EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
La Revolución Venezolana en su laberinto.-
Si algunas lecciones nos han dejado todas las revoluciones del pasado es las de que las coyunturas internacionales, el marco geopolítico en suma, terminan influyendo en ellas de manera determinante, por la simple razón de que el mundo es global desde que a todos nos quedó claro que, encima, es redondo como una naranja.
Desde la Revolución Francesa, en 1789, hasta la Revolución Cubana, en 1959, las variables geopolíticas han conducido a todos los procesos históricos a derroteros que en la mayor parte de los casos poco tenían que ver con sus postulados y esperanzas iniciales.
Fue así, como para usar un ejemplo cercano, la Cuba fidelista devino en aliado de la Unión Soviética, porque simplemente ésta la protegió de la amenaza de los Estados Unidos. Tras la caída de la URSS y del Pacto de Varsovia, lo lógico era esperar que en Cuba se produjera una implosión del sistema, pero tal cosa no aconteció no tanto porque la dirección cubana mantuvo cierta autonomía respecto de Moscú sino porque Cuba no tenía ninguna importancia estratégica, salvo la de ser caldo de cultivo para atizar el odio y el fanatismo del fascismo latinoamericano de Miami.
Pero Venezuela hoy no es la Cuba revolucionaria. Mientras que en ésta hubo de instalarse una dictadura-con-apoyo-popular por razones de sobrevivencia nacional respecto al bloqueo económico brutal y a las agresiones permanentes del imperialismo yanqui, en Venezuela la situación es muy otra y otra, también, la época.
La agresión de los Estados Unidos hacia Venezuela se ha circunscrito hasta el momento en bloquear la venta de pertrechos militares; atizar, en todos los sentido, a la oposición escuálida; y propiciar directa e indirectamente planes saboteadores guarimberos, golpistas y guerras mediáticas, siempre bajo el amparo de las amplias libertades de las cuales disfrutan los ciudadanos y ciudadanas en este país, aprovechando los resquicios que toda democracia ofrece a las minorías y a la disidencia.
Mientras que en Cuba fue indispensable liquidar a los partidos opositores, en Venezuela no existe un régimen de “partido único”, sino que se vive una sociedad pluralista y democrática en todos los sentidos.
Más que vinculada a la Rusia postsoviética o a la China postmaoísta, las cuales, sin embargo, son aliados en el terreno tecnológico y científico, la Revolución Bolivariana está más vinculada estratégicamente a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), ya que la clave para las transformaciones de toda naturaleza que lleva adelante se fundamentan en la política de “sembrar el petróleo” en el marco del Plan Nacional Simón Bolívar que, desde una perspectiva política, puede reconocerse ideológicamente como una forma de socialismo estatal nacionalista.
Que este socialismo nacional estatista sui géneris nada tiene que ver con el socialismo de la dictadura del proletariado (que, ya se sabe, devino en dictadura de partido único y, poco más tarde, en dictadura unipersonal con el culto a la personalidad como fundamento ideológico) es de por sí evidente, ya que recupera para el socialismo el régimen democrático que, en nuestro caso, es una mezcla de democracia representativa y de democracia directa (o, como se conoce entre nosotros: democracia protagónica y participativa).
Surgida en la época de auge del neoliberalismo –que privilegiaba la hegemonía del mercado y la minimización del gobierno- la Revolución Bolivariana fue evidenciando la falacia de prescindir del Estado cuando quienes te ofertan el “libre mercado” son los monopolios privados, y estatales, de los países imperiales, fundamentalmente, y las empresas tansnacionales o multinacionales. Por su propia dinámica, la Bolivariana fue descubriendo que la minimización del Estado implicaba la liquidación de la soberanía nacional, y por consiguiente, la misma soberanía popular, reimplantando un régimen colonial y liquidando a la postre toda forma de democracia.
Combinando “reformismo” con “radicalismo”, la Revolución venezolana fue abriéndose paso en un mundo en el cual la orfandad ideológica iba pareja a la orfandad de formas políticas alternativas al capitalismo liberal. Pronto se perfiló que el primer paso no era otro que fortalecer el Estado nacional. Las agresiones de los imperialismos usando para ello a sus agentes nacionales demostraron que de lo que se trataba era de liquidar el Estado nacional e instaurar un régimen donde sólo los plutócratas jugarían a la democracia. Todo el período 2000-2006 está lleno de multitud de casos que demuestran tal aserto.
A mediados de este año 2008 la crisis del sistema financiero planetario ha evidenciado que el derrotero seleccionado por la Revolución Bolivariana ha sido el correcto. El “libre mercado” ha resultado ser además de una falacia, muy costoso para las economías y para los trabajadores del mundo. Solamente el Estado permite, cuando trabaja para todos los ciudadanos, proteger a las poblaciones de las agresiones de los depredadores capitalismo financiero y comercial. Hemos visto, y esto es muy importante, que en los países imperiales y protoimperiales, los Estados nacionales han salido presurosos a auxiliar a los ricos en bancarrota, algo inaudito en un sistema que privilegia la competencia “entre iguales” como razón de ser de la vida y de todas las actividades de la especie humana, tesis digamos “ontológica” que cualquier análisis científico superficial desecharía por ser tan sólo una justificación biológica de la explotación del hombre por el hombre y de la opresión de los ejecutantes por los dirigentes.
Como los anarquistas hemos sostenido en reiteradas oportunidades tanto el Estado como el Mercado son como las caras de Jano, no pueden vivir el uno sin el otro. Por eso el Estado acudió presuroso a rescatar a un Mercado fantasmagórico basado en la usura y en la mistificación de la mercancía, demostrándose, una vez más, que es el Estado el creador del Capital. Y que, a la larga o a la corta, ningún Estado, aunque se trate de un Estado anticapitalista, puede hacer la revolución social porque siempre surgirá en su seno una clase burocrática que confiscará la plusvalía social para financiar su rol de clase dominante. Por lo cual, los anarquistas siempre hemos proclamado la necesidad de sustituir al Estado por la confederación de asociaciones libres de trabajadores libres autogestionaria y federalista, con el objeto de evitar el surgimiento de una nueva clase dominante.
En la Venezuela actual la transición entre el Estado y la autogestión generalizada está bloqueada por la permanencia, curiosamente, de esa ambivalencia entre la democracia representativa versus la democracia directa y, además, porque las organizaciones populares aún no están lo suficientemente preparadas para ejercer, libres de tutelas y de jerarquía, los organismos del poder popular, y esto se debe, en gran medida, a las consecuencias de siglos de dominación y de largos períodos de engaños y demagogias de los políticos de todos los colores.
Se requiere, por una garantía temporal con el objeto de ir adentrándonos en la autogestión generalizada y en la consolidación de todas las formas del poder popular, y es más que evidente que un retroceso en el orden político sería, a la vez, un retroceso revolucionario, incluso si el actual líder del proceso bolivariano diera paso a otro de las mismas filas partidarias. Negar que todo lo avanzado, que los errores cometidos y los triunfos obtenidos, se deben al sello personal de Chávez sería tanto como tapar el sol con un dedo.
Chávez es la mitad de la Revolución, no tanto porque él la ha impulsado desde arriba sino porque sin él todo impulso cesaría. Estas son realidades. La clase burocrática que se ha ido forjando a su alrededor no es aún tan fuerte como para liquidar las iniciativas populares autogestionarias y de democracia directa del poder popular. Todavía disputa con la vieja clase dominante cuotas del poder político y del económico, pero tiene, en contra, que si el pueblo desarrolla sus propias utopías puede bloquearla o arrojarla del gobierno. Y, porque las variables geopolíticas le impiden prescindir del apoyo popular sin el cual el lugar del país en la OPEP no tendría por qué sostenerse.
La clase dominante cívico-militar todavía no es lo suficientemente fuerte para liquidar a la clase dominante del antiguo régimen, porque ésta es anti-OPEP, y porque el pueblo trabajador se sublevaría si se aliaran para derrocar a Chávez. Es decir, para liquidar a quien el pueblo mismo ve como el revolucionario por excelencia. Una derrota electoral masiva de Chávez el 23N hubiera facilitado el pacto entre la militarocracia del presente y la adecocracia del pasado, siempre y cuando se hubieran puesto poner de acuerdo respecto a la OPEP y al rol que una Venezuela postchavista jugaría en la actual guerra contra los precios del petróleo, que es, en el fondo, la crisis capitalista mundial.
De todo esto deviene un escenario: la posibilidad de que Chávez pueda continuar más allá del 2012, año en el que termina su segundo mandato constitucional y que la propia constitución de 1999 le impediría reelegirse. Si las fuerzas populares estuvieran mucho más estructuradas de lo que están actualmente; si las organizaciones sindicales fueran lo contrario de lo que son ahorita; si la consciencia popular estuviera en condiciones de entender que una revolución no es un hombre ni un nombre, nosotros propugnaríamos negar la reelección presidencial. Pero no es éste el caso.
Aparte de que, lo que en el fondo se juega, más que el socialismo o la autogestión, es nuestra existencia en tanto nación, país, soberana/o, nuestra pertenencia a una comunidad de costumbres y culturas, nuestra ciudadanía política, en suma. Porque nadie sabe cómo va a derivar la crisis mundial del capitalismo y cómo derivará, asimismo, la guerra contra los precios del petróleo y contra los países que poseen en sus entrañas inmensas reservas de energía fósil no renovable. Debemos dotarnos pues de una garantía a largo plazo. Por lo cual se ve de anteojito que la reelección de Chávez en el 2012 puede ser parte de esa garantía; el resto estaría en la capacidad y osadía del poder popular para ser productivo, justo, autogestionario y libertario, que profundice la democracia directa y la autogestión generalizada.-
Floreal Castilla.-
Magíster Scientiarum en Filosofía y Ciencias Humanas (UCV).