EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
| Orwell, escritor no predicador
![]() ![]()
2003 ha sido el año de Orwell. Del centenario. De forma exhaustiva, este recordatorio nos ha llevado, o por los suaves pasillos de la anécdota o por las ocultas historias non sanctae, como mandan los cánones del morbo mediático. Cuando no, se ha repetido –una y otra vez- todo cuanto sabíamos y es superficial y no compromete demasiado; aunque lo hayan traído a colación en nombre, precisamente, de la reivindicación política de su figura y de su obra: el testimonio catalán de la guerra civil; la alegoría de nuestro tiempo, la del 84, tan cinematográficamente explotada que ya la han dejado sin efecto, cuando por alegoría –además- ya resultaba ingenua (o simplificadora) en exceso. Lo fácil. Lo cómodo de asimilar. Cuanto da buen juego para llevar en andas a este George Orwell (1903-1950), santo patrono de tantas cosas. Y la rúbrica: una “conciencia moral del siglo XX”. Que, si nos fijamos bien, es sólo un eslogan, un buen titular que vale para todo, para cualquiera. Se cumple con las efemérides y quedan tranquilas muchas conciencias y las aguas en las que nadamos siguen mansas, o lo parecen. Este Orwell, de usar y tirar. Como se hace siempre en tales casos. Vendrá pronto otro que sea actualidad y lo suplante en el escaparate de la cosa; y así, hasta una nueva conexión. Claro, entrar en materia, en lo importante de verdad, supone quedar ante un rostro –suyo, nuestro- que no queremos ver porque no nos resulta conveniente. Dime, querido lector, si se ha hablado, con la misma profusión, de la abierta resistencia de Orwell a todo sistema gregario, a todo colectivismo ciego o bullanguero, formas de entender lo político como tejemaneje del poder, pero so capa de piel de cordero democrático y siempre anuladoras de toda consciencia individual. Porque Orwell escribe, frontalmente: “Las lealtades de grupo son necesarias, pero en la medida en que la literatura es obra de individuos, las lealtades envenenan la literatura” ¿Sólo la literatura? –preguntaría yo-. Quiero decir que sus palabras deben ser leídas en función de las relaciones políticas que de la literatura, necesariamente, se derivan. Una pregunta que nos lleva a otra, quizá más peliaguda para quienes abrazan el oficio de la palabra como uno más de aquellos manejos del poder o para quienes, con todo descaro, se han puesto, poniendo su palabra, a su servicio. La pregunta, ahora, sería: ¿cómo literatura o moral sin historia que es memoria; cómo memoria, si apenas se reduce a un ajuste interesado de cuentas de poder? Con intención lo digo. Pues Orwell siempre entendió ese poder como una fuerza impersonal; para él su peor prefiguración. Y defendió frente a ella toda apuesta individual; por más que su vulnerabilidad la dejara siempre en inferioridad de condiciones. A salvo así, sin embargo, su dignidad. Aunque ésta haya sido la imagen que de George Orwell se nos ha querido transmitir, nunca lo he visto, ni leído, como un predicador, ni como un moralista, en medio de aquella “atmósfera nebulosa de la doctrina abstracta”. Si reconozco en él a uno de mis semejantes, en esto de la lectura crítica del mundo, es porque, con algunos otros, me ha enseñado qué es ser escritor político; es decir, un individuo que –en uso de la palabra- no puede hacer más cosa (ni menos) que aproximarse con ella al otro, en rebelde voluntad de afirmación individual. No para distinguirse de aquél (ni mucho menos para alzarse con la soberbia de quien ostenta el poder de saber), para sentirse más próximo si cabe a ese otro; y tan frágil como él. ¿No es ésta la verdadera responsabilidad política del ejercicio de la escritura? Yo, desde luego, no entiendo otra. Escribir, para él, como vivir. No limitarse a poner letra a un determinado argumento, cumplir la experiencia de la carencia del lenguaje. Todo lo contrario de lo que es costumbre entre quienes se dicen críticos de progreso (sea en política o no). Éstos apenas se detienen en lo coyuntural, apostillan sucesos de actualidad, ponen pie a esas fotos: una escritura redundante la suya, que a nada compromete. Se remontan (hablo de dirección, pero también de la retórica del discurso) hasta las alturas de un espacio bien guarnecido, donde su temor al qué dirán se note más bien poco. Aunque quieran disimular, no pueden. Y se defienden defendiendo que las cosas sean como son, y que así deben aceptarse. Ningún atisbo de indignación política ante un poder que tira de ellos y engulle su diferencia. Es “la gran tribu de la recta izquierda” (¿se percibe la ironía?) que asoma de nuevo ahora y reclama su lugar con desaforado apetito. Suele poner cara de pena, de expoliada y vejada; de que siempre hay una deuda pendiente con ella, que todos debemos pagar. Porque esto es un colectivo, precisamente. Sabemos que no dice la verdad, pero dada nuestra malformación histórica –ese complejo- hemos confiado siempre en que sea verdad lo que dice. Y nos tranquilizamos. Hasta que un buen día descubrimos qué ha sido de la historia y de la memoria en sus manos; cómo la han reducido a narración documental, si con un punto de nostalgia mucho mejor: emotividad tramposa que empalaga, porque es una forma interesada, conveniente, de maquillar la realidad, como recientemente ha declarado Eric Hobsbawm, alguien nada sospechoso. Porque si la memoria y la historia son vehículos de pensamiento, si con su indudable energía no enriquecen el lenguaje, dando a la palabra fuerza de libertad, comprenderás, lector amigo, que apenas se reducen a un estereotipo común, tan del gusto de los predicadores. Ésa es la impresión que tengo cuando miro en torno y oigo lo que dicen quienes detentan el poder mediático y abusan de él a su antojo, sea información, sea literatura lo que ofrezcan. No es de estos Orwell, desde luego. Él cree en la verdad como forma de cauterio, de regeneración política, y así lo dice. No anda con escamoteos de prestidigitador, ni con retóricas de homilía. Esto, quienes dicen poseerla para uso exclusivo, quienes tanto nos han mentido, o nos han hecho creer que era ésa la única verdad. Y no. Cree Orwell, también, en la decencia humana. ¿Una ingenuidad? Por tal se tiene; porque los intereses, la sumisión incondicional, la moral perversa, han desacreditado la verdad objetiva; y lo que es peor, han insistido, con empeño digno de mejor causa, en que es error escribir aquello que de verdad se quiere decir y decir en verdad lo que se escribe. Es la razón por la cual Orwell defendió siempre una prosa diáfana, sin afectación; dejó siempre muy claro que el juicio crítico debía ser firme y no contemporizador, si bien contenido por una ponderada reflexión. Y subrayó que el lenguaje deja en evidencia al político deshonesto, porque éste lo empobrece al manejarlo únicamente para ocultar tras él sus mentiras interesadas o sus ideas convenientes. Lo mismo que sucede con el uso mediático del lenguaje en esta sociedad nuestra de la comunicación de masas. Así dice, textualmente: El estilo hinchado es por sí mismo una suerte de eufemismo (…) El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad. Cuando hay un hiato entre la realidad de uno y el propósito de uno, uno se vuelve de modo instintivo a las palabras largas y a las frases hechas y gastadas, como un calamar que hace derramar su tinta. No corrijo una sola coma, porque me parece que a nosotros, en este tiempo de dudosa moral, nos habla. Y en éstas ando, paciente lector, haciéndote partícipe de mi aprendizaje en la aventura de la necesidad estética de la ética; porque si he avanzado, durante años, por el camino de la literatura, si he querido hacer caso omiso a esa forma perversa del lenguaje que es la política, he llegado a darme cuenta de que estaba contribuyendo, sin quererlo, al empobrecimiento de la palabra, a su falta de libertad que es falta de verdad, y nos la han estado dando con el queso, primero, de un compromiso carente de responsabilidad y, después, con el envenenamiento masivo y torpe de lo correcto, que hoy padecemos y hacemos como si nada, cuando en realidad es censura que ni se disimula. Pero nos dejamos llevar por la corrección, puesto que de ello depende que tengamos voz y voto en el concierto cotidiano del coro que repite siempre la misma nota. Yo, desde luego, estoy con Orwell cuando me dice que “libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Pero –conste- no muestro mi juego para pasar por díscolo y ser visto; lo hago porque creo en el oficio de la escritura; y cómo voy a cumplirlo si dejo que el lenguaje, nuestra marca social por excelencia, me traicione y me obligue a traicionar –a sabiendas- a quien conmigo va. | | |
| |
http://es.wikipedia.org/wiki/George_Orwell