EL ECO DE LOS PASOS sostiene el apoyo crítico a la Revolución Venezolana desde el punto de vista del Comunismo Anarquista.- Colaboraciones a: cntfai@cantv.net
A mi entender, es en el propio leninismo donde debemos buscar el origen de su transformación en el delirante totalitarismo staliniano. En efecto, es en él donde se impulsa el paso de la etapa de la sacralización del partido -como garante de la fe revolucionaria- a la etapa de la búsqueda y conservación del poder por el poder, proyecto que, según Castoriadis, alcanzará bajo la dictadura de Stalin su forma extrema y demencial:
“Único objetivo fijo mantenido inexorablemente a lo largo de los más increíbles cambios de rumbo: la expansión ilimitada del poder del Partido, la transformación de todas las instituciones, empezando por el estado, en simples instrumentos suyos y finalmente su pretensión, no sólo de dirigir la sociedad, ni siquiera de hablar en su nombre, sino de ser efectivamente la sociedad misma.” (29)
Pero esta crítica dirigida al bolchevismo también podemos encontrarla tempranamente, por ejemplo, en los escritos de los libertarios Rudolf Rocker y Piotr Kropotkin. Para el primero, la antigua controversia entre Marx y Bakunin sobre el Estado, en el seno de la Primera Internacional, ya ha sido resuelta en la historia contemporánea con la nefasta toma del poder por los bolcheviques: “El experimento del bolchevismo en Rusia ha demostrado claramente que por medio de la dictadura se puede llegar al capitalismo de Estado, pero nunca al socialismo”. (30) Para el segundo, llamado “el príncipe anarquista”, Lenin ha mostrado cómo no ha de hacerse la revolución social. (31) A su vez, en su Carta a Lenin, Kropotkin le criticó duramente su forma burocrática y autoritaria de intentar edificar el socialismo en Rusia. (32)
Con la experiencia del bolchevismo y del mal llamado socialismo real se ha comprendido que no debe haber una vanguardia revolucionaria, dominada por una idea de ortodoxia y de estricta jerarquía que, pretendiendo dirigir a la clase trabajadora, logre sustituirla y busque finalmente el poder para sí misma. Se ha comprendido también que el socialismo no se puede identificar sin más con la nacionalización y con la planificación: que el socialismo es mucho más que ausencia de propiedad privada, de mercado o aún de la burguesía; y que la liberación social no se puede limitar a la simple expropiación formal a los expropiadores -sin tratar de romper la división permanente entre dirigentes y ejecutantes-. Por tanto, si no queremos correr el riesgo de ver expropiada la revolución social por nuevos expropiadores será necesario apartarse del modelo burocrático bolchevique de organización revolucionaria y también de su modelo autoritario de socialismo.
En su sustitución se tiene que defender un paradigma de organización específica –no constituída por revolucionarios profesionales y surgida del seno mismo de la clase trabajadora- que no pretenda dirigir desde arriba tanto la lucha inmediata como la liberación final de los trabajadores, y que se limite a facilitar y coordinar desde abajo tal lucha y tal autoliberación. Tal organización específica será siempre, por tanto, un instrumento clasista de autoconcientización.(33)
En oposición al socialismo estatista que se pretende imponer desde arriba el socialismo del siglo XXI tendrá que ser libertario y no burocrático, (34) organizado de abajo hacia arriba, muy semejante al socialismo que edificó la clase trabajadora española en 1936: autogestionario y federalista. (35)
Ahora bien, el totalitarismo no tiene una esencia inmutable, sino que también tiene una historia. Luego de la Segunda Guerra Mundial y en la época de la muerte de Stalin, el régimen “soviético” sufrió –como advirtiese Castoriadis- (36) una nueva transformación: ante la evolución del antiguo ejército como ejército moderno de tecnología altamente avanzada, se creó una industria sofisticada de armamentos y espacial que fue sustituyendo al Partido como nueva instancia real de dominación en esa sociedad, relegándolo al triste papel de mediocre administradora de los asuntos civiles y encargada de la propaganda exterior. Será el “Complejo Militar Industrial” o nueva “estratocracia” rusa, encarnación del nuevo imaginario social de la “fuerza bruta”, la que finalmente decretará, luego de la muerte de Bresnev y con la aparición de un dirigente como Gorbachev, el fin de un régimen que llevó al desastre a la sociedad civil de un imperio que sólo los confundidos o aspirantes a totalitarios en occidente mal llamaron “socialismo real”.
Si efectivamente se derrumbó el totalitarismo “comunista”, no se ha derrumbado desde luego el capitalismo tradicional, al parecer cada vez más totalitario y salvaje gracias al neoliberalismo, aunque tampoco se asiste al fin del movimiento democrático iniciado en la antigua Grecia, y mucho menos al fin de la continuación más radical de este movimiento: el socialismo.
El socialismo es el proyecto histórico de creación de una sociedad no sólo sin clases, sino también autodirigida. Proyecto que es el fruto de la impugnación generalizada al capitalismo, el cual se basa en la dominación del capital sobre el trabajo -capital que puede tomar una forma burguesa o burocrática- y en la división fija y permanente entre dirigentes y ejecutantes, tanto en la producción como en la vida social en general. Proyecto –insisto- que no surge de una idea abstracta o de unas condiciones puramente objetivas o materiales, sino tanto de la lucha cotidiana como de la impugnación consciente a las instituciones de dominación. Proyecto que es, pues, creación de nuevas instituciones -y de las significaciones imaginarias correspondientes- opuestas al capitalismo y a todo tipo de dominación.
El socialismo, como posibilidad de creación histórica, vendría a ser el resultado de dos procesos no separados y por ello complementarios y simultáneos: la revolución social y la transformación cultural libertaria. La revolución social consistiría entonces en la colectivización tanto de los instrumentos de producción como de los de decisión e información, en la supresión de toda división fija y permanente entre dirigentes y ejecutantes, en la eliminación del régimen asalariado y en el logro de la nivelación de los ingresos, en la abolición de todo aparato de dirección separado de la sociedad –con la elección de delegados que sean responsables y revocables en todo momento-, y en la sustitución de los ejércitos permanentes por una milicia popular insurreccional.
La transformación cultural consistiría, dicho sintéticamente: en la eliminación de toda distinción entre trabajo manual e intelectual y en la transformación del contenido del trabajo como actividad -haciéndolo atractivo-, en el cambio de la actual relación depredadora y mercantilista con la naturaleza, en la sustitución de la actual tecnología alienante y contaminante por una tecnología humanista y ecológica, en la superación del productivismo y del consumismo al eliminar el carácter mercantil de los bienes, en la sustitución de una escuela capitalista autoritaria en sus métodos y tecnocrática y capitalista en sus fines por una educación formadora de individuos críticos y autónomos y no separada del resto de la vida social, en la definitiva liberación de la mujer y en la desaparición de la familia patriarcal y de sus correspondientes antivalores, en la sustitución de la moral y del derecho burgués por una moral colectivista y libertaria basada en el principio de que la libertad de cada quien comienza y se desarrolla con la libertad de los demás, en la definitiva superación de la vieja moral sexual puritana por una moral sexual autónoma y responsable, y en la sustitución de la religión revelada y “opio de los pueblos” por un arte liberador de la capacidad imaginativa humana.
Para construir el socialismo del siglo XXI, por tanto, la acción a realizar es la impugnación y definitiva destrucción de las instituciones económicas, políticas y culturales que instrumentan, sancionan y consolidan la dominación, y a la vez, la creación de nuevas instituciones -cuyas raíces deben encontrarse de alguna manera ya en el presente- que hagan posible el autogobierno y la autonomía. Esto significará la dura conquista, defensa y expansión de los espacios de libertad, liberación social que se podría consolidar sólo cuando sean suprimidas definitivamente las instituciones capitalistas y de dominación junto con el tipo antropológico que estas instituciones fabrican, anulándolos como portadores concretos, actuantes y hablantes de las mismas.
Dijimos creación de una sociedad sin clases y autodirigida, pero decimos además abierta o autónoma. En efecto, deseamos una sociedad –como escribiera Castoriadis- (37) que sea capaz de modificar conscientemente sus instituciones -en la que se invierta la relación entre sociedad instituída y sociedad instituyente-, en la que la sociedad reconozca a sus instituciones como a sus propias creaciones colectivas: la sociedad desalienada del autogobierno de los productores -según Proudhon, Marx y Bakunin-. Totalmente contraria a la sociedad heterónoma, en donde las instituciones se fetichizan “y cobran vida propia”, ejerciendo un poder absoluto sobre los individuos y preformándolos de tal manera que éstos hacen por sí mismos, sin ninguna crítica o cuestionamiento, lo que la sacralizada institución quiere sin necesidad de poder explícito para lograrlo -alienación instituída que ha existido en casi todas las sociedades, incluso en las arcaicas sin división social y sin aparato de Estado-.
Autonomía que nació germinalmente en la Grecia clásica con la democracia y la filosofía: igualdad ante la ley, espacio público de deliberación y de decisión, separación entre política y religión, expresión libre, pensamiento y conocimiento desmitificado y crítico, educación abierta, cuestionamiento de sus instituciones. Pero nosotros los modernos, con el socialismo, podemos hacer que efectivamente esa libertad e igualdad, que fue limitada y discriminante en los antiguos griegos, adquiera en el siglo XXI un carácter verdaderamente universal.
NOTAS
1. En este sentido es altamente recomendable la lectura de La lucha de clases bajo la Primera República de Daniel Guerin, de La Gran Revolución del anarquista ruso Piotr Kropotkin, y La Revolución francesa de Albert Soboul.
2. Se plantearía desde entonces el problema de si la simple sustitución del gobierno sobre los hombres por el gobierno sobre las cosas solucionase efectivamente el problema sobre la finalización de la división de la sociedad en clases. Para los socialistas libertarios, la monopolización de los instrumentos de decisión tiene como consecuencia inevitable -al considerar circular la relación entre el poder económico y el poder político- la restauración de la propiedad privada y un nuevo sometimiento del trabajo de los productores. Me parece por tanto bastante endeble la tesis de Engels (copiada de Saint Simon) sobre la “neutralidad” del gobierno sobre las cosas: si un grupo monopolizase tal gobierno sobre las cosas (en un gobierno tecnocrático por ejemplo) las personas entonces quedarían apartadas de las decisiones, y la tecnocracia engelsiana (saintsimoniana) convertiría nuevamente a las personas en “cosas”. La solución libertaria para evitar el retorno de la división social consiste, entonces, en no confundir los procesos técnicos de administración con el principio de gobierno, instituir el autogobierno e impedir a la vez la reconstrucción de un aparato de dirección separado de la sociedad.
3. Pero en este caso, su aislamiento determinó que esa auténtica experiencia socialista fuese derrotada no sólo por la burguesía fascista o liberal sino también por los stalinistas.
4. Cfr. La sociedad burocrática, Tusquets, Barcelona 1.976, Vol. II p. 307.
5. La revolución desconocida, Editores Mexicanos Unidos, México, p. 14.
6.. Cfr. Los dominios del hombre, Gedisa, Barcelona, 1.988, p. 32.
7. Ibid., p.33.
8. Cfr. La sociedad burocrática, Vol. I p. 145 y 146.
9. Trotski olvidaba lo que afirmaba Marx en su Contribución a la Crítica de la Economía Política: “la distribución es la otra cara de la producción”.
10. El sindicalismo revolucionario (heredero bakuninista de la escisión de la Primera Internacional) tuvo su primer congreso internacional en 1913 en Londres, y su principal resolución decía: “...la clase obrera de todos los países sufre la misma represión por parte del Estado y del sistema capitalista. Por tal motivo se declara a favor de la lucha de clases, de la solidaridad internacional y de la organización independiente de la clase obrera sobre la base de la unión federativa. Tiende éste a la elevación material y moral inmediata de la clase obrera hasta la destrucción total del capitalismo y del Estado ... la lucha de clases es una consecuencia necesaria de la posesión privada de los medios de producción y de distribución, y que, por ende, este Congreso tiende a la socialización de esos medios...” Y en el VII Congreso celebrado en París acordó: “El sindicalismo revolucionario, basándose en la lucha de clases, tiende a la unión de los trabajadores manuales e intelectuales dentro de las organizaciones económicas y de combate que luchan por la liberación del doble yugo del salario y del Estado. Su finalidad consiste en la reorganización de la vida social, asentándola sobre la base del Comunismo Libertario y mediante la acción revolucionaria de la clase trabajadora...”
11. Cfr. Frank Mintz: La autogestión en la España revolucionaria, Madrid, 1.977.
12. Cfr. La sociedad burocrática, Vol. II, p. 311.
13. Conciencia socialista que sí se manifestó en 1.936 en España cuando los trabajadores acompañaron la socialización de los instrumentos de producción con la socialización de los instrumentos de decisión e información, y no permitiendo que la revolución social fuese dirigida desde arriba, la dirigieron desde abajo.
14. Terrorismo y comunismo, Júcar, Madrid, 1.977, p. 239.
15. La revolución desconocida, p.
16. Cfr. La sociedad burocrática, vol. II, p 312.
17. Concepción autoritaria y jerárquica del partido que a principios del siglo XX incluso ya marxistas como Rosa Luxemburgo y el joven Trotski (antes de entrar en el partido) criticaron fuertemente.
18. Cfr. “El papel de la ideología bolchevique en el nacimiento de la burocracia” en La experiencia del movimiento obrero, Tusquets, Barcelona, 1.979.
19. Cfr. “Dos concepciones opuestas de la revolución social”, en La revolución desconocida, p. 99 y ss.
20. ¿Será que contrariamente a lo que creía el marxismo, las relaciones de producción no son más que un momento y una dimensión de las relaciones de dominación? ¿Será que no necesariamente y no siempre -como ocurre en la sociedad burguesa- las clases sociales se originan en la producción y por la producción?
21. La experiencia del movimiento obrero, Vol. II, p. 303.
22. ¿Qué es el totalitarismo? Sobre la naturaleza de la URSS, Antropos, Barcelona, p. 46.
23. Neue SEIT 1901-1902, XX, I, págs 79 y 80.
24. La sociedad burocrática, Vol. I, p. 43.
25. Ibid., vol. I p. 43.
26. ¿Qué es el totalitarismo? P. 46.
27. El ascenso de la insignificancia, Cátedra, Madrid, 1.998, p. 47.
28. Ibid., p. 48.
29. Ibid., p. 48.
30. “También una sociedad sin propiedad privada puede esclavizar a un pueblo. La dictadura puede suprimir una vieja clase, pero siempre se verá obligada a acudir a una casta gobernante formada por sus propios partidarios, otorgándoles privilegios que el pueblo no posee”. Véase Influencia de las ideas absolutistas en el socialismo, citado por Angel Cappelletti en La teoría de la propiedad en Proudhon y otros momentos del pensamiento anarquista, Ediciones La piqueta, Madrid, 1980. p. 172.
31.Véase Carta a los trabajadores occidentales, en Obras de Kropotkin, Editorial Anagrama, Barcelona (España), 1977.
32. “Una cosa es cierta: aunque la dictadura del partido fuese un medio eficaz para abatir el sistema capitalista -de lo cual dudo enormemente-, representa un obstáculo profundo para el establecimiento del socialismo. Es indispensable que esta construcción se realice en forma local, con las fuerzas que existen en cada lugar. Esto no se está haciendo en ninguna parte...” Ibid., p. 286 y ss.
33. Como la conciencia socialista va surgiendo de la lucha de los trabajadores contra las relaciones de dominación impuestas por el capitalismo tanto en la producción como en la vida social en general, no podría hablarse entonces de una organización que introduzca una “ciencia socialista” desde afuera. De la misma manera como no puede haber una teoría inmutable y separada de una práctica revolucionaria, tampoco podría haber una organización separada de la clase trabajadora organizada. Tal organización de vanguardia tiene que limitarse a la coordinación y facilitación de la lucha de los trabajadores organizados en un sindicalismo revolucionario, el cual tiene como fin estratégico la revolución social. Por tanto el sindicalismo revolucionario tendría una vanguardia (antiparlamentaria y no burocrática) que utilizaría para alcanzar una comprensión universal tanto de los problemas de la sociedad capitalista como de su superación histórica a través del socialismo libertario.
34. Los bolcheviques olvidaron completamente lo que afirmaba Marx en su Discurso inaugural ante la Asociación Internacional de los Trabajadores: “La liberación social de los trabajadores habrá de ser obra de los trabajadores mismos”.
35. A través de la Confederación Nacional del Trabajo (sindical revolucionaria fundada en 1910) los trabajadores españoles edificaron el socialismo libertario, con una autogestión que equilibra inteligentemente la tendencia al particularismo con la tendencia hacia el centralismo autoritario. En medio de una terrible lucha contra el fascismo así como contra la contrarrevolución burguesa y stalinista, se construyó un socialismo federalista que combina la autonomía relativa de las comunas y de las fábricas con un plan de conjunto de la sociedad. Un socialismo que planifica y que se dirige de abajo hacia arriba. Una sociedad desalienada que instituye la espontaneidad y las energías sociales y no la pasividad.
36. Cfr. Ante la Guerra, Vol I,Tusquets, Barcelona, 1.986.
37. Cfr. La sociedad burocrática, Vol. I, p. 70.
JOSÉ CAÑESTRO BATISTA
VENEZUELA
2007