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EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net

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Desvirgar los dogmas

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Es absolutamente ingenuo presumir de aplicar en la Venezuela actual teorías diseñadas para otras latitudes y para otros tiempos, porque así como no hay verdades reveladas tampoco hay verdades definitivas.

 

Estamos en el siglo XXI, por si alguien no se había enterado, y la mayor parte del pensamiento emancipatorio y de los proyectos de liberación se han contaminado unos a otros, y ya no existen –y si existen no son viables- pensamientos vírgenes.

 

Tampoco este mestizaje del pensamiento revolucionario de hogaño es novedoso. En todas las épocas ha pasado en cierta forma algo idéntico. En la Emancipación Americana, por ejemplo, las fuentes nutricionales provenían de la Revolución Francesa de 1789, por el lado más numeroso, y de la Revolución Americana de 1777, por el otro.

 

Simplemente por el hecho de que ambas conmociones sociales habían erosionado el derecho divino de los reyes e instaurado la soberanía del pueblo.

 

Pero la soberanía del pueblo requería de nuevas interpretaciones. ¿Qué era y en qué consistía?

 

La Revolución Americana de 1777 había sustituido a la Corona británica por la Presidencia, y ésta era designada por un tipo dado de ciudadanos: propietarios y libres. Los esclavos seguían siéndolo. Por su parte, la Revolución Hispanoamericana, a partir de Simón Bolívar, aspiraba a suprimir la esclavitud y a gestionar una nueva sociedad. No era, por tanto, similar a la de la América del Norte.

 

Truncada la Revolución Hispanoamericana por los patricios que rechazan su proyecto social, por las intrigas imperiales –incluso las del imperio del Brasil- y por los legatarios de la Independencia, las luchas sociales que siguieron giraban alrededor del proyecto social frustrado que, dicho en conceptos más contemporáneos, no era otra cosa que poder popular e igualdad dentro de la libertad.

 

La idea del mesías o del salvador corría paralela a la aspiración popular de la igualdad, y estaba enraizada en los ancestros indios y en la religión a la cual fueron sometidos: la católica romana. Eran inseparables.

 

En América se darán los fenómenos sociales y políticos más sustanciosos de la historia, los cuales causaron la vigilancia de todos los imperios que del mundo son. La vigilancia y el ataque, por todos los medios posibles. Esta realidad será extensiva al Tercer Mundo en general.

 

Las potencias del siglo XIX siguieron imperando en el XX. Sólo el imperio del Zar fue sustituido por la República bolchevique que no podía –y no pudo-, a pesar del eurocentrismo de sus dirigentes, ir en contra de la geografía: en efecto, Rusia ni es europea ni es asiática, es euroasiática. Los bolcheviques heredaron un imperio muy a su pesar, pero sólo Stalin le devolverá su brillo ancestral. Mientras que en el extremo oriente, China transcurrirá todo un siglo, el XX, preparándose para dar el gran salto adelante que todos los indicios señalan que se producirá a partir del 2020. Y, Japón derrotado y humillado en 1945 –siendo la única región del mundo donde se han usado militarmente dos bombas atómicas por parte de los Estados Unidos- se revela como una potencia tecnocientífica que apuesta fuerte en el casino de las potencias mundiales. De igual manera la India, devenida en laboratorio del desarrollo de software mundial, combina la paciencia gandhiana con la flemática británica.

 

El sincretismo asiático no ha sido propio de la América iberoamericana. Entre nosotros las “patriecitas” resquebrajaron el proyecto de Simón Bolívar, ya imposible en vida del ilustre hombre, así como el África, tras la descolonización, fue balcanizado por las élites que los colonialistas habían educado. Solamente en las zonas donde la raza blanca instauró abierta o solapadamente un apartheid se vio prosperidad: Sudáfrica y Rhodesia (Zambia y Zimbabwe, de hoy).

 

La Iberoamérica blanca (Argentina, fundamentalmente, y Uruguay), y, a su manera, el Brasil, despegaron con el ánimo de grandes potencias a partir de los años 1930 y, tras la II Guerra Mundial, arreciaron en su crecimiento tratando de dominar la ciencia y la tecnología puntas, pero le fueron cortadas las alas tan pronto como las potencias europeas pacificaron el Viejo Continente.

 

Hoy en día intuimos cómo proyectos emancipatorios teóricos, diseñados para Europa, se oponen tenazmente a que la América portuguesa y/o hispana devenga en gran potencia. La destrucción de la Argentina con el menemismo; la de México, con el salinismo; y la del Brasil, con el cardosismo; no fueron meros accidentes. La destrucción de los proyectos nacionales de la América Latina es el preámbulo a su re-balcanización, lo mismo que en 1826-1830. Lo revolucionario, en esta circunstancia, es frustrar los planes de la nueva “Santa Alianza” imperial del Norte contra la América mestiza. Lo demás son asuntos de familia.-

 

OCA

 

 

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