EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
Nada peor que los envidiosos armados. Que los frustrados y/o tarados con un título universitario, que de esos sobran. O con alguna cuota de poder. En fin, nada más peligroso que mono con hojilla, como Uribe o Bush.
Mientras la oligarquía neogranadina se aliaba con el imperio del yanqui, los mantuanos caraqueños seguían incólumes las añoranzas de la Colonia. Es así como expulsaron a Bolívar y a la memoria de Bolívar. Y, fue de esa manera como el cónsul británico en Venezuela se convirtió en el alter ego de Páez hasta que llegó la Guerra Federal.
¿Qué mecanismos ligan a la burguesía postcolonial venezolana con los imperios: envidia, mansedumbre, o cuáles? ¿O con la aristocracia devenida en oligarquía, neogranadina? Ni antes ni después de la Gran Colombia fueron semejantes Venezuela y la Nueva Granada; ni en las clases dominantes ni en las clases dominadas. Con el tiempo estas últimas –por la opresión y la explotación- forzaron la semejanza.
Que la Nueva Granada de nuestros días devenga en el Israel del Caribe, nada de raro tiene. Israel es “gente rara” incrustada en Oriente Medio, extranjeros dueños de un territorio de otros. La oligarquía colombiana es tan israelita como la porteña lo es en la Argentina. Son los dramas de la Colonia española –tres siglos con sus días- que quedaron pendientes. La oligarquía peruana se sintió siempre más atraída por los latifundistas de Buenos Aires que por los soldados colombianos –de la Gran Colombia- que desfilaban por Lima acompañando al “general Bolívar”.
San Martín que murió de viejo intuyó que América requería de una monarquía mientras que Bolívar que murió de arrecheras -y joven- predicaba la República de trabajadores de todas las clases. Para el trono vacante de San Martín los herederos burgueses de la Emancipación Americana disputaban entre ellos si era mejor un infante británico o un infante español. Y, siempre adelantados, los brasileños solucionaron el asunto: se buscaron a la misma corte portuguesa y pusieron al príncipe de emperador del Brasil, y las tropas de éste amenazaron a las de Bolívar que, osado como siempre, se planteó la posibilidad de enfrentarlas.
Siguieron las clases aristocráticas de la Colonia los dictados de los imperios, inglés, yanqui o hasta español –que algún sector aspiró, en su momento, a reintegrarse a la Madre Patria en tanto “provincia”. Esa dinámica prosiguió hasta nuestra época. La Emancipación Americana del siglo XIX, incompleta, frustrada, espera por la Integración Americana del siglo XXI, sin la cual no será posible ser un “nuevo mundo”.
Las burguesías nacionales fueron dilemáticas: o desarrollaban el país o seguían la seguidilla de la burguesía imperial, en eso se tiraron dos siglos. A decir verdad, les daba asco el pueblo heredado de la Colonia: indios, mestizos, cholos, afrodescendientes, blancos de orilla, etc., gente que requería de “sangre europea”, había que “cruzar al ganado”, si hasta los “extranjeros” de a pie resultaron inconvenientes porque traían ideas “extranjeras”, como las anarquistas, por ejemplo, o las bolcheviques, que era de “lo peor de Europa”.
La Colonia fue racista pero la Independencia también. Los juicios por “pureza de sangre” tras la Emancipación siguieron la vía de las evidencias, de los sentidos, abandonando los tribunales de “la legalidad”: no podía un cuarterón –jamás- ser ni jefe civil siquiera. Y, como toda sociedad no reproduce sino lo que subyace en ella, nuestras universidades fueron igualmente racistas –doblemente racistas, porque admitían el apartheid del conocimiento y de la procedencia de clase social-.
El general Demográfico fue librando sus últimas batallas. Ya el mestizaje se convirtió en mestizaje ideológico, algunos intentos hubo con Mariátegui y con los hermanos Flores Magón, pero no se difundieron. Y como estamos en la época de la digitalización del espectáculo y del mundo sin fronteras, la globalización impone la Integración así como impuso la Colonia en el siglo XVI.
Pero integrarse no es lo mismo que implantar el socialismo. Para lo segundo, sin embargo, hay que lograr lo primero. Si no somos capaces de integrarnos quizá dejemos de ser patio trasero de un imperio para seguir siéndolo de todos. Seremos siempre “ultramar” y jamás América. E integrarnos, y además, cubrir en poco tiempo, quizá una década, la brecha científica y tecnológica, sin lo cual estaremos condenados a ser siempre colonias o neocolonias.
Lo importante ahora es que hay sectores de la clase dominante americana que no quieren la integración porque ésta no es parte de su proyecto de acumulación-despilfarro-reacumulación. Descolla entre ellos la oligarquía neogranadina. Y la de los charros mexicanos o herederos de los gachupines enriquecidos. Porque el capital no puede sembrarse como los tesoros, está en su devenir que debe dinamizarse, acumular, acumular y acumular.
Tanto en México –la Nueva España- como en Colombia –la Nueva Granada-, y algo semejante en el Perú, la integración no es una quimera sino un negocio más: por eso los TLC le son tan propicios. Y, con el objeto de garantizar el negocio seguro, han echado mano de cuantas ficciones se pueda imaginar: todos los aparatos de la dominación se ponen al servicio del negocio del TLC. La cuestión no es, por tanto, dividir para vencer, sino impedir que se unan porque divididos estamos desde el siglo XVI: nos dividieron Ellos porque Ellos también estaban divididos. Pero ni Prusia ni el Zar fueron invitados al reparto del botín, y quizá eso explique tantas historias.
La integración la impone la globalización pero si todos se globalizan sólo pueden hacerlo por vías socialistas. China entró como río en conuco a la globalización y su socialismo –que no es otra cosa sino capitalismo de estado, porque no puede ser otra cosa- entrará en contradicción con el socialismo que la globalización exigirá más temprano que tarde. Rusia regresa a esquemas socialistas dejando atrás los tiempos en que Reagan conquistara Moscú. Porque el socialismo es que la distribución del excedente dedique al trabajo tanto –o más- de lo que dedica al capital. Mientras que la globalización capitalista es que el excedente se reparta entre el capital local y el capital multinacional. Por eso, Uribe y Bush se oponen, al lado de Calderón, a la Integración sin la cual la Emancipación Americana quedaría como una morisqueta de la historia.
Por eso, en un campamento de las FARC, al sur del Putumayo, se libró otra batalla entre la Integración+Socialismo y la Balcanización Eterna+Capitalismo.-
OCA
http://es.wikipedia.org/wiki/Putumayo_(departamento)