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| Globalización e inmigración DOSSIER: MIGRACIONES-CRUZANDO LA FRONTERA / Oskar Arriaga Jueves, 20 de septiembre de 2007 / Revista Pueblos |
En la Europa moderna se puede hablar de tres grandes momentos migratorios. En el primero, que va desde mediados del siglo XIX hasta el primer tercio del siglo XX, los flujos migratorios se relacionaban con la expansión del imperialismo y el capitalismo colonial. El modelo migrante estaba caracterizado por el tráfico de esclavos, las colonizaciones y los asentamientos bajo el atractivo del nuevo continente como una especie de paraíso de progreso individual. La depresión generalizada de 1929 clausuró este ciclo, debido al cambio de las “políticas de aceptación” por parte de los Estados Unidos (restrictivas) y el estrangulamiento de las economías latinoamericanas.
El segundo se extiende desde la posguerra hasta la primera gran crisis del petróleo de los años 70, vinculado a lo que se llamó la nueva división internacional del trabajo, es decir, a la reformulación de economía-mundo que sustituye el colonialismo político por el de la dependencia económica como articulación Norte-Sur. Aquí los fenómenos migratorios tienden a hacerse más complejos, con flujos intrarregionales (como en América Latina) y con tendencia a revertir el sentido de desplazamiento de las personas (desde las antiguas colonias a sus ex metrópolis).
El tercer momento migratorio que va construyéndose desde los 70 hasta el presente se corresponde con la emergencia de un nuevo modelo internacional, que a grandes rasgos denominamos globalización, y sobre el pretendo hacer algunas reflexiones.
Globalización y flujos migratorios
Si al principio decíamos que el desplazamiento de personas no es nuevo, tampoco lo es el proceso de creciente interconexión entre economías y sociedades a nivel internacional. Sin embargo, es prácticamente en las últimas dos o tres décadas cuando hemos empezado a hablar de “globalización”. Por tanto, de lo que se trata es de visualizar el salto cualitativo, el momento en el que la acumulación de fenómenos de interconexión produce una transformación significativa del orden internacional.
Para ello es útil el esquema de análisis que introduce Castells [3], cuando dice que la globalización en curso obliga a que el mundo deje de ser concebido como “un espacio de lugares” para pasar a ser “un espacio de flujos”. Esto es, que para comprender ese nuevo espacio-mundo, es necesario atender prioritariamente a los flujos, a los “circulantes” entre lugares, a los “circulantes” como un todo articulado. Y los flujos más representativos de este nuevo escenario vendrían a ser los vinculados a capital, personas, información y tecnologías.
Creo que la idea aporta elementos interesantes de reflexión, pero para que arrojen luz sobre las cuestiones migratorias habría que repescarla desde otra concepción de la globalización en curso, una que denote el carácter de fase superior y triunfante del neoliberalismo como ideología del capitalismo salvaje, “hegemonizado” por las fracciones concentradas del capital (especialmente el financiero) y las grandes transnacionales, y que ha forzado también la reconversión de los Estados, tanto del Norte (desmantelamiento del Estado social, giro hacia modelos autoritarios) como del Sur (garantes de los beneficios del gran capital, dique de contención de las resistencias sociales, etc.). Una concepción que además sea capaz de recoger las propias transformaciones del “sistema-mundo” en los últimos años, ya que ha habido un nuevo salto cualitativo, sobre todo debido a la profundización de las políticas belicistas y unilaterales de EE UU a partir (pero no por) el 11-S. En esta línea considero más apropiado lo que Ramón Fernández Durán viene a denominar el estadio de Guerra Global Permanente [4], que implica, entre otras cosas, que a los “flujos” anteriores habría que agregarle al menos el flujo “energético”, si así podemos llamar a los conflictos cada vez más violentos entre potencias y grupos de poder por controlar las fuentes energéticas del planeta y que, de paso, ha contribuido a aumentar el último flujo a considerar, el de armas y ejércitos (“regulares” o mercenarios cuasi clandestinos [5]).
Lo interesante de mirar el proceso de globalización a través de “los flujos” que lo estructuran es que se pueden obtener rápidamente dos conclusiones. La primera, que en el tratamiento de esos flujos están dibujadas las relaciones de poder desde las que se “ordena” el sistema-mundo” que define la fase histórica actual del proceso de globalización:
Liberalización del capital.
Manipulación de la información a una escala no conocida hasta ahora, a través de la doble pinza de concentración de medios (privados) y la complejidad que ha adquirido la gestión de la información actual.
Desarrollo descontrolado de tecnologías orientadas a la competitividad, a la maximización de beneficios, que destruyen empleo y/o deshumanizan el trabajo para las inmensas mayorías del planeta.
Control violento de reservas (Irak, Nigeria, ...) junto a chantajes varios (Putin con el gas siberiano...).
“Legitimación e impunidad” del flujo bélico a través de las doctrinas de seguridad y guerra contra el terrorismo.
Necesidad de “gestionar los flujos” migratorios bajo el discurso de “gobernabilidad” de los Estados o del derecho de los ciudadanos de un país (los del Norte, claro), control de fronteras..., discurso curiosamente no aplicado para los otros flujos, a pesar el impacto infinitamente mayor que conllevan.
Por lo tanto, el “tratamiento” que el sistema global da a los flujos que definen su naturaleza revela las relaciones de poder, injustas, regresivas, violentas y profundamente agresivas con los pueblos y el planeta mismo, de este modelo de globalización.
La segunda es que si los flujos inmigratorios son consustanciales al modelo de globalización en curso, no se puede revertir su lógica sin cuestionar radicalmente el modelo de globalización. Pero es que, además, al ser estructural tampoco se puede detener sin cambiar el sistema en el que está inscrita.
Nuevo modelo de inmigración
Esos 200 millones de migrantes de los que habla la ONU se reparten entre migrantes “Sur-Sur” (o más propiamente, flujos dentro de la periferia del sistema mundial), “Sur-Norte” (periferia-centro) y un componente menor “Norte-Norte”. En las dos primeras modalidades es fácil advertir la verdadera catástrofe social, económica y medioambiental que la globalización está produciendo: tras las migraciones “Sur-Sur” se esconden los grandes conflictos armados y las catástrofes medioambientales (inducidos de una forma más o menos directa por los intereses y las actividades del Norte), que mueven mareas humanas en forma de desplazamiento forzado [6].
Y está claro que el flujo “Sur-Norte” está motivado por los enormes desequilibrios globales de todo tipo inducidos y/o exacerbados por el sistema-mundo de la “guerra global permanente” [7], haciendo que los llamados “factores de expulsión” sean de tal magnitud que las personas prefieran afrontar -por ejemplo- una muerte bastante probable en el océano antes que permanecer en sus lugares de origen.
Hay que reconocer entonces que el fenómeno migratorio se ha convertido en estructural, factor sistémico del mundo globalizado, y que es además complejo, global e integral [8]. Por tanto, en un contexto como éste, lo que a veces resulta asombroso (o pavoroso) es la facilidad con la que se cuelan las concepciones simplistas que sin reconocerse a sí mismas como xenófobas, han generado un espacio de opinión pública contra la inmigración incentivando los peores instintos sociales, aquellos que hablan de “invasión”, “descontrol social”, “seguridad amenazada”, “cultura (occidental y cristiana, por supuesto) acosada”, etc.
Pero también, desde otra acera, entre humanista y progresista, se buscan argumentos como la cantidad de inmigrantes que se requieren para equilibrar la estructura poblacional española [9] (según diversas fuentes, entre 250.000 y 700.000 por año), los beneficios económicos que produce la inmigración, la contribución a la creación de empleo...
Ambas concepciones, son en mi opinión, negativas e inapropiadas. La primera, por razones obvias. La segunda, porque en nombre de un falso progresismo humanista, termina siendo apenas un oportunismo social, con mucho riesgo de que los argumentos se desplomen ante cualquier cambio de tendencias económicas o demográficas. Pero lo más criticable es que, en todo caso, siempre son razones construidas desde el interés y las necesidades del Norte y del poder: cuántos migrantes para sostener el crecimiento de las economías del Norte, a cuántos podemos admitir sin que se alteren nuestras plácidas vidas de consumo desaforado, etc.
Mi propuesta reflexiva es simplemente utilizar el sentido común, desarrollando las conclusiones que fácilmente se derivan del análisis hecho antes, entre las que creo conveniente destacar:
Si los flujos migratorios son estructurales, consustanciales a los desequilibrios del sistema global, lo que no puede permitirse es que los impulsores y beneficiarios de esos desequilibrios “regulen” los flujos inducidos, pues si lo hacen, harán una regulación funcional al mantenimiento y profundización del modelo global actual, desigual e injusto. La gobernabilidad, la necesidad de preservar las fronteras... son falacias que el sistema desmiente de inmediato cuando se resiste, por ejemplo, a cualquier control social del capital, aun de aquellos capitales claramente especulativos y parasitarios.
Las leyes de extranjería no pueden detener un fenómeno que, repito, es estructural. También lo demuestra la experiencia española. No importa cuánto se endurezca la legislación represiva (hasta llegar a cuerpos jurídicos que violentan claramente los derechos universales), la inmigración sigue produciéndose.
¿Qué papel juegan entonces este tipo de leyes? Básicamente dos: establecer un cauce “legal” para la captación de trabajadores acorde a las necesidades del mercado laboral del país receptor y conformar un amplio contingente de mano de obra “sin derechos” (los llamados “sin papeles”) sobre el cual se experimentan y desarrollan las peores formas de precarización del empleo. La fórmula parece ser que todo el capital que pueda moverse sin restricciones (en su forma más pura, el especulativo) se desplaza hacia los territorios o economías en las que maximiza sus beneficios, fundamentalmente por la existencia de una población trabajadora sin derechos ni protección social. Aquellas fracciones de capital que por distintas razones económicas tienen una cierta fijación territorial, construyen el circuito al revés: importan la precariedad en sus territorios de operación [10].
Por tanto, y a modo de conclusión, podemos decir que los flujos migratorios a los que asistimos no son sino una manifestación estructural de los desequilibrios que induce el actual modelo de globalización. Esta aseveración plantea una cuestión de fondo para el movimiento social vinculado a Derechos Humanos e inmigración: no se puede avanzar significativamente en una práctica efectiva de solidaridad con el Sur excluido, con las propias personas inmigrantes, si no se cuestiona radical y contundentemente la globalización en curso. De ahí que sea necesario vincular estas luchas con las que se desarrollan por la construcción de nuevas formas de ciudadanía, por la abolición sin condiciones de la Deuda Externa que el Norte reclama al Sur, por acorralar el poder impune de la transnacionales, por frenar la guerras, por defender el planeta. Al final, son las mismas luchas, todas por ese otro mundo que además de posible es ya urgente y necesario.
Este artículo ha sido publicado en el nº 28 de la edición impresa de Pueblos, septiembre de 2007.
[1] ALBERDI, Juan Bautista (1853): Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina.
[2] Comisión Mundial sobre las Migraciones (2005): “Migración en un mundo interconectado”, Nueva York.
[3] CASTELLS, Manuel (1996): The rise of the Network Society, Oxford, Blackbell Publishers.
[4] FERNÁNDEZ DURÁN, Ramón (2003): Capitalismo financiero global y guerra permanente, Barcelona, Virus Editorial.
[5] Por ejemplo, los mercenarios de la “empresa” Blackwater son capaces de movilizar casi al instante a 20.000 hombres pertrechados con los armamentos más sofisticados. Actúan en Irak. Ver: MONGE, Yolanda (21 de mayo): “La guardia pretoriana de Bush”, diario El País, 2007.
[6] El conflicto de los Balcanes, los del África olvidada, Irak y una larga lista más.
[7] Según los informes del propio Banco Mundial, si en 1960 el PIB de los 20 países más ricos era 18 veces el de los 20 más pobres, en 1995 esta relación había pasado a ser de 52 veces. Y en los últimos años se vuelto a incrementar el desequilibrio.
[8] DE LUCAS, Javier (2003): “Inmigración y globalización. Acerca de los presupuestos de una política de inmigración”, Universidad de la Rioja, REDUR, nº 1.
[9] SANDELL, Richard (30 de mayo): “La población española: ¿cuántos más, mejor? Formas de prever el futuro”, ARI nº 58, 2005. También informes de la ONU, estudios de la Caixa de Cataluña, etc.
[10] Ver por ejemplo: “Inmigración, desarrollo y subconsumo”, de Alfonso Galindo Lucas, en: www.eumed.net