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15 décembre 2013 7 15 /12 /décembre /2013 18:48

Albert Camus
desde esa visible oscuridad

 

Antonio Valle

Hace unos días, una desesperada jovencita anunció en internet que se suicidaría por desamor, y lo cumplió.* Como parte del absurdo cotidiano, y a propósito del primer centenario del nacimiento de Albert Camus, comencé a hojear sin proponérmelo el libro Esa visible oscuridad, de William Styron. En esa Memoria de la locura –que es el subtítulo de esa pequeña joya–, Styron hace un recuento de la profunda depresión que comenzó a sufrir en el verano de 1985. Mi lectura paradójica devino en evidencia al saber que los libros de Camus sintonizaban “radicalmente con la visión de la vida” que Styron se había hecho cuando tenía treinta años. Por ejemplo, dice: El extranjero “fue un formidable detergente de mi intelecto”, y aceptaba enteramente que “sólo hay un problema filosóficamente serio, y es el suicidio”. Después, para seguir con el tono de esta máxima violenta y radical, de manera sobrecogedora Styron relata cómo la depresión fue infiltrándose en su vida sin que él pudiera darse cuenta.

La madre ab-surda

La filosofía del absurdo que Camus explora tiene como telón de fondo la segunda guerra mundial, cereza del pastel de la milenaria actividad bélica internacional. Es el momento en el que se derrumban las filosofías racionalistas (que ya habían sido brillantemente cuestionadas desde el siglo XIX por los maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud), incapaces de dar una respuesta elemental a miles y miles de seres humanos que tienen una sola pregunta: ¿qué hacemos para existir? En este sentido, tiene una coherencia interna implacable que la palabra “absurdo” se componga del prefijo ab (de) y sordus (sordo). En la antigüedad, esta palabra se aplicaba como concepto musical, y en el alto latín hacía referencia a sonidos bruscos y disonantes; estridencia o sordera que puede aplicarse tanto a los amos de la consternación internacional como a los antihéroes de Albert Camus; esos aliens indiferentes ante el teatro o el sinsentido de la vida que se niegan a formar parte –como si no pasara nada– del hato humano demencial.

Se sabe que la madre de Camus era sorda; además de que no sabía leer ni escribir, trabajaba como sirvienta y vivía una complicación lingüística franco-árabe. Se sabe que el niño Albert Camus vivió en la orfandad y en la pobreza (su padre murió en combate durante la primera guerra mundial). Es probable que entonces sufriera los primeros ataques existenciales para los que no encontró respuesta; acaso, eso sí, la contundencia corporal y algunas disonancias fonológicas de su madre, objeto de su amor que, décadas más tarde, en pleno conflicto bélico en Argelia, lo hizo decir: “Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante que conozco en el mundo”, declaración festinada por sus detractores que la calificaron como “un gran error político”. Por supuesto, esta afirmación en la que Camus prefería estar al lado de su madre y no impartiendo cátedra en torno a las grandes discusiones de la historia, fue interpretada como una postura ideológica sin ética que no se comprometía con la realidad. La descalificación que hicieron correr los “existencialistas” de la postguerra fue tan efectiva que, aunque hace ya décadas se vino abajo el Muro de Berlín, todavía hay quienes nostálgicamente se alinean a los grupos que vivieron en la misère de la philosophie y a la sombra de Sartre.

Amor constante más acá de la muerte (o la defensa maniaco-depresiva)

Camus se interesó profundamente por el individuo. Hablaba de la gente, no de sistemas totalizadores políticos, filosóficos, ideológicos o religiosos que, hasta la tercera parte del siglo XX, funcionaron para imponer distintas formas de creer y de pensar, combinaciones y refutaciones físicas y metafísicas que se debatían entre la esperanza y el miedo. Por supuesto, estos sistemas de control –renovadores de la fe en las milicias, en la dictadura del partido o en las huestes celestiales– eran francamente inaceptables para una humanidad que había declarado una guerra a muerte contra ella misma.

En El mito de Sísifo, un hombre audaz, aunque de reputación dudosa, después de morir y engañar al soberano de los muertos, regresa a la vida para seguirla disfrutando. Como los dioses no logran atrapar al formidable sensualista recurren a Hermes, ese megahéroe que, además de ser el santo pagano de comerciantes y ladrones, por sus dotes de alquimista y clarividente es uno de los protagonistas estelares del juego semiótico y del psicoanálisis. Hermes logra atrapar a Sísifo y lo lleva prisionero de regreso al Hades, ese territorio del inconsciente o in-visible oscuridad donde operan complejos psíquicos y mitos. Sísifo tiene que cumplir con la sentencia que lo condena, a perpetuidad, a subir una montaña mientras empuja una enorme piedra. Cada vez que llega a la cima (especie de umbral saturado por una formidable fuerza de gravedad) la piedra rueda cuesta abajo. Hace años escribí que es preferible volver a empezar con lo que sea, desde el mismo corazón del absurdo, antes que dejarse someter por la melancolía o por un falso optimismo hasta el fin de nuestra vida. Trataré de explicar esta idea a partir de la imagen de Sísifo cargando su enigmática piedra. Esta frase posee una sospechosa sonoridad que la vincula con el concepto psicoanalítico de “carga libidinal”, en la que el héroe –el yo–, antes que hundirse definitivamente ante la inercia de la roca, asume la extraordinaria tarea de reanimar el movimiento e iniciar un nuevo ascenso. Sin embargo, Sísifo no es exonerado por default; de ser así, la piedra, con todo y Sísifo en la cima –permítanme usar la metáfora de un grupo musical argentino– podría irse del otro lado de la muralla que divide todo lo que fue de lo que será, y el tiempo real volvería a activarse. Nuestro héroe, al fin, podría bajarse de la rueda de la fortuna, pero entonces ya no sería un personaje mítico, sino que formaría parte del estado consciente de la mente. Mientras esto no suceda, será la constancia de Sísifo la que mantenga a flote al yo –aunque sea con altas y bajas. Sísifo es un símbolo que representa la defensa que establece el hombre absurdo (probablemente aquel diagnosticado como maníaco-depresivo) para evitar un knockout forever and ever.

Planeta Melancolía

Al designar una sombría paradoja, los editores decidieron ilustrar la portada de Semblanza, suma de poemas y textos de Alejandra Pizarnik, con el cuadro Extracción de la piedra de la locura, de Hieronymus Bosch, obra que alude al trastorno límite de la personalidad que condujo a la gran poeta argentina a buscar una mejoría en el suicidio; una tragedia en la que ni los oficios amorosos de Olga Orozco y de Julio Cortázar lograron impedir que la piedra de la locura minara definitivamente a la querida Alejandra. Ella era capaz de escribir versos como éste: “alguien en mí dormido/ me come y me bebe”. Un fenómeno semejante sucede con la protagonista del filme Melancholia (Lars Von Trier, 2011.) Ahí, media docena de personajes masculinos francamente repugnantes –junto a un progenitor mequetrefe– son incapaces de reivindicar la figura paterna. La historia comienza cuando un planeta diminuto, o piedrita de la locura, se va haciendo visible en la materia negra que circunda al sistema solar. De manera imperceptible, el planeta Melancolía va creciendo hasta que irrumpe violentamente sobre la pantalla atropellando a todos. Es una historia similar a la de Randall Jarell –excelente poeta y crítico de la generación de Styron–, que murió atropellado por un automóvil, y aunque su mujer insistía en que la tragedia había sido accidental, el mismo Styron narra cómo el escritor había intentado varias veces liberarse de una depresión extrema. Más o menos sucede lo mismo con Roland Barthes, quien también muere atropellado “absurdamente”. El semiólogo francés dejó constancia de su depresión en el Diario de duelo que comenzó a escribir al día siguiente de la muerte de su madre. Sus punzantes notas revelan los síntomas de una melancolía abismal. Va un ejemplo:

Otoño de 1921.

Proust está a punto de morir (toma demasiado Veronal)

–Celeste: “Nos volveremos a encontrar en el Valle de Josafat.

–¡Ah!, ¿de verdad usted cree que volveremos a encontrarnos? Si yo estuviera seguro de volver a encontrarme con mamá, moriría de inmediato.

Styron explica que la depresión que lo postró no fue del género maníaco-depresivo, es decir, que no sufrió los característicos hundimientos con cúspides de euforia. Styron, autor de novelas tan importantes como Esta casa en llamas y La decisión de Sophie, escribió historias en las que deambulaban personajes alcohólicos y suicidas. No es casual que su depresión comenzara a manifestarse cuando dejó de consumir las grandes dosis de alcohol que lo “ayudaban” a atemperar su angustia. Dice: “Me quedé encallado y ciertamente en seco y sin amor.” Cualquier miembro de Alcohólicos Anónimos sabe que esta descripción de Styron es la de una clásica borrachera seca; son los anuncios de una visible oscuridad en la punta de un iceberg. El complejo principal no se encuentra ahí, sino en el fondo oscuro donde ha ido creciendo un nido emocional. Mediante una prosa puntual y aterradora, Styron explica que, una vez que fue vulnerado por la depresión, un dolor insoportable lo obligaba a desear la muerte. Luego, mientras imaginaba las mil formas de suicidarse, dice que una especie de observador o de “segundo yo” miraba con desapego cómo algo de melodramático y teatral brillaba en esa puesta en escena. Es curioso que de las ciento treinta y tantas páginas de su libro, Styron sólo dedicara tres a la muerte de su madre, muerte que en realidad es la piedra roseta que podría explicar el hundimiento del escritor. Para el psicoanálisis, el duelo es un estado normal ante la pérdida del objeto amado que le permite renunciar a él; a diferencia de la melancolía, donde el objeto desaparecido se constituye como el yo mismo del sujeto. La paradoja mortal es que ese objeto perdido dentro del yo conlleva una extinción del deseo. Después de provocar inhumanos ataques a la autoestima, víctima de sí mismo, el sujeto vislumbra el pasaje al suicidio. Para ilustrar esta secuencia, imaginemos cómo el enigmático Mersault de El extranjero, después de enterrar a su madre “dentro de sí”, sospechosamente no es capaz de recordar cuándo ha muerto, manifestando axiomáticos síntomas de melancólica. Por ejemplo, como la protagonista de la película Melancholia, antes de morir tiene un encuentro sexual injustificable (absurdo) y enigmático. En realidad la condena a muerte que dicta la justicia argelina es un suicidio proyectado por el alien magistral creado por Albert Camus. Aparentemente se trata de un tipo de depresión limítrofe de la que Styron consigue salir con vida, pero que no concede indulto a Roland Barthes. Styron dice que se encontraba haciendo los últimos preparativos para suicidarse cuando “recordó” la voz de su madre cantando el pasaje de la Rapsodia para contralto, de Brahms; canto que impidió que consumara el “autosacrificio”. Evidentemente su madre, que tenía la potestad y el oído para afinar como contralto, no era sorda, palabra que curiosamente tiene como sinónimos: indiferente, fría y ahogada.

Después de todo, El primer hombre

Uno de los últimos textos que escribió Camus fue un agradecimiento a Mozart que –piensa su biógrafo Hildesheimer– también sufría una alteración anímica bipolar. Por un instante imaginemos el momento de gloria que el hijo de las musas comparte con Sísifo. Están en la cima de la montaña, experimentando una lluvia de emociones mientras escuchan el aria de “La reina de la noche” de La flauta mágica. Ahora, desde el fondo de la montaña, escuchemos el coro Confutatis Maledictis. Cuando Sísifo ya no logra cargar la piedra de la melancolía, Mozart exhala la última bocanada y no logra terminar su Réquiem. Por último, imaginemos el árbol tropical que absurdamente detiene la marcha del auto donde viaja Camus. Hacía unas horas aún escribía El primer hombre, hermosa novela que describe el encuentro con el padre. El combatiente de la Resistencia francesa ha logrado hacer el viaje íntegro del héroe. Antes de morir en ese accidente, Albert Camus recuerda la mirada del primer hombre; sabe que no es en el planeta Melancolía donde hallará su última morada.-

*Cada 40 segundos muere alguien por suicidio en el mundo.-

 camus2.jpg

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Miguel Bakunin

 

 

Carl Sagan

Así, a medida que la ciencia avanza, Dios parece tener cada vez menos que hacer. Es un gran universo, desde luego, por lo que Él, Ella o Ello, podría estar ocupado provechosamente en muchos sitios. Pero lo que evidentemente ha ocurrido es que ante nuestros propios ojos ha ido apareciendo un Dios de los vacíos; es decir, lo que no somos capaces de explicar, se lo atribuimos a Dios. Después, pasado un tiempo, lo explicamos, y entonces deja de pertenecer al reino de Dios. Los teólogos lo dejan de lado y pasa a la lista de competencias de la ciencia.

 

Carl Sagan: “La diversidad de la ciencia” [2007]



 

Stepehen Hawking

"La estirpe humana no es más que un sustrato químico en un planeta pequeño, orbitando alrededor de una estrella mediana, en los suburbios de una galaxia del centenar de miles de millones que existen"

 

Carlos Marx

“Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de esas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social” (1859)

 

 

Albert Einstein

Si una idea no parece absurda

de entrada,

pocas esperanzas

hay para ella.-

 

Groucho Marx

"El secreto de

la vida es

la honestidad y

el juego

limpio, si puedes

simular eso,

lo has conseguido."  

  

MARX, Groucho (1890-1977) 
Actor estadounidense