El pasado 4 de Febrero se realizó, como se había previsto, la marcha del
oficialismo colombiano contra las FARC-EP. Pese a haber sido convocada en
todo el mundo, la convocatoria internacional no fue significativa – aunque
se llevó a efecto en un gran número de ciudades, la mayor parte de los
actos fueron diminutos. Es en Colombia donde la marcha tuvo un carácter de
masas indiscutido.
Y no es de extrañarse: el secuestro de civiles y otras acciones aberrantes
que realizan las FARC-EP, los cuales atentan directamente en contra de los
valores que esta organización dice sustentar, generan un justo rechazo e
indignación en amplios sectores de la población. El carácter
multitudinario de esta manifestación se explica, en gran medida, por los
errores políticos fatales y por las acciones inexcusables que las FARC-EP
vienen realizando por lo menos desde hace 15 años, cuando el aparato
militar se terminó de comer, completamente, el ala política de la
organización. Pero no es sencillamente el rechazo a estas prácticas lo que
explica el carácter masivo de la manifestación del 4 de Febrero –mal que
mal, tales prácticas, y bestialidades aún peores, son realizadas
rutinariamente por los paramilitares aliados al Estado y por las fuerzas
del Estado mismas (mutilaciones con motosierra, ejecuciones con granada en
la boca, jugar al fútbol con las cabezas decapitadas de campesinos,
desapariciones, etc.).
Manufacturando la "opinión" pública
Lo que vimos el 4 de Febrero no fue solamente la justa indignación a
ciertas acciones censurables de las FARC-EP. Lo que vimos es, también, el
resultado de una fuerte campaña propagandística e ideológica desde el
Estado, a cuya cabeza se encontraron los medios de comunicación que en
Colombia funcionan como meras máquinas de propaganda de guerra, exagerando
los crímenes del adversario y minimizando y ocultando los crímenes del
propio bando. Pues el drama de los secuestrados se instaló desde la prensa
hasta la televisión, la cual repetía una y otra vez, hasta la saciedad,
imágenes y ciertas declaraciones de los secuestrados y capturados[1]
(solamente aquellas declaraciones de su conveniencia), mientras guardaba
un mutismo interesado sobre los nuevos desplazamientos y crímenes de los
paramilitares y del Ejército. Tan sólo en Enero, cuando los medios,
partiendo por Caracol y El Tiempo, se llenaban la boca hablando de los
derechos de los secuestrados, el Ejército realizó 16 ejecuciones
extrajudiciales y los paracos realizaban dos masacres, ocho homicidios y
desparecían a una decena de personas. Ninguna de estas noticias tuvo la
misma cobertura que los secuestrados en poder de las FARC-EP.
Algo de experiencia ya teníamos de la parcialidad de la prensa colombiana:
cuando organizamos la conferencia de prensa de la Misión Internacional de
Verificación sobre la Situación Humanitaria y Derechos Humanos de los
Pueblos Indígenas de Colombia (MIV, Sept. 2006), tan sólo Caracol nos dio
medio minuto de transmisión. Un tiempo completamente mezquino, si se
considera que la misión tenía importantes resultados, como dar a conocer
la existencia de las "Águilas Negras" así como el hecho de que en las
zonas supuestamente desmovilizadas las estructuras paramilitares se
mantenían intactas. Hay que recordar también que la misión tenía un perfil
bastante elevado, siendo integrada por agencias de ONU, de la UE y de la
OEA. En El Tiempo no apareció ni siquiera una nota mugrosa. El contraste
con la difusión que recibió hasta la más mínima manifestación
internacional del 4 de Febrero es notable. Ya habíamos visto, también, a
fines de Septiembre del 2006, en el contexto de la misión, una
manifestación de 80.000 personas en pleno centro de Bogotá marchando en
contra de la política tributaria de Uribe la cual no fue reportada, al día
siguiente, en ninguno de los periódicos ni noticieros. Esta experiencia de
primera mano nos sirvió para entender como la prensa de ese país tiene un
rol claro en la propaganda de guerra.
Es verdad que los ataques insurgentes a la población civil son
injustificables. Pero hay que ser claros en que los medios tuvieron un rol
nada menor en "manufacturar" un cierto consenso de la opinión pública y en
denunciar hasta el cansancio ciertos crímenes pero no otros, según sus
propios intereses políticos, beligerantes y de clase. Que los errores y
actos aberrantes de una organización insurgente han sido explotados por el
gobierno y por sus medios de comunicación subalternos para ocultar sus
propios crímenes y para reforzar su propaganda belicista es un hecho
indudable.
Tan indudable como que la propaganda que busca retratar a la insurgencia
como vaciada de todo contenido político, como una expresión del crimen
organizado, como delincuencia común a gran escala y terrorismo, busca
evitar cualquier iniciativa de negociación política para terminar al
conflicto. Tal salida negociada, implicaría poner en el tapete los
orígenes de un conflicto que cada vez se pretende retratar más como un
conflicto sin historia y sin causas estructurales. Y significaría, además,
poner en la mesa de negociación, no solamente las condiciones para el cese
de las hostilidades por parte de los insurgentes, sino que también
redefinir las relaciones sociales basadas en la violencia constante,
sistemática y tradicional que el Estado colombiano junto a las clases
dominantes han practicado en contra de sus "subalternos" como una práctica
normal durante toda la vida republicana de Colombia. La salida negociada
pone en riesgo el monopolio absoluto de la riqueza, de la fuerza y del
poder que detentan unos cuantos gomelos en el país. Pero sin esa salida
negociada el conflicto se seguirá prolongando ad infinitum o bien
reaparecerá, como lleva ya décadas haciéndolo, en nuevos ciclos de
violencia.
La manipulación del dolor de las víctimas para así crear,
tranquilamente... ¡nuevas víctimas!
El 4 de Febrero, marcharon unos tres millones de personas en Colombia en
contra de las FARC-EP. Es un número importante, que plantea a esta
organización insurgente la necesidad inaplazable de corregir sus métodos
viciados. Esto, porque no fueron solamente los uribistas duros (quienes
indudablemente estuvieron en pleno) los que se manifestaron. Es verdad que
contribuyó a la masividad de la marcha, aparte de los factores ya
mencionados y la manipulación mediática, el hecho de que las clases fueran
suspendidas para asegurar que los estudiantes marcharan, el hecho de que
la parte patronal diera a sus trabajadores permiso para ausentarse o que
les dieran tres horas de almuerzo, y el hecho de que militares y policías
hayan marchado de civil. Nunca antes una manifestación en Colombia había
sido hecha con tanta facilidad –cuando son las víctimas las que se
manifiestan, de rigor es el ESMAD quien les está acosando del comienzo al
final. Pero lo que es indudable, es que, con todo, este número es
importante y expresa la necesidad profunda de revisar sus tácticas a las
FARC-EP; y de revisarlas no solamente en el plano de lo militar.
Nosotros, junto a las organizaciones populares y de derechos humanos que
resisten en Colombia los devastadores efectos para los pobres
principalmente del campo que ha acarreado consigo la Política de Seguridad
Democrática implementada por Uribe, nos opusimos a la convocatoria, no
porque estemos de acuerdo con el secuestro de civiles o con otras
prácticas igualmente aberrantes de las FARC-EP, sino porque veíamos,
claramente, que esta iniciativa, supuestamente “apolítica” y “espontánea”,
era una jugada orquestada desde el gobierno a fin de crear consenso en
torno a su política militarista y a fin de desviar la atención del
resurgimiento del paramilitarismo. No estábamos de acuerdo con que el
dolor y la indignación fueran manipulados por un gobierno de parapolíticos
y de violadores de derechos humanos. No estábamos de acuerdo con una
política de denuncia selectiva, ni de verdades a medias, que servirían
para canalizar apoyo a uno de los bandos beligerantes pues sabemos que la
solución al conflicto colombiano no puede ser de carácter militar.
Los hechos nos dieron la razón: pese a que se decía que la marcha era
“apolítica”, que no era pro-Uribe, el mismísimo Uribe Velez salió a dar
las “gracias” al pueblo colombiano por su manifestación... ¿gracias de
qué? ¿sería ese el lapsus mental que dejó entrever que la inocente marcha
apolítica era, en realidad, política de gobierno para canalizar apoyo a su
bando? Pero el descaro no terminó ahí: a los pocos días ya había quienes
hablaban seriamente de un tercer período para Uribe... ¿con qué cara puede
desmentirse que se manipuló el dolor de los familiares con afán político?
En fin, el gobierno ya había movilizado a sus ministros y personeros por
todo el país, estando el propio Uribe en Valledupar y había dado orden a
sus cónsules y embajadores que lanzaran las manifestaciones. Esto
demuestra hasta que punto era importante para el uribismo esta
manifestación y hasta qué punto puede sospecharse que ellos mismos
estuvieran detrás de ella desde un comienzo. A fin de cuentas, si se han
hecho hasta auto-atentados (los atentados de la XIII Brigada de Bogotá
antes de la asunción de Uribe el 2006), ¿por qué no podrán orquestar
acciones utilizando a la “sociedad civil”?
Una manipulación que no se impuso del todo
Y sin embargo, el gobierno no pudo lograr la manipulación absoluta de la
jornada ni alcanzar todos sus objetivos políticos. No hubo un mensaje
unívoco que saliera de la manifestación, más allá de la consigna de “no
más secuestros”. Es verdad que los uribistas estuvieron presentes al grito
de “Uribe, amigo, el pueblo está contigo”; es verdad que Salvatore Mancuso
apoyó la marcha y sus paramilitares diz que desmovilizados marcharon; es
verdad que los militares y policías marcharon también (mientras sus
camaradas en uniforme se preparaban para una nueva escalada bélica); es
verdad que hasta neonazis marcharon en Bogotá, para pueda apreciarse que
muchos se tomaron la marcha como un acto de respaldo a una política
beligerante y no a la búsqueda de la paz sustentable y duradera. Es verdad
todo esto.
Pero también es verdad que marchó un número importante de personas que no
respaldaron la solución bélica, que se manifestaron contra la violencia
hacia los civiles viniera de donde viniera y que se manifestaron por el
acuerdo humanitario y la salida negociada al conflicto. Hubo otros que
también manifestaron la realidad silenciada del paramilitarismo. Hasta
hubo expresiones, principalmente en provincias (Caquetá, por ejemplo)
donde la convocatoria a la marcha fue contra toda la violencia, incluida
la paramilitar. Uribe esperaba un espaldarazo a su política belicista y
tenía ya movilizadas las tropas y esperaba que las multitudes le dieran el
vamos: y eso no ocurrió, aunque hubo sectores nada despreciables que
indudablemente lo planteaban.
Esto no creo que haya sido casual y creo que es fruto del esfuerzo de las
organizaciones populares que con gran valentía y enfrentando al macartismo
y los señalamientos, se atrevieron a denunciar la manipulación, y desde
diversas tácticas –participación crítica o no participación- lograron
instalar temas, de una u otra manera, que no hubieran sido instalados sino
por su esfuerzo. Los argumentos planteados, forzaron a muchos de los que
participaron a posicionarse. Creo que de no ser por la valiente posición
de estas organizaciones, el mensaje final hubiera sido muy distinto. Creo
que de no haber habido quienes denunciaron la manipulación, la
polarización hubiera sido absoluta. Creo que de no haber habido quienes
valientemente y a sabiendas de la dificultad denunciaron la manipulación,
el mensaje que hubiera salido habría sido "más Plan Colombia, más guerra,
más Uribe". Y no fue así. Se forzó a expresiones del pueblo a
posicionarse, se forzó un debate que quizás ni siquiera hubiera estado
presente, ya que, si se recuerda, el mensaje original de la convocatoria
no decía nada de otras formas de violencia, era FARC, FARC sólo FARC y
nada más que FARC. Pero las declaraciones posteriores tuvieron que
mencionar que había otros actores del conflicto, principalmente, el
paramilitarismo, aunque no fuera sino de pasada y casi como un saludo a la
bandera. En dos semanas de intensa labor se pudo cambiar eso.
La importancia de los ausentes
Por otra parte, es de destacar que la marcha, aunque su número haya sido
importante, se limitó principalmente a los bastiones de la derecha
uribista: las grandes ciudades de Cali, Medellín, Bogotá y Barranquilla.
Ahí se concentró el grueso de los manifestantes. En el campo la
manifestación no tuvo el mismo carácter masivo –incluso en el Huila, no se
marchó pues se planteó que la manera en que se planteaba no podría
redundar en buscar una solución al conflicto. Incluso en los territorios
propuestos para el despeje algunos campesinos accedieron a manifestarse
solamente acarreados por el ministro de agricultura. No puede explicarse
esta ausencia del campo sencillamente por un supuesto miedo a las FARC-EP
–tal explicación es muy cómoda y cínica. En realidad, cuando se habla de
un carácter de masas tan importante como el de esta manifestación, hay
algo más que opera para explicar las ausencias, algo que es de carácter
político. Es necesario recordar que es en la Colombia rural donde se vive
en su mayor rigor la política de Seguridad Democrática y su contraparte de
terror paramilitar, lo cual nos hace suponer que es quizás en este factor
con el cual se explica el silencio del campesinado el día 4 de Febrero.
Pues es un campesinado que, sin embargo, lleva largo tiempo cuestionando y
protestando en contra de la militarización, ante la indiferencia de los
medios.
Como planteábamos antes de la marcha, tan relevante como quienes
estuvieron es quienes no estuvieron: esto no solamente se refiere a lo
planteado respecto al silencio del campesinado, sino también al por qué
ninguna de las organizaciones de derechos humanos o de víctimas, ni
siquiera los familiares de los secuestrados (quienes de congregaron en un
servicio religioso) se hicieron presentes. Este hecho habla por sí solo.
Los desplazados tampoco marcharon. Es decir, los sectores más golpeados
por el conflicto (el campo, víctimas y desplazados) fueron los grandes
ausentes de la jornada. No porque tengan posiciones ambiguas respecto al
tema del secuestro, para apresurarme a responder a aquel que quiera
ponerse maniqueísta: sino porque no quisieron caer en un juego de
manipulaciones de parte de uno de los más activos violadores de derechos
humanos en Colombia: el Estado.
La lógica de la polarización y la visceralización de la opinión pública
Sin embargo, debemos ser, en nuestro balance crítico, muy categóricos en
que, aunque no haya servido la jornada para lanzar con respaldo de masas
una nueva aventura militar del uribismo, de una u otra manera, ésta dejó
en claro un respaldo indiscutido a Uribe en los grandes centros urbanos.
Este respaldo no se explica solamente por un cierto sentido de seguridad
hacia las clases medias y hacia los de arriba, ejemplificado en el control
que el Estado ha retomado de las principales carreteras. También se
explica por todo el bombardeo ideológico del Plan Colombia, por la
eliminación física de miles de miembros de la oposición, por la aplicación
sistemática del terror hacia las organizaciones populares en las ciudades
y en el campo, por la completa destrucción del debate público, por los
errores de las FARC-EP y su recurso a métodos criminales, y por una eficaz
manipulación de un sentimiento patriotero, ejemplificado en la
identificación absoluta de la “nación” con el “Estado” y en la amenaza
externa, representada primordialmente, en el “cuco” de Chávez.
Y aunque, con todo, los resultados fueron ambiguos hacia el uribismo,
también lo fueron hacia los sectores progresistas, pues de una u otra
manera, se instaló, mediante la jornada un cierto macartismo bastante
preocupante: o se está con Uribe o se está con las FARC-EP, una elección
deshonesta que no tenemos por qué asumir. Cualquier categoría política de
izquierda ya era, luego, tratada de ser el lenguaje de “Tirofijo”. La
presión social sobre cualquiera que fuera crítico de los objetivos
originales de la marcha era enorme, y aunque los planteamientos críticos
lograron tener un efecto como ya vimos, también ha sido a costa de la
estigmatización de quienes los han planteado. Estigmatización quizás no
por todos, pero sí por muchos. La polarización se instaló de una manera
brutal que será muy difícil de revertir a futuro.
Otro factor que nos parece preocupante, es la utilización de la "sociedad
civil", como una masa desorganizada, y por lo mismo, limitada en su
capacidad de proyectarse de manera autónoma en el plano de la política
nacional, como un grupo de respaldo abierto a uno de los bandos
beligerantes y en gran medida responsable de crímenes de lesa humanidad,
como es el Estado colombiano y sus aliados paramilitares[2]. Esta
utilización, como dijimos, fue parcialmente frustrada, pero el intento
quedó sentado como precedente y nada indica que no puedan volver a
intentar nuevamente esta ruta a futuro.
E insistimos que, mientras se ataca a las organizaciones sociales y se
estimula la atomización y el individualismo, se utiliza a la masa
desorganizada, que no puede expresarse (por esa misma atomización) más
allá del apoyo a un bando o al otro. Así, se busca que las masas irrumpan
no como un factor creativo, propositivo o activo, con proyecto propio,
sino como mera hinchada al servicio de quien les grite más fuerte. Por
último, Uribe en su intento de orquestar una movilización de apoyo a su
política belicista, sentó un nuevo precedente para el ya avanzado
desdibujamiento de los límites entre la institucionalidad y lo que se
conoce eufemísticamente como "sociedad civil", el cual, dicho sea de paso,
es propio de regímenes proto-fascistas y totalitarios.
En fin, la marcha pasó y dejó en claro un mensaje claro hacia las FARC-EP
y muchos mensajes hacia Uribe. El más importante, es que no tiene carta
blanca para nuevas aventuras militares y que no sería saludable para él
tirar por la borda todas las posibilidades de búsqueda de solución
política al conflicto. Esto no significa que después de esto dejen de
plantear el tema de la salida militar o que dejen de manipular la marcha
misma para acomodarla a sus intereses. Esto ya lo están haciendo. De
hecho, los foros de diarios como El Tiempo llegan a dar susto en su
agresividad y beligerancia.
Hacia el despertar de la conciencia propia (no de la prestada)...
Hubo muchos que dijeron (uniéndose al coro de A. Rangel) que esta marcha
representaba un supuesto "despertar" de la "sociedad" colombiana, en que
ya no habría, supuestamente, espacio para la indiferencia. Personalmente,
creo que semejante visión falta el respeto a los miles de colombianos que
jugándose el pellejo día a día, han dedicado por décadas sus mejores
esfuerzos a la defensa de los derechos de las víctimas y por una Colombia
con justicia social[3]. Pero independiente de ello, el 6 de Marzo es
cuando realmente tendremos la oportunidad de comprobar si esto fue
genuinamente un "despertar" o, sencillamente, una marcha de sonámbulos en
medio de la larga noche del Plan Colombia. Ese día los que marcharán serán
las víctimas de la violencia, todas las víctimas, convocadas en una
manifestación de repudio a la violencia de Estado –lo que por extensión
incluye al paramilitarismo. Porque se cansaron de tanta indiferencia ante
las violencias y atropellos que han tenido que sufrir; se cansaron de
tanto desaparecido, de tanto torturado, de tanto "falso positivo" (muertos
civiles que son luego pasados por "muertos en combate"), de tanta mujer
violada (en jerga se dice "enamoramiento") y dijeron no más. Pero lo más
importante es el espíritu de construcción de paz con justicia social que
anima a esta nueva convocatoria: su principal mensaje será el acuerdo
humanitario y la salida políticamente negociada al conflicto[4].
Veremos como reacciona el pueblo colombiano. Los de arriba ya lo sabemos:
ningún empresario, ningún parapolítico, marchará. Uribe ya se está
haciendo el desentendido. Los políticos conservadores que se llenaron la
boca con los secuestrados no acompañarán a sus familiares en esta ocasión.
Los medios que con tanto entusiasmo apoyaron la iniciativa del 4 (y que
dijeron cínicamente que apoyarían cualquier iniciativa por “la paz”) ya
guardan silencio, ya hablan para expresar reparos, ya distorsionan la
convocatoria. De las jerarquías católicas podemos esperar la misma actitud
vacilante. Y todos ya preparan una interminable lista de excusas: qué la
fecha no era la apropiada, que las instituciones, que esto que lo otro.
Mamadas. No marcharán porque no les conviene que haya una marcha que
denuncie la violencia cotidiana del sistema, la violencia de los poderosos
ni que denuncie al Estado que recurre a prácticas terroristas con total
naturalidad.
Sabemos que ellos no marcharán. Saben claramente cuáles son sus intereses.
Sabemos que a ellos la única paz que les interesa es la paz de los
cementerios: esa "hermosa" paz en la cual todos los "izquierdistas", toda
la "oposición", todos esos “sindicalistas”, todos esos "molestos
defensores de derechos humanos" estén bien guardaditos en el fondo de
fosas comunes. Para que así Colombia pueda ser, por fin, el paraíso donde
los inversores extranjeros puedan saquear sin problema todo cuanto estimen
conveniente, donde los trabajadores trabajen sin quejarse cuando se les
quiebra el lomo, donde los campesinos queden satisfechos con comerse el
maíz de sus pollos y donde todo el mundo viva en una perpetua adoración al
Supremo Líder.
Pero, ¿y el pueblo colombiano? Pues ahora veremos qué tan despierto anda.
Lo que es cierto, es que, con todo en contra, el hecho de salir ese día
será altamente significativo. Además, considerando que las amenazas de los
paramilitares ya empezaron (los Awá de Nariño pueden dar prueba colectiva
de ello[5]), así como los efectos de la polarización social que ya está
tildando, con una irritante falta de respeto, a los organizadores de
"chavistas"[6] o "terroristas", la asistencia a esta marcha no oficialista
será diez mil veces más valiosa. ¿Estará el pueblo colombiano a la altura
del momento histórico? ¿Entenderá la importancia de esta iniciativa?
¿Sentirá el imperativo ético de acompañar a las víctimas ese día? ¿Tendrá
el valor de los miles de hombres y mujeres dignos que marcharán ese día,
libres de toda presión y es más, enfrentado la presión que ya se les viene
encima? Solamente podremos saber las respuestas a estas preguntas el mismo
6 de marzo. Por ahora, solamente podemos pasar la voz y alentar a todos a
unirnos en una gran voz para mostrar que con las víctimas también hay
pueblo. Y que ese pueblo sea una masa pensante, crítica, osada, que pueda
así aportar activamente a la construcción de una sociedad nueva.
José Antonio Gutiérrez D.
21 de Febrero, 2008
*El autor participó en la Misión Internacional de Verificación sobre la
Situación Humanitaria y Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas de
Colombia (MIV), en Septiembre del 2006.
NOTAS:
[1] Es necesario hacer siempre la distinción entre el secuestrado, que es
el civil, y el capturado, que es uniformado.
[2] Cada vez resulta más evidente que no se trataba sencillamente de
aliados, sino que de actores los cuales no eran siquiera tan fácilmente
distinguibles.
[3] Quiero decir, hay colombianos que ya despertaron hace rato y hay otros
que, por haber asistido a una marcha de las características ya descritas y
con semejante grado de polarización, no significa necesariamente que hayan
despertado.
[4] Si se comparan las convocatorias de las víctimas con la convocatoria
original del 4 de febrero, podrá verse gráficamente la diferencia notable
entre el espíritu de esta convocatoria y de aquella.
[5] http://www.onic.org.co/actualidad.shtml?x=20192
[6] Como si serlo fuera algún pecado mortal que pusiera a los colombianos
infieles en la categoría de los anti-patriotas.
Extraído de anarkismo.net
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