EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
Bakunin era chavista
El anarquismo de Bakunin (1814-1876) fue un sarampión de viejo; lo que sí fue toda su vida fue un revolucionario, pero, la mayor parte del tiempo, un revolucionario nacionalista y paneslavista.
Para Bakunin el Estado que tenía en su mente era el Estado de los Zares rusos. Era un Estado feudal y nada que ver, por tanto, con el Estado democrático inglés, de su tiempo, donde el monarca estaba sometido a la cámara de los comunes.
Asimismo, Bakunin odiaba el modelo de Estado de los prusianos, porque el mismo servía como acicate para la unidad alemana, de la cual, al contrario de Marx, era adversario. Prusia y Rusia, por tanto, eran los arquetipos que Bakunin manejada cuando hablaba del “Estado” en singular.
En ese sentido, Bakunin fue un combatiente contra el Absolutismo, y contra sus residuos en la Europa continental. Creyó firmemente que el campesinado era la parte más combativa de la revolución siempre que se emancipara del yugo de la religión. Y, dentro del proletariado, cuando le tocó decidir, apostó por el lumpenproletariado porque él mismo era un lumpen aunque de origen burgués y aristocrático.
Su comparación del Estado con Dios y de éste con aquél se debió a que precisamente el Absolutismo se fundamentaba en el derecho divino de los reyes, mientras que Bakunin apostaba por la libertad igualitaria o la igualdad libertaria que era su concepción de la democracia.
Su ateísmo era proverbial, y al fundar un partido político, la Alianza de la Democracia Socialista, llama la atención, de entrada, el nombre que seleccionó. Realmente, Bakunin era eso, un demócrata socialista. Esa Alianza, fundada al calor de la Primera Internacional, de 1864, perduraría hasta después de su muerte; y, en España, seguiría funcionando como tal hasta entrado el siglo XX.
Son los amigos de Bakunin, o digámoslo así, el grupo bakuninista de la Primera Internacional –especialmente James Guillaume-, el que fundaría el movimiento anarquista del siglo XIX, en el congreso de Saint-Imier (Suiza) de septiembre de 1872.
En todos sus escritos, que son muchos, aunque realmente escribió, y en ruso, un solo libro, Estatismo y Anarquía, fue condescendiente con los ingleses y con los yanquis, admirando, incluso, la conquista del Oeste por los americanos blancos de los Estados Unidos.
Es en Estatismo y Anarquía que, en algunos sitios, he visto citado como Estatismo y Paneslavismo, donde Bakunin se nos retrata con todos sus amores y todos sus rencores, es decir, de cuerpo entero.
Sus ataques a Marx, no se deben a la obra teórica de éste, sino a los manejos de la camarilla de Marx en las luchas internas en la Primera Internacional (1864-1872). En efecto, Bakunin tradujo al ruso el Manifiesto Comunista, de Engels y Marx, y estuvo traduciendo asimismo El Capital, aunque nunca lo terminó pero sí cobró por adelantado una cantidad que nunca devolvió. Porque Bakunin nunca trabajó, sino que vivía de los amigos.
En Estatismo y Anarquía Bakunin atacó a los marxistas, pero especialmente a Marx acusándolo de ser un judío alemán, es decir, afloró su antisemitismo que es típico de la aristocracia rusa de la época. Posteriormente, Max Nettlau, biógrafo de Bakunin, trató de suavizar ese ataque con lo cual demostraba que realmente no alcanzó a captar la personalidad de su biografiado. Tampoco lo hizo E. H. Carr.
Porque Bakunin sostiene, a decir verdad, que las esencias nacionales –o culturales- influirán sobre el socialismo como influyen sobre cualquier otra cosa. En muchos escritos de Marx y de Engels se puede constatar el pangermanismo del cual eran partidarios porque pensaban que el capitalismo alemán sería el primero en avanzar hacia el socialismo. Lo mismo pensaron respecto a los Estados Unidos cuando éstos le arrebatan los territorios a México en 1848.
Es decir, no es la ideología lo que mueve a Marx a producir la escisión de la Primera Internacional, y luego a enterrarla; no. Es el hecho de que Marx era un judío alemán, era pangermanista, y la concepción prevaleciente de lo alemán es la de un Estado, porque para Bakunin el pangermanismo es estatista porque la unidad alemana tiene su origen en Prusia.
Por eso es que los mencheviques acusarán a Lenin en los primeros meses de 1917 de ser “el nuevo Bakunin”, ya que el jefe bolchevique plantea un “anarquismo a lo Bakunin”. Ya que los mencheviques, marxistas al fin y al cabo, influidos por Alemania, y, por tanto, por el Partido Socialdemócrata alemán, consideraban absurdo hablar de socialismo en Rusia cuando ésta todavía no era una sociedad capitalista sino feudal.
Con las tácticas de Bakunin, e incluso, con anarquistas militantes, entre otros, Lenin tomará el poder en Rusia en noviembre de 1917, acompañado incluso de Trotzky que siempre adversó sus postulados dentro del partido bolchevique.
Es curioso, pero la historia está ahí para confirmarlo, el modelo bakuninista de organización tenía un nombre aparentemente inofensivo, “democracia socialista”, pero su estructura interna era la de un partido bolchevique como el de 1905. La experiencia aliancista en la España de finales del siglo XIX lo confirma: Anselmo Lorenzo se queja en sus memorias del partido bakuniniano que, por considerarlo demasiado blandengue, lo relegó en los cargos de la FTRE (Federación de Trabajadores de la Región Española).
Hay que rememorar que Anselmo Lorenzo no fue de los íntimos de Bakunin; realmente, en España, los jefes del partido bakuninista (la Alianza) fueron Gaspar Sentiñón y Rafael Farga Pellicer. Así como en Francia fue Guillaume; en Italia, Cafiero; etc.
Aunque, en tanto filosofía, existió anarquismo antes de Bakunin –y antes de Proudhon-, el movimiento anarquista, históricamente entendido como tal, comienza en Saint-Imier, en 1872, reivindicando la autonomía de las federaciones de la clase trabajadora y la destrucción de todo poder político, incluso del que erigiera en nombre del proletariado.
Las resoluciones del congreso de Saint-Imier (1872) son accesibles, a través de Internet, a todo el mundo. Ahí se constata la gran diferencia entre el modelo marxiano y el modelo anarquista, porque, todo debe decirse, el modelo anarquista es el modelo revolucionario mientras que es el parlamentario el marxiano. Es decir, Bakunin, como hará todo el movimiento anarquista posterior, objeta que los socialistas practiquen el parlamentarismo –aunque a finales de su vida recomendó a alguno de sus amigos que se hiciera diputado- y, por tanto, que el proletariado tome el poder político –porque éste es estimado, para la época, como absolutista- para edificar un Estado “de arriba abajo”.
Sin embargo, Bakunin era partidario del Estado desde “abajo”. Ésta es la clave. Era imposible que Bakunin sepultara toda su herencia nacionalista y paneslavista, y, en efecto, nunca sucedió, su anarquismo será el sarampión de sus últimos siete años de vida –vivió 62 años-, lo cual nada desdice de su personalidad.
Y, es así, cuando se le cae la quimera que había cifrado en Liga por la Paz y la Libertad –movimiento de intelectuales burgueses antiabsolutistas- que se introduce en la Internacional porque llega a la conclusión de que la “democracia socialista” sólo provendrá del proletariado, y de éste en alianza con el campesinado.
Todos los escritos de Bakunin durante ese período de transición entre el nacionalismo revolucionario de izquierda y el anarquismo –o lo que, posteriormente, sería conocido como anarcosindicalismo- están reunidos por Sam Dolgoff en su selección de los trabajos de Bakunin. También se encuentran en las obras reunidas por A. Lehning en el Instituto de Historia Social de Amsterdam.
En uno de esos escritos, intitulado “El Programa de la Hermandad Internacional”, que data de 1869 –tenía Bakunin 55 años de vida-, se lee:
“Ya que la Revolución se debe lograr en todas partes por medio del pueblo y debido a que su suprema dirección siempre debe residir en el pueblo, organizado en una federación libre de asociaciones industriales y agrícolas, el nuevo Estado revolucionario, organizado desde abajo por las delegaciones revolucionarias que abarcan todos los países rebeldes en nombre de los mismos principios, tendrá como objetivo fundamental la administración de los servicios públicos, no el gobierno de los pueblos. Constituirá el nuevo partido, la alianza de la revolución universal, como oposición a la alianza de la reacción”. (Subrayado mío).
Es decir, Bakunin pensaba en que tras la destrucción del Estado burgués o absolutista, se debía erigir un “nuevo Estado revolucionario, organizado desde abajo por las delegaciones revolucionarias”.
Si nos fijamos bien, ése no es otro que el modelo chavista del poder popular planteado en la reforma constitucional del 2 de diciembre próximo pasado. En efecto, allí se proponía que el poder constituyente, es decir, todo el pueblo, se organizara en comunas, y éstas serían las células del poder popular. Así, pues, todo el desarrollo del poder popular, a partir de la propuesta chavista, no es otra cosa que bakuninismo puro.
Naturalmente, las condiciones de los tiempos de Bakunin no son, ni por asomo, las condiciones de los tiempos del chavismo. Incluso, la evolución de las organizaciones políticas, especialmente del Estado, de la democracia, etc., hay que reconocerlo, ha dado opciones a que fenómenos como el de Chávez aparezcan en la historia.
Y, a la vez, no ha habido en Venezuela un sindicalismo no burocrático ni un proletariado como lo pensaron Marx y Bakunin, así como tampoco ha habido una burguesía, dadas las características de la economía venezolana de sociedad rentista de la riqueza petrolera. Ha habido, eso sí, lumpenburguesía y mucho, mucho, lumpenproletariado… ¡esa es la realidad!
Pero ya está cuajando la lumpenburocracia, es decir, una casta social que dueña del Estado compite con la lumpenburguesía por su control. En tanto que las fuerzas populares están a la deriva porque no tienen organizaciones autónomas de clase y, porque, todavía, mantiene una alianza tácita con la burocracia como nueva clase dominante.
Esa alianza evidente ni se ha roto ni se ha resquebrajado aún. El pueblo trabajador aspira a que sean sus quimeras las que terminen siendo las hegemónicas y eso depende, en gran medida, del concierto internacional en el cual se mueve la revolución bolivariana –en tanto revolución y en tanto radicada en un país petrolero-.
Quizá entramos en la etapa de la revolución en la cual la clase trabajadora entre en lid con la burocracia y la burguesía, al mismo tiempo. Pero eso requiere formas de organización popular que superen el viejo liderazgo. Necesitamos vino nuevo en odres nuevos, parafraseando a González Prada.-
Lorenzo Miguel.-
27-sep-08