colegas de que tenía que haber algo sucio en su forma de operar.


Entre otros indicios de que algo andaba mal, sus compañeros de profesión citan el hecho de que enviase los informes de rentabilidad por correo convencional en lugar de por vía electrónica -quizá para evitar su intercepción por las autoridades-, y su capacidad para esquivar constantemente la supervisión del regulador acudiendo a una práctica formalmente legal, pero que para otros sería casi suicida.


Un ratón que nadie pudo ni quiso atrapar

Cada vez que llegaba la fecha de hacer públicas sus cuentas y de indicar qué activos poseía la compañía para justificar la rentabilidad que estaba ofreciendo a sus clientes, ésta afirmaba que los había liquidado (es decir, vendido) todos -incluso en épocas de fuertes bajadas de los mercados- y que sólo poseía dinero en efectivo, que luego supuestamente volvía a invertir.


Esta y otras tácticas le sirvieron para zafarse durante años de una situación que ha dejado a muchos de sus clientes en la ruina, pero que seguramente a muchos otros -viejos lobos del sector financiero neoyorquino- no les debió parecer imposible, sino solamente improbable: un factor de riesgo más, asumible a cambio de las jugosas rentabilidades obtenidas entre tanto.


A los 70, este anciano amable e hiperactivo relaciones públicas no ha podido más, y ha confesado. Y lo ha hecho entregando las cuentas de su empresa que guardaba celosamente bajo llave en una oficina independiente a la principal, sin rótulos que la identificasen, pero situada en el mismo edificio que la sede.

La denuncia, que hicieron dos de sus colaboradores más estrechos, quizá le haya servido para respirar aliviado después de años escapando por los pelos a la supervisión del regulador del mercado bursátil. Y para aprender una lección que cualquier inversor aprendería en su primer mes operando: no se puede ganar siempre.-

 

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