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EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net

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El mal ejemplo de Venezuela

 
 
El mal ejemplo de Venezuela
 
Alberto Cruz para kimetz
 
El proceso venezolano de transformación social es ampliamente desconocido en el exterior. Los medios ¿de comunicación? se concentran principalmente en la persona de Chávez ignorando los amplios procesos de cambio y los movimientos emprendidos desde abajo, desde los amplios sectores sociales que siempre han estado postergados a mayor gloria de la élite política, económica y… blanca. Las interrogantes que provocan dudas son recurrentes entre los sectores progresistas de todo el mundo, con independencia de si su progresismo es grande o escaso: ¿Hay realmente un proceso de transformación social en Venezuela? ¿Se está copiando el modelo cubano? ¿Como se puede confiar en Chávez, que es un militar? ¿Es Chávez un autoritario? Y la mayoría de los que escriben y opinan lo hacen en base a prejuicios y estereotipos impregnados, en no pocas ocasiones, de un claro corte neocolonial.
 
 
 
Curiosamente nadie se plantea si el proceso venezolano está dando la vuelta al sistema económico mundial, si su triunfo cuestiona la globalización neoliberal y si –como consideran destacados analistas estadounidenses de la talla de Alexander Cockburn, por ejemplo- está ayudando como nadie a socavar la hegemonía mundial de EEUU. Un ejemplo se ha tenido estos días pasados en la reunión de que la OPEP celebró en Riad (capital de Arabia Saudí). La sola sugerencia venezolana de que el cártel petrolífero comenzase a estudiar si el dólar debía ser la moneda de transacción comercial ante su cada vez mayor debilidad desató todas las alarmas.

Y es que desde que desde la llegada de Chávez a la presidencia, allá por 1998, la OPEP se ha convertido en uno de los grandes ejes de la política exterior de Venezuela. En primer lugar, revitalizando una organización en decadencia y normalizando la producción conjunta para controlar el precio del barril de petróleo. Para EEUU y occidente en general, el precio considerado correcto del barril es de 30 dólares, sin tener en cuenta que los costes de extracción son diferentes en los países: desde el más barato en Arabia Saudí hasta el más caro en Irán.

Venezuela está entre medias de ambos, pero consideró que un precio justo para equilibrar a unos y otros se situaría sobre los 50 dólares. En segundo lugar, lanzando una batalla interna dentro de la OPEP para democratizar el Fondo de Desarrollo y Cooperación (con un montante de 40.000 millones de dólares) y que la gestión de ese fondo no dependiese en exclusiva de Arabia Saudí, que sistemáticamente ponía en manos de empresas estadounidenses y europeas la gestión de dicho fondo. Venezuela ganó esta batalla y ahora ya no son sólo las empresas occidentales las que lo gestionan, sino de los propios países de la OPEP y otros no occidentales ajenos al cártel. Y uno de los proyectos estrella de esta nueva forma de gestión es que ahora se hace hincapié en cuestiones sociales que afectan a los países de la OPEP, como evitar la desertificación de la cuenca del río Níger. Gestos como éste han hecho que Venezuela haya sido aceptado como país observador en la Organización para la Unidad Africana.

Pero hay más. Venezuela está dando la vuelta al sistema tradicional de intercambio comercial al poner en marcha instituciones como Petrocaribe o fomentar el trueque entre estados. De no haberse creado Petrocaribe las 16 naciones que lo forman -pobres, carentes de infraestructura y dependientes de la ayuda internacional- enfrentarían hoy, con excepción de Venezuela y Cuba, un futuro trágico y sin salida ante los astronómicos precios del petróleo y sus derivados, unido al encarecimiento mundial de los alimentos a consecuencia de la producción de agrocombustibles. Es más, el ahorro de la factura petrolera para estos países supone ya 450 millones de dólares al haberse liberado de los intermediarios y especuladores que intervienen en el mercado del petróleo.

Con el trueque (petróleo por médicos cubanos, por carne y barcos argentinos, por leche y queso uruguayo, etc.) Venezuela ha puesto en marcha un intercambio directo de mercancías que rompe las normas de la Organización Mundial del Comercio y otorga a los países más débiles un mayor papel a la hora de negociar sus productos y materias primas. Con las reglas de mercado, los países pobres, productores de materias primas, ven siempre sus exportaciones sujetas a las fluctuaciones de unos precios que se establecen no tanto en función de la demanda como de los intereses políticos de las grandes corporaciones político-financieras.

Por si todo esto fuese poco, Venezuela ha logrado que el Fondo Monetario Internacional esté a punto de pasar a la historia si se consolida la constitución del Banco del Sur. La reorientación que se anuncia en el FMI, así como su disposición a no imponer créditos a cambio de ajustes estructurales sino a ser más flexible con los estados no habría sido posible sin Venezuela, convertido en un importante financiador alternativo y muchísimo menos oneroso que el FMI o el BM. El éxito económico de Argentina se debe, en gran parte, a la ayuda económica ofrecida por Venezuela, lo que permitió al gobierno de Kirchner realizar una política al margen de las recomendaciones del FMI.

El giro a la izquierda, más o menos radical, que se está produciendo en América Latina tras el ejemplo venezolano es consecuencia del fracaso de una macroeconomía impuesta por el neoliberalismo que ha incrementado enormemente la desigualdad y la pobreza en la gran mayoría de la población mientras una minoría, la de siempre, se ha enriquecido aún más. El hecho de que ahora se lancen iniciativas sociales, como la de la reciente Cumbre Iberoamericana, se debe a todo lo anterior. Sin el “mal ejemplo” que da Venezuela ni el gobierno español ni otros latinoamericanos alabados por los medios habrían dado pasos en ese sentido. La pregunta que tendrían que hacerse es ¿por qué ahora sí y antes no?

Ahora sólo falta que estos gobiernos combatan el “mal ejemplo” venezolano instaurando la jornada laboral de 6 horas diarias, establezcan la posibilidad de que los cargos públicos puedan ser evaluados por medio de un referéndum a mediados de su gestión y que los vecinos de cualquier municipio puedan formular, ejecutar y evaluar las políticas públicas adoptadas por la comunidad al margen, o con el apoyo, de las alcaldías. Algunas de estas cuestiones están recogidas en la propuesta de reforma constitucional que se votará el próximo 2 de diciembre. Si es aprobada, se reforzará la perspectiva de una democratización política y social de largo alcance, especialmente en política exterior. Y eso es lo que molesta a los gurús de la globalización, incluidas las empresas españolas tan ardiente –y acríticamente- defendidas estos últimos días.

* Analista del Centro de Estudios Políticos para las Relaciones Internacionales y el Desarrollo (CEPRID).
 
http://www.kimetz.org
 

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