EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
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No he podido por menos que emocionarme como una criatura mientras escuchaba cuando Javier Bardem dedicaba su Oscar a su madre, sus abuelos, su tío, y a los “cómicos” españoles que dignificaron su oficio en un país donde la dignidad estaba casi fuera de la ley. Su tío, Juan Antonio, fue el primer español nominado, amén de todo un símbolo. Aunque, no hay que decirlo, uno no tiene el menor vínculo familiar con los Bardem, sí tiene motivos de sobras para sentirlos como algo un poco o un mucho próximo, casi primos. Sobre todo, claro está, por el cine. Decir Bardem en los años cincuenta y sesenta era decir que otra España era posible, y que algunos de nuestros mejores escritores y cineastas eran de lo peor, o sea comunistas. Mi compadre que ya militaba en Comisiones y en PSUC y sus amigos que no entendía como era que “un chico como yo” no entrara en el partid, porque sí me interesaba la cultura, en “el Partido estaban, entre otros, Juan Antonio Bardem, Francisco Rabal, el crítico de arte “Joseíto” Moreno Galván, “paizano” ilustre que en casa era como de la familia… Era un buen argumento, y además estaban –añadía uno de los camaradas- Manuel Sacristán o Raimon, gente que me importaba aunque quizás no tanto como los cineastas porque, a falta de otras vías, para mí puerta de la cultura me había llegado ante todo y sobre todo por el cine, y en el cine. En este terreno estaba por supuesto el gran cine “liberal” norteamericano, aquel que defendía con pasión que negros y blancos eran iguales en películas con Sidney Poitier o Harry Belafonte, un “rojo” de los de verdad, o que los indios eran las víctimas y los buenos, y el que nos permitió saber lo que era e fascismo en películas que a principios de los años sesenta eran n desafío a todo lo que se decía oficialmente. Eran películas contra las que bramaba la revista más oficialista, Primer Plano, y que servidor dejó de comprar en lo que posiblemente fuera su primer acto político inmerso en un medio en el que –al menos aparentemente- no se movía una mosca. Pero el cine “liberal” norteamericano, o incluso el cine nacional-popular italiano o francés (o británico porque por entonces ya estaba en marcha el “free cinema”), siendo fundamentales, no podía ser algo tan próximo, tan cercano como era el cine español, un cine sobre el que en los medios trabajadores pendía sin apenas distinción el improperio de “españoladas”, ciertísima tantas veces, pero muchas otras, y lo era siempre pero siempre siempre con los “cómicos”, o sea con la caterva de secundarios que desde José Isbert hasta Guadalupe Muñoz Sanpedro iluminaban la película en las escenas en las que aparecían. Que yo sepa, Guadalupe, como la impagable Julia Caba Alba, otra familia que tal, siempre las conocí de mayores, pero con el tiempo, llegué a apreciar sus intervenciones con adoración. Fueran muchas veces que en el cine o más tarde en la TV, maldecía la pérdida de tiempo que me estaba ocasionando aquella película cuando todo cambiaba en el momento en el que una de estas señores o de estos señores de los que podría improvisar una larga lista, aunque casi todos ellos formaban parte del cuadro escénico de las mejores películas de Berlanga y Bardem, y de otros que contribuyeron a dignificar aunque fuese parcialmente el cine nacional, directores menos conocidos como Carlos Saura, José Mª Forqué, Miguel Picazo, y otros, hasta Ana Mariscal realizó una versión encantadora de la novela de de Miguel Delibes El camino con una imponente Mª Luisa Ponte, otra que tal. Es una verdadera pena que el trabajo de estos “cómicos” se haya perdido entre tanta película mediocre, o se hayan olvidado en otras de innegable valor. Estoy pensando al vuelo con el propio homenaje que Juan Antonio realizó en Cómicos (1954), que seguro estuvo presente en la memoria de mucha gente cuando Javier Bardem brindó por ellos, pero también sería de mucho interés recuperar películas como Maribel y la extraña familia (1960), quizás la mejor de Forqué junto con Atraco a las tres, adaptación de una de las mejores obras del Dr. Jekyll-Miguel Mihura (que también fue un repugnante Mr. Hyde), amén de y una de las últimas con doña Guadalupe y doña Julia como coprotagonistas en mayor grado de lo habitual, interpretando a la extraña familia que Marcelino (Adolfo Marsillach) presenta a una Silvia Pinal pletórica; dos tietas de un rango equiparable a las que acompañan a Cary Grant en ¡Arsénico, por compasión¡. Lástima que semejantes “cómicos” se hayan archivado entre tanto mal cine, y que nadie se haya acordado de ellos para deleitarnos, por ejemplo con un buen documental. Recordemos que el anarquista (conservador) y el comunista (“del Partido”) Bardem, colaboraron en sus comienzos en dos joyas como lo fueron Esa pareja feliz, que ambos codirigieron con mucha más mala uva de lo que el régimen llegó a creer (¡la escena de Lola Gaos mofándose del cine de exaltación histórica¡), y continuó en Bienvenido, Mister Marshall (1953), en la cual ambos fueron coguionistas y contaron además con una contribución adicional de Miguel Mihura en los diálogos. Ésta última dirigida por Berlanga, obtuvo el premio al mejor guión y a la mejor comedia en el Festival de Cannes En aquel tiempo, el único Bardem famoso era Juan Antonio y sus primeras películas como las del primer Berlanga, que fueron en el sentido más pleno del término verdaderos “golazos” contra la dictadura, en particular las del segundo, pero el primer Bardem no le fue a la zaga, Muerte de un ciclista (1955) y sobre todo, Calle Mayor (1956) son auténticos hitos en la historia del cine y en la conciencia de los espectadores, al menos de os más inquietos. Yo era muy niño cuando se hicieron, y por entonces para mí el cine pasaba por las sesiones infantiles del domingo por la tarde, el de cine de aventuras, y cuando era un adolescente el conocimiento sólo fue posible gracias a las revistas como Fotogramas y sobre todo de la casi mítica Nuestro Cine (sobre la que habrá que hablar algún día), y recuerdo que para ver Muerte de un ciclista tuve que asistir a una parroquia del barrio de Pueblo Seco un día laborable y por la noche, lo que significaba al menos dos cosas, acostarte muy tarde cuando al día siguiente había que madrugar y bien, y luego regresar el taxi, algo que tuve que hacer con unos ahorrillos porque de saberlo mis padres me matan. Ahora son películas de culto como las grandes. Lo son por sus propias riquezas pero también por sus connotaciones. Así el que escribe no ha podido por menos que acordarse del argumento de la primera con ocasión de un caso reciente en el que el dueño de un cochazo había interpuesto una querella a la familia del ciclista que había matado en la carretera, como sí no fuera nadie. Ese era a mi entender el secreto de la película, que la pareja adúltera (el hasta entonces exiliado Alberto Closas y Lucia Bosé que acababa de trabajar con Antonioni), descubre que el ciclista anónimo que habían matado involuntariamente era una persona, un trabajador que se ganaba la vida trabajando de mala manera, que dejaba una familia en la desesperación, gente que no era nada, “purria” para la gente importante que mandaba, un régimen que en la película tenía el rostro de Carlos Casaravilla, un actorazo tan bueno mientras más malo era en la pantalla, tan malo o tan bueno según se mire como lo haya podido ser Eli Vallach aunque con menos suerte. El nombre de Juan Antonio Bardem fue el del primer director español que sonó a la famosa y sumamente discutible noche de los Oscar cuando su película La venganza fue nominada en el capítulo de la Mejor Película Extranjera (¡que tantas veces fue también la mejor del año!) en 1959 con La venganza, obra parcialmente fallida entre otras cosas porque la censura se cebó con ella. Ha pasado a la historia como la mejor que hiciera Carmen Sevilla en su vida, que estuvo acompañada por el estupendo Raf Vallone y Jorge Mistral en tanto que a Fernando Rey le correspondió representar al “héroe positivo” que era la única forma posible de introducir un cierto discurso crítico. La venganza encerraba una parábola sobre la “reconciliación nacional”, una propuesta que finalmente sería asimilada por la derecha y por el PSOE. Los éxitos internacionales de Bardem se hicieron insoportables para el régimen que desde mediados los años cincuenta trató de hacerle la vida imposible, y apenas puede desarrollar su trabajo cinematográfico en el país con la excepción de su mayor obra, Nunca pasa nada (1963), que viene a resultar como una segunda parte de Calle Mayor, una descripción detallada y magnífica de las miserias de nuestra vida en provincias, base en no poca medida del franquismo como luego será del electorado fraguista, y que a pesar de sus grandes méritos y de ser una coproducción hispanofrancesa (con cuatro actores magníficos; Jean-Pierre Cassel, Corinne Merchant, Antonio Casas y Julia Gutiérrez Caba), parece que ha desaparecido de la historia del cine. Sus películas posteriores no merecen mayor atención exceptuando quizás de El puente (1977), en la que intentaba deshacer el discurso cinematográfico del landismo desde dentro, con un Alfredo Landa que finalmente se hace de Comisiones Obreras, todo un presagio. Por supuesto, hay que considerar Siete días de enero (1979, galardón Golden Price en el Festival de Moscú), todo un esfuerzo casi personal por hacer un cine de denuncia digno de tal nombre que queda como el mejor testimonio del asesinato de cuatro abogados laboralistas pertenecientes al Partido Comunista de España por parte de un comando terrorista de la ultraderecha española, todo ello en plena transición española, y también como un ejemplo de ni siquiera el PCE quería transitar este camino.. Hay otra película suya del mismo aliento, aunque mucho más discutible. Se trata de La advertencia (Bulgaria-URSS, 1982), una tentativa de “biopic” acrítico de George Dimitrov centrada en el proceso de Leipzig en el que el líder comunista pasó a ser acusador del nazismo, y un agitador por la unidad antifascista. Apoyada en documentos fílmicos de la época, La advertencia deja de lado el estalinismo como sí éste nunca hubiera existido. Quizás haya que hablar de ella con más detenimiento. El lector que quiera acceder a un buen estudio de Juan Antonio tendrá que buscar la obra de Juan Francisco Cerón Gómez, El cine de Juan Antonio Bardem (edición de la universidad de Murcia, 1998). Y para acabar, afirmar que el Oscar a Javier Bardem como el de Cecil Day Lewis son un honor para un cierto Hollywood que este año parece que ha querido decirnos que otro cine es posible… |