EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
| Las inseguridades de la política |
| Marcelo Saín · · · · · |
| 30/11/08 |
| Al mismo tiempo que comenzaba la ola de protestas por la inseguridad, fueron asesinadas tres personas humildes. Saín destaca que ninguno de esos casos fue incluido en las protestas, cuyos contenidos terminan siendo muy marcados por el origen social. “Somos argentinos, ¿qué nos pasa?”, clamaba ante las cámaras de C5N [Canal de Daniel Hadad, un empresario de ultraderecha], casi a los gritos y al borde del llanto, una señora indignada por la “ola de inseguridad” que azota nuestra sociedad. Ello ocurría durante la manifestación de vecinos y organizaciones sociales llevada a cabo en el centro de San Isidro el domingo 26 de octubre. El locutor de la cadena televisiva indicaba que se trataba de la madre del actor y productor Adrián Suar, creador de la tira Poliladron. Unos
De manera inmediata, el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, apuntó al gobierno nacional como responsable directo de la situación, ya que la semana anterior el ministro del ramo había decidido dar por finalizada la presencia de los efectivos de Gendarmería Nacional en 15 puestos de vigilancia instalados alrededor del barrio populoso La Cava, situado a una veintena de cuadras de la intendencia. “El peor de los gestos (del gobierno nacional) fue que en medio de la tragedia levanten el último puesto de control de Gendarmería en La Cava”, sostuvo el mandatario local. Así, para el intendente los autores de esa tanda de robos y asaltos eran delincuentes que habitaban o se refugiaban impunemente en La Cava. Más precisamente, esos hechos lamentables eran una consecuencia inmediata del retiro de los efectivos de Gendarmería del perímetro protector en torno de un barrio que sirve de residencia a las “clases peligrosas” –en términos de la criminología crítica de la zona–. Como no podía ser de otra manera, durante la noche de aquel trágico día, las autoridades del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires ordenaron un gran operativo policial en la villa La Cava, “en búsqueda de los ladrones”, según destacaba la prensa al día siguiente, lo que se hizo sin miramientos. Y, obviamente, los ladrones no estaban allí.
Así, el círculo
Pero el gobernador Daniel Scioli fue por más. En la jornada siguiente, sostuvo que había llegado “el momento de debatir una baja en la imputabilidad de los menores”, vinculando, de hecho, los delitos en ciernes con la criminalidad de menores. En ese sentido, anunció que iba a promover que los legisladores nacionales por la provincia de Buenos Aires presenten iniciativas en el Congreso, para modificar el Código Penal en función de “bajar la edad de imputabilidad para los delitos graves que cometan los menores”. Desde Medellín, el jefe de la policía provincial respaldó a su gobernador, señalando que había “un incremento serio en delitos cometidos por menores de edad”. Y con énfasis exagerado, agregó que en el ámbito provincial “teníamos casi un millón de delitos cometidos por año de estas características”. La opinión pública se hizo eco durante dos días de esta “ligera” interpretación. Y lo hizo sin ningún atisbo de crítica. Los focos eran puestos en las víctimas de estos acontecimientos, es decir, en la “gente honesta”, según destacaba el cronista de C5N vuelto un criminólogo de estaño durante la marcha de la gente honesta de San Isidro. “Hay que dejar de proteger a los delincuentes y proteger a la gente honesta”, rogaba el locutor. Por lo observado algunos días más tarde, el asesinato de Sara Josemovsky, en manos de dos ladrones que le dispararon con un arma de fuego para quitarle el dinero que, rato antes, había retirado de un banco cercano a su casa, no generó tanta sensibilidad social. Tenía 48 años y se dedicaba a vender ropa. Vivía en el barrio Santa Rosa, de Florencio Varela, lugar en el que la mayoría de las calles son de tierra. Tampoco tuvo mucho interés colectivo, al menos al punto de generar una movilización social como la ocurrida aquel domingo en San Isidro, el brutal asesinato de Raúl Alberto Lugones, de 36 años, que fue asaltado por un grupo de delincuentes en un barrio de General Pacheco y que, luego de robarle la campera y la plata, le pegaron un tiro en el pecho. Eso ocurrió cuando finalizaba su jornada laboral como repartidor a domicilio de remedios para una farmacia de la zona. Y menos importancia tuvo el asesinato del cabo de la Sin dudas, el valor social, político y mediático de estas vidas plebeyas es infinitamente menor al de las víctimas de la clase alta de nuestra sociedad. En concreto, ante la trágica muerte de Sara Josemovsky, Raúl Alberto Lugones y Roberto Centeno, no hubo intendentes que declararan el “estado de emergencia” en sus municipios; tampoco se llevaron a cabo movilizaciones sociales con altísima exposición mediática; ni el gobernador Scioli dio conferencias de prensa prometiendo “mano dura” en la lucha contra el delito. Lo cierto es que a los dos días del repudiable asesinato de Barrenechea, la policía ya tenía identificados a sus presuntos autores. No todos eran menores ni habitaban La Cava. Se trata de una banda de delincuentes del barrio carenciado Puerta de Hierro, de La Matanza, que, según la versión policial y del intendente Posse, forman parte de una organización criminal que usa menores de edad como mano de obra para realizar asaltos y robos a casas y residencias de la zona norte y oeste del Gran Buenos Aires. En definitiva, sólo algunos menores forman Resulta sorprendente y alentadora la celeridad policial en identificar y aprehender a los autores de tan lamentable hecho. Ello deriva de una refinada labor de inteligencia criminal que resulta, sin más, de la movilización de una extendida red de “buches” que no son más que delincuentes que trabajan como informantes para la policía. O, peor aún, son delincuentes que llevan a cabo Aquella tarde de domingo en San Isidro, las personas movilizadas fueron durísimas en las críticas hacia la política –quizá con justísima razón– y hacia la justicia criminal, pero no así hacia la policía. Al contrario, parte de la demanda de la “gente honesta” expresada en la cobertura periodística del evento se centraba en un reclamo de mayor presencia policial en las calles y en la ya clásica demanda de dejar actuar a la policía sin controles y sin las repugnantes ataduras de las garantías procesales y las restricciones legales a la De todos modos, lo importante es lo que queda, lo que dura. Y ello se resume en una ecuación heurística simple, clara, directa: las víctimas del delito violento son la gente honesta e inocente de cuantas ilegalidades se cometen en nuestra sociedad –la que, en general, pertenece a los sectores medios y altos– y los victimarios son menores marginales provenientes de las villas de emergencia situadas en nuestras grandes urbes y que para muchos de nosotros se Es tan marcada esta porfiada interpretación que cuando estamos ante la presencia de delincuentes que no cuajan con estos perfiles se produce una crisis hermenéutica de gran porte. Para muestra basta un botón. Hasta hoy, las crónicas periodísticas que hacen referencia al asesinato de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina menciona a éstos como los “empresarios asesinados”. Se los llama “empresarios” sólo porque eran tres jóvenes “blanquitos” de la clase media, profesionales y que pertenecían a familias nucleares bien constituidas. Sin embargo, si estas víctimas hubieran sido “negritos villeros”, con certeza se los llamaría los “delincuentes o narcotraficantes asesinados”. Lo otro que queda y perdura es la sensación de que a la inmensa mayoría de los políticos de nuestro país les preocupa la inseguridad real e imaginada de la gente sólo cuando ello genera un problema político que ponga en tela de juicio |