Barack Obama ha renunciado a pagarse la carrera presidencial con fondos públicos. Eso le priva de 85 millones de dólares (casi 55 millones de euros) pero en cambio le deja las manos libres para gastar todo lo que quiera. El único límite está en la propia capacidad de recaudar.
Obama tiene una política recaudatoria brillante desde el principio. Empezó pidiendo poco dinero a mucha gente. Hubo una miríada de donaciones de hasta doscientos o veinte dólares, algo que tenía la doble virtud de dar una imagen de genuino apoyo popular -como de Robin Hood pasando la boina- y de dejar abiertas las compuertas del futuro. Como sólo un 1,5 por ciento de los donantes de Obama han agotado el máximo legal de donación, siempre se les puede volver a ordeñar más adelante.
Por supuesto Obama no iba a hacer saltar la banca con los ahorrillos de un ama de casa de Illinois. Pero su sistema de «deje una paga y señal primero, y retrátese después» le permitió sembrar una red de donaciones que se ha ido haciendo mucho más tupida y entusiasta a medida que sus perspectivas de ser presidente han aumentado. Es mucho más gratificante poner dinero en la campaña de Obama ahora que hace un mes.
En la última ocasión en que se revisaron oficialmente los marcadores recaudatorios, el pasado 30 de abril, resultó que Obama llevaba recogidos un total de 266 millones de dólares (171 millones de euros), de los cuales 6,45 millones de euros eran específicamente para la campaña de otoño. Su oponente John McCain sólo llevaba recaudados a esas alturas 110 millones de dólares (71 millones de euros).
Nadie duda de que Obama puede sacar mucho más dinero que McCain, un candidato al que muchos poderes fácticos conservadores miran aún con reluctancia. El carácter histórico e imperioso de la candidatura de Obama -tiene que vencer o ganar- justificaría el «todo vale» a la hora de olvidarse de su virtuosa promesa de no aceptar dinero de lobbistas para llegar a presidente.
Primera vez desde 1976
El joven senador que emocionó a la nación con su promesa de llegar a Washington y cambiarlo todo -lo mismo que prometían los Clinton en 1992, antes de llegar y descubrir lo titánico del empeño- ya lleva unas cuantas renuncias. Primero tuvo que desprenderse de su sacerdote de cabecera. Después de su asesor áulico para elegir vicepresidente. Ahora se desdice de su robusta y romántica defensa del sistema de financiación pública de la actividad electoral, algo que se instauró con toda la intención después del escándalo Watergate.
A McCain le faltó tiempo para echar vinagre en la herida. «Obama es un político como los demás», constató. El equipo de Obama rechaza que renunciar a los fondos públicos equivalga automáticamente a echarse en brazos de los lobbies más siniestros. El reto es tener la habilidad de distinguir las manzanas sanas de las podridas. Los buenos donantes de los malos.
Sobre el pasado financiero de Obama planea una sombra parecida a la del caso Whitewater para los Clinton. Existe un vínculo poco claro entre la operación de compra de la residencia familiar de los Obama y las operaciones de Tony Rezko, un especulador de Chicago actualmente bajo la lupa judicial. Obama intentó cortar por lo sano donando a caridad todas las aportaciones de Rezko a su campaña, pero queda la duda.
En general los que rodean al candidato son optimistas sobre las posibilidades de llenar las arcas electorales sin dar pasos en falso. Uno de sus asesores, Joe Trippi, se ha fijado un horizonte de 500 millones de dólares (322 millones de euros).
Además se espera un providencial espaldarazo de Hillary Rodham Clinton, quien el próximo día 26 volverá a comparecer públicamente junto a Obama, y que ya ha empezado a pedir que sus propios donantes extiendan cheques para él.-